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Lunes, 12 de octubre de 2009

EL COREANO CHUNG-EUY PARK Y LA PRESENTACION DE HOTEL SPLENDID

Ecos de una historia silenciada

A través de la compañía Cho-In Theatre, el director trajo al festival una obra de Lavonne Mueller que rescata un hecho sucedido durante la Segunda Guerra Mundial: 200 mil mujeres –la mayoría coreanas– fueron convertidas en esclavas sexuales por el ejército japonés.

 Por Cecilia Hopkins

La compañía Cho-In Theatre fue fundada en el año 2002 en Seúl, Corea del Sur. Y actualmente está considerada como una de las más importantes de su país. Su director, Chung-euy Park, es un joven realizador que busca subrayar todos los aspectos visuales de la representación, en función de interesarse por el movimiento y por las posibilidades evocadoras de los objetos en escena. Esa búsqueda fue la que guió sus primeros espectáculos, como sucedió en El tren (2002) y El ángel y el leñador (2006). En Hotel Splendid, obra estrenada en 2008, en cambio, Park decidió investigar la fusión entre las formas tradicionales del teatro coreano con los estilos contemporáneos del teatro occidental. Esta obra, que fue presentada el sábado en el marco del FIBA, en la sala Martín Coronado del Teatro San Martín (repite mañana), es la primera en la que la compañía coreana utiliza lenguaje verbal: la obra fue escrita por la poeta y dramaturga norteamericana Lavonne Mueller sobre la base de una historia verídica que recién salió a la luz en 1991. Se trata de un hecho sucedido durante la Segunda Guerra: 200 mil mujeres –la mayoría coreanas– fueron convertidas en esclavas sexuales por el ejército japonés.

Según cuenta Park en una entrevista con Página/12, la autora tuvo conocimiento de lo sucedido porque en ese momento estaba viviendo en Japón. Cuando decidió investigar acerca de los detalles de lo vivido por aquellas mujeres, encontró un muro de silencio por parte de los japoneses interrogados: “Esto la indignó enormemente –cuenta el director–, y fue entonces que decidió escribir la obra, para homenajear a las sobrevivientes, para que se reconozca lo que padecieron”.

Con economía de elementos y a la vez con un importante despliegue visual, la puesta alterna breves monólogos y escenas dialogadas. En los primeros, el sufrimiento de los personajes se expresa en mayor medida desde la imagen y el sonido. En las secuencias de conjunto, en cambio, las protagonistas comparten relatos del pasado y contrastan sus impresiones sobre su vida presente, sin ahorrar detalles cruentos. Hacia el final, la denuncia se vuelve canto: las intérpretes dedican el espectáculo a las mujeres sobrevivientes que hoy se manifiestan frente a la Embajada de Japón en busca del reconocimiento oficial de esa historia silenciada, además de la revisión de los textos de historia japoneses y la creación de un Museo de la Memoria.

Según manifiesta el director de la compañía, al hablar sobre su modo de trabajo, la respiración es uno de los componentes fundamentales en el proceso de comunicación entre los actores y su público: “Cuando se usan las palabras, se puede mentir”, explica en una entrevista con Página/12. “En cambio, la respiración no puede ocultar el miedo, el asombro, la preocupación o cualquier otro sentimiento.” También sobre la respiración, puntualiza: “Si los actores y los espectadores pudiesen respirar juntos, podrían sentir el corazón del otro: el cuerpo y su lenguaje son fundamentales porque no dejan mentir, como sucede cuando intervienen el lenguaje hablado y la razón”.

–¿Cuál es la forma de trabajo de su compañía?

–Tratamos de conectar la tradición escénica de Corea, especialmente lo que está conectado con el movimiento y lo musical, con las formas de teatro propias de Occidente.

–¿Qué visión tiene del teatro occidental?

–Pienso que se define por su organización, su sentido dramático e histórico. Así es el teatro occidental de siempre, aunque las nuevas generaciones buscan formas diferentes. A mí me interesa ver ese teatro, pero no quiero seguir por ese camino. No quiero enseñarle nada al público. Lo que más me interesa es intercambiar sensaciones y sentimientos, armar un espacio en común entre ellos y nosotros.

–¿Cuál es su teoría acerca de la respiración?

–En respirar está todo. Y no hablo de la respiración como metáfora sino como un hecho de la realidad. Cuando se usan las palabras, se puede mentir. En cambio, la respiración no puede ocultar el miedo, el asombro, la preocupación o cualquier otro sentimiento.

–¿Cómo aplica esto a su teatro?

–La respiración –una forma de respiración baja, que favorece el fluir de la energía– es una forma de conectarse entre los actores y el público. Cuando se baila no hay pensamiento sino respiración. Entonces, la comunicación es posible.

–¿Por qué eligió una obra de una autora norteamericana?

–La elegí porque trata sobre una historia que quiero sacar del olvido. La gente en Corea evita este tema, lo esconde, porque es motivo de mucha vergüenza. En esta obra se puede sentir la fortaleza de quienes sufrieron esa situación y también de las mujeres sobrevivientes que hoy luchan para que se las reconozca. Es un espectáculo muy visual y, aunque se usan palabras, es a la vez muy accesible para el público de todo el mundo.

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El montaje de Park se podrá ver mañana en la sala Martín Coronado del San Martín.
 
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