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Lunes, 12 de octubre de 2009

TEATRO › ELOY GONZáLEZ, ACTOR, DRAMATURGO Y DIRECTOR

“No se puede negar la muerte”

El creador del ciclo Necrodrama propone la pieza teatral El vampiro, una inquietante adaptación del cuento de Horacio Quiroga, que combina lenguajes de disciplinas diversas, como el radioteatro, la literatura, la música y, fundamentalmente, el cine.

Eloy González no duerme en un sarcófago entre paredes negras, no escucha a Marilyn Manson, ni a Aorta, y tampoco se jacta de ser seguidor de Lovecraft o Kafka. Sus incursiones teatrales están más bien fundamentadas en la realidad, en la “violencia cotidiana” que absorbe de la televisión y olfatea en la calle. Y aunque intente escapar de la muerte, tópico que aborda sistemáticamente desde 2007 en el ciclo Necrodrama, sus obras terminan de manera “natural” en la esquina donde sopla el viento y se cruzan los atajos. Así fue desde el comienzo: “Lo primero que hice fue Le mort. La gente se ubicaba en forma de cruz esvástica en banquitos y las escenas transcurrían en los cuatro huequitos que deja esa figura”, reseña el actor, dramaturgo y director de 29 años. Y así seguirá siendo durante octubre, mientras El vampiro, adaptación del cuento de Horacio Quiroga, continúe mostrándose los lunes a las 21 en el Palacio Teatro El Victorial (Piedras 720). “Tenía ganas de hacer algo que no tuviera que ver con el ciclo y monté esta obra. Pero igual resultó ser un necrodrama. La idea y el formato son otros, pero hablo de la muerte”, le cuenta a Página/12.

Lo que en El vampiro sucede es lo que los estudios cinematográficos buscan cada vez con más presteza en el 3D y el sonido envolvente: un científico aficionado hace las veces de doctor Frankenstein y logra darle vida a la imagen de una estrella de cine. No a la actriz, que ya goza de ese privilegio, sino al personaje (como si se intentara dotar de prestancia vital a Rambo, amén de Silvester Stallone). La que aquí “sale” del celuloide es la hija vampira de La sangre brota, el más reciente film de Pablo Fendrik, en el reflejo del cuerpo de la joven Ailín Salas. Lo hace desde una pantalla ubicada en la cabecera de la mesa en la que dos adeptos a la ciencia –interpretados por Néstor Ducó y Pablo Lapadula– debaten el deber moral que conlleva la utilización de los rayos N1 (principales ingredientes del cóctel). ¿Hasta dónde la imagen “eternizada”, en palabras de González, es una ausencia presente y un presente ausente? Al igual que la sangre, las preguntas brotan; y las salas del Victorial (el uso del plural es consciente: los escenarios cambian) se transforman en lúgubres tubos de ensayo del científico aficionado en que deviene el propio director, mientras ausculta las reacciones del público.

“La gente se involucra en esta obra a tal punto que pasa a ser parte de la escenografía. Por ejemplo, en un tramo es parte de la platea de un cine”, adelanta. Pero no es ello lo más experimental de la puesta de este joven inquieto. El vampiro combina lenguajes de disciplinas diversas, como el radioteatro, la literatura, la música y, claro, el cine. Tanto es así que el comienzo de la obra deja al asistente complicado y aturdido: se desarrolla en la sala-recepción del teatro y los actores saltan de la diégesis del relato hacia la calle (literalmente), pero sus voces quedan adentro, en los parlantes. Entonces, el público presencia en primerísimo plano el encuentro de los científicos a través de los cristales de la puerta, mientras los colectivos reales pasan y los transeúntes se convierten en extras que miran asombrados a dos tipos con paraguas en un ocaso seco. “¡Desde que empezamos estamos esperando que llueva, para que esa escena salga redonda!”, admite entre risas.

Por la complejidad del texto de Quiroga, González concede que la puesta fue “un laburo chino, un rompecabezas de elementos que el cuento proponía”, en la que finalmente sobrepuso su interés por lograr que la obra “no fuera una mera adaptación al teatro sino que el mismo relato se mudara a la escena”. Para que ello sucediera, debía actualizar las microunidades discursivas que el escritor había utilizado en el texto primigenio. “Fui a ver La sangre brota en el momento en que estaba viendo qué actriz iba a hacer de espectro, de la actriz de la pantalla. Había pensado en Graciela Borges (que finalmente prestó sólo su voz), porque Quiroga habla de ‘divas del cine’, pero cuando vi esta película pensé en Ailín, que tiene una tonalidad bárbara y es súper talentosa”, elogia. Y luego amplía la receta del reajuste del texto: “Fue cuestión de imaginar, visualizar y tratar de concretar, aunque se corrieran riesgos”.

Oriundo de Longchamps, ex alumno de Norman Briski y Pompeyo Audivert y egresado del Conservatorio de Arte Dramático, González prepara, a la par de las funciones de El vampiro, la tercera edición del ciclo Necrodrama, que se desarrollará el mes que viene. Para aquellos que no hayan escuchado hablar sobre la iniciativa, Eloy explica que “no tiene que ver con el teatro convencional. Consiste en tratar de llevar el documental de una muerte a la escena a través de una mezcla de diferentes lenguajes, pero sin hacer hincapié en lo morboso”. Habiendo conectado a Lady Di, Pavarotti y Verdi y, luego, los suicidios de Damián Suárez y Juan Pablo Rabella en las ediciones anteriores, este año las piezas El otro lado de El visitante (que se presentará los sábados 7, 14 y 21 de noviembre a las 23.30 en El Excéntrico de la 18), La misa de los sábados y Hojas negras (el jueves a las 19 en la Casa de la Lectura, con entrada libre y gratuita) recompondrán los fallecimientos de Fabián Polosecki, Andrés Caicedo y Alejandra Pizarnik, respectivamente. “Trato de no mostrar la muerte como algo feo, angustioso y trágico, sino como algo cotidiano”, aclara.

Históricamente, el toque de la Parca ha sido uno de los problemas más abordados en el arte, un enigma (qué sucede luego) y un destino que el instinto de supervivencia hace aborrecer. Si se profundiza, una de las diferencias entre las más variadas expresiones artísticas surge de la comparación del tipo de abordaje que se haga de la muerte: básicamente, la percepción de la ausencia como vacío o como cuerpo en sí misma (el silencio como total falta de sonido o el sonido que es el silencio). “Me gusta esa idea de que, cuando uno se muere, queda fuera de la puesta en escena de la vida. De alguna manera quiero encontrar qué se puede hacer para que una ausencia permanezca latente como recuerdo y evidencia de lo que se puede ser”, se posiciona González. Enseguida busca un porqué: “Me duele ver el entorno y encontrar gente que está desperdiciando su vida siguiendo a la masa, no haciendo lo que tiene ganas”, mientras que lo único inevitable es el final. “No se puede negar la muerte”, dice. Pero se puede (re)afirmar la vida.

Informe: Facundo Gari.

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Las incursiones teatrales de González están atravesadas por la violencia cotidiana.
Imagen: Guadalupe Lombardo
 
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