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Jueves, 28 de agosto de 2008

TEATRO › GUILLERMO CACACE Y SU PUESTA DE STéFANO, EN EL TEATRO APACHETA

Las oscuridades de Discépolo

El director sostiene que, a pesar de haber sido escrita en 1928, la obra conserva resonancias con poderío en el presente.

 Por Cecilia Hopkins

A 80 años de su estreno, Stéfano, de Armando Discépolo, volvió a escena con el grupo Apacheta, bajo la conducción de Guillermo Cacace, en la sala del mismo nombre ubicada en Pasco al 600. La obra, considerada el primer grotesco criollo en virtud de que su autor ya se apartaba del modelo inspirador instaurado por el italiano Luigi Pirandello, se centra en el sufrimiento de un hombre que tiene una imagen de sí mismo muy diferente a la que proyecta hacia el afuera. Es que Stéfano, un músico napolitano afincado en Buenos Aires desde hace años, continúa pensando en hacer realidad sus sueños de juventud, sin darse cuenta de que desde hace tiempo no es capaz de concretar la ópera monumental que había imaginado escribir. Cuando la acción comienza, el viejo protagonista es echado de la orquesta de la que forma parte, sin comprender que su desgracia proviene de su incapacidad musical. Todo lo atribuye a la envidia de los demás, a la traición de quienes comenzaron su carrera después que él. Este desajuste lleva al protagonista a aislarse de su grupo familiar y a quedarse fijado en el tiempo, motivo de la fusión de elementos cómicos y trágicos en el desarrollo de la trama. Sin modificar el texto original (es decir, con ese castellano italianizado característico del grotesco discepoliano) para su puesta, Cacace recurrió a tres generaciones de actores: Raúl Ramos, Carmen Luciarte y Jorge Nicolini, en los roles del protagonista y sus respectivos padres, Silvia Dietrich y Antonio Bax, como su mujer y su compañero de orquesta, y Sol Cintas, Andrés Molina y Miguel Sorrentino, como sus hijos.

Escrita en 1928, en la obra está presente la temática inmigratoria pero, como afirma el director, “como condición de posibilidad de lo que le ocurre al personaje, a modo de telón de fondo, no como eje de la narración”. El foco está puesto en las tribulaciones del protagonista en tanto creador, “en la crueldad del desajuste entre la percepción de la realidad y sus posibilidades”. Si bien los especialistas sostienen que el grotesco presenta un personaje que vive o tiene su identidad detrás de una máscara que finalmente cae, Cacace cree que ese rostro no se devela nunca, sencillamente, porque no existe: “Eso es lo desesperante: la máscara se aferra tanto al personaje porque detrás no hay nada en términos de identidad, por eso se produce ese tremendo vacío”. Así entonces, la muerte del protagonista constituye su acto de mayor trascendencia: “Stéfano percibe con certeza que todo está acabado y lo más digno es morirse a sus anchas, como una liberación. Yo asocio esto a la muerte luego del padecimiento por una larga enfermedad”.

Hace doce años, en el Cervantes, Cacace participó como actor en una puesta de Mateo, en la cual el mismo Raúl Ramos interpretaba al protagonista. Desde entonces supo que alguna vez dirigiría a este mismo actor en Stéfano, en el rol principal. Está visto que, ya concretado este proyecto, Discépolo continúa en la mira del director: su próximo trabajo consistirá en una versión de Babilonia, para la cual planea invertir la situación de los personajes: “Será una historia de criados argentinos en Europa y no como en la obra original, de criados europeos en la Argentina”, adelanta.

–No es el primer texto clásico que estrena (hizo Shakespeare, Molière y Eurípides, entre otros) pero sí el primer clásico argentino.

–Stéfano es una obra absolutamente pesimista, habla del fracaso del proyecto de la generación del ‘80. Pero hacerla hoy la transforma en una afirmación vital. Se podrá decir: “¿Por qué hacer una obra con tan poco aire, con tan poca luz?”. El gesto de Discépolo tiene que ver con la posibilidad de poder reelaborar el fracaso colectivo.

–¿En qué consiste ese fracaso?

–Es algo que nos acompaña: hay una percepción equívoca de lo que pasa en el país, en base a esa presunción se elabora un diagnóstico errático y para solucionarlo todo se importan modelos que siempre fracasan.

–¿En qué términos Stéfano sigue hablando de nuestra actualidad?

–Como dice Beckett en Esperando a Godot, “el aire está lleno de nuestros gritos pero la costumbre los acalla”. Yo creo que esto también pasa en nuestro amado país. Aunque no es solamente la costumbre la que acalla los gritos, sino también los diseños políticos que tal vez funcionan en otras realidades. Si todas las decisiones responden al clientelismo político momentáneo, vamos a fracasar siempre.

–¿Cree que el desajuste entre percepción y proyecto que vive Stéfano está hoy vigente?

–Hoy no estamos muy lejos de una realidad que se disocia, esquizofrénica. Todo el tiempo a nivel de proyecto político lo que se hace no está en consonancia con lo que vibra en la calle, lo que duele. Todo se resuelve en términos de cruces de intereses, de salvataje político por parte de una clase dirigente, en imposiciones de poder que se perpetúan.

–¿Se refiere a la pugna entre el campo y el Gobierno?

–Yo no podría desligar ese conflicto de otros momentos de la historia argentina: hay una oligarquía dominante que quiere preservarse a sí misma. No hay una sensibilidad en relación con un proyecto de país, hay un sálvese quien pueda y se sabe que los que pueden salvarse son siempre los mismos.

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“Esta es una obra absolutamente pesimista.”
Imagen: Pablo Piovano
 
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