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Martes, 13 de abril de 2010

TEATRO › ESTABA EN MI CASA Y ESPERABA QUE LLEGARA LA LLUVIA, DE JEAN-LUC LAGARCE

¿Cómo medir la magnitud de una espera?

La puesta de Stella Galazzi en el San Martín resulta apropiada para esta historia de un regreso que no calma el dolor que dejó la ausencia. Actúan Graciela Araujo, Marta Lubos, Valentina Bassi, Paula Ituriza y Paloma Contreras.

 Por Hilda Cabrera

8 Estaba en mi casa y esperaba que llegara la lluvia
De Jean-Luc Lagarce
(traducción de Laurent Berger)
Intérpretes: Graciela Araujo, Marta Lubos, Valentina Bassi, Paula Ituriza y Paloma Contreras.
Escenografía: Marcelo Valiente.
Iluminación: Alejandro Le Roux.
Vestuario: Mariana Polski.
Música: Joaquín Segade.
Asistencia artística: Leonardo Saggese.
Asistencia de dirección: Silvia Contreras.
Dirección: Stella Galazzi.
Lugar: Sala Casacuberta del Teatro San Martín, Av. Corrientes 1530. Funciones de miércoles a domingo a las 20. Platea: 45 pesos. Miércoles: 25 pesos.
Tel.: 0-800-333-5254.

Como si fuera el personaje de una fábula sobre lo inexorable del destino humano –morir sin saber cómo, pero queriendo regresar al lugar de origen–-, el “joven hermano” de esta pieza del francés Jean-Luc Lagarce retorna a la casa familiar después de haber sido violentamente echado por su padre. El muchacho hace suya la travesía circular que en la literatura y en la vida cumple el viajero más tenaz pero, a diferencia de otras historias, la de su regreso no calma el dolor que dejó la ausencia. El hermano cae desmayado frente a la casa y desconcierta a sus hermanas, su madre y abuela. La afinada sensibilidad de Lagarce para marcar hechos semejantes (otro ejemplo es su obra Apenas el fin del mundo) permite descubrir aspectos de una espera que ha sido añoranza del ser querido que está lejos, y que en la vuelta es azoramiento. Las mujeres (el padre ha muerto) desean que el muchacho tan obsesivamente extrañado hable y retribuya de alguna manera el cariño guardado durante años, pero éste no reacciona.

El autor ha elegido el monólogo para bucear en el interior de estos seres melancólicos, solitarios aunque compartan un mismo techo o intenten acercarse a otros. Un caso es la hermana mayor, la “señorita maestra” que busca en el pueblo la compañía de los hombres sin que al parecer le importe ninguno. En la puesta de Stella Galazzi, el monólogo que sirve para dar rienda suelta a pensamientos y emociones no es impuesto a la manera de un compacto bloque de palabras, dichas aquí de acuerdo con pautas establecidas, esquemas rítmicos y repeticiones, como lo exige la traducción de Laurent Berger. Estos monólogos o discursos íntimos son atravesados por acotaciones y apuntes, a veces ingenuos, intromisiones que los convierte en diálogos a veces rebeldes y recriminatorios. En ese clima, el futuro sigue siendo un interrogante, sobre todo para las jóvenes que desean saber algo más sobre la vida y el amor de un varón.

¿Por qué hundirse en la pena? ¿Por qué revivir aquellas feroces peleas entre el padre y el hermano? ¿Por qué mentirse? La “hermana del medio” halla consuelo trivializando ex profeso su monólogo, mutando la tristeza en ensoñación mientras las otras mujeres –que en la puesta de Galazzi escuchan como si leyeran el pensamiento– se repliegan, atentas, silenciosas. ¿Cómo medir la magnitud de una espera? La primera cesó cuando, en la puerta de la casa, “la mayor” esperaba que llegara la lluvia y la apaciguara. Alguien dejó entonces al hermano a pocos metros, y ella lo vio bajar de un automóvil, caminar y caer poco después sin decir palabra. Tal vez no distinguió entonces entre la realidad y el espejismo que construye el anhelo junto con la bruma que presagia lluvia. Quizá por eso no pudo expresar enojo ni alegría, aunque sí supo que nada modificaría su vida, detenida tras la partida del muchacho. También por eso, como quien cesa de luchar, cesa de vivir, ella y sus hermanas convivieron sólo con sus desilusiones.

El hermano duerme –o agoniza–, cuidado por las mujeres que continúan con sus labores, acaso para neutralizar la dimensión trágica de una historia que es presentada en la Sala Casacuberta con delicadeza de artesanos. El tono de la obra pide un espacio acotado, aquí en parte logrado con el diseño escenográfico de Marcelo Valiente, quien acierta al concebir una casa que se despliega a la manera de los libros para niños y es refugio de estas mujeres atrapadas en la disyuntiva de irse o permanecer “haciéndose viejas”, lentamente y en paz.

Entre actuaciones bien diferenciadas, Paloma Contreras compone a la adolescente que intenta quitarse el corsé impuesto por la familia en torno de las peleas del padre con el único hijo varón; Paula Ituriza interpreta con deliberado candor a la soñadora “hermana del medio”; y Valentina Bassi expresa de modo poético y seco el desencanto de “la mayor”. Sólidas e intensas en su mesura, Marta Lubos transmite la fragilidad de la madre que aún alienta mimar al hijo varón y Graciela Araujo la experiencia de una abuela que cree haberlo visto todo e imagina qué les espera: “Relevarnos –-dice–, una a otra, cerca suyo, acechando los signos de ese despertar o el oscurecimiento cada vez más suave, cada vez más lento; su desaparición sin volver a nosotras; el ahogamiento en el sueño más profundo”. Palabras que pesan, porque ese sueño es la muerte que, más allá de la ficción, el autor sentía próxima. Estaba en mi casa y esperaba que llegara la lluvia fue escrita en 1994 y Lagarce murió un año después a causa del sida.

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Las mujeres de la obra se debaten entre irse de la casa o quedarse a “hacerse viejas”.
 
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