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Viernes, 16 de julio de 2010

TEATRO › DANIEL VERONESE, SU VINCULO CON LA ESCENA Y LA EXPERIENCIA DE DIRIGIR A ALCON Y FRANCELLA

“Mi método fue ver los personajes, no los actores”

“Uno siente que está con seres humanos y no con estatuas de bronce”, dice el director, que aborda por primera vez a Neil Simon en una historia “que reflexiona sobre vínculos perennes”. Y con ello, según explica, continúa su camino de aprendizaje.

 Por Hilda Cabrera

“Siento que en mis trabajos para el teatro comercial acerqué otro humor, lo introduje allí donde creía que no lo había.”
Imagen: Pablo Piovano.

De “irrepetibles actores de raza” califica el director Daniel Veronese a los protagonistas de Los reyes de la risa, obra del estadounidense Neil Simon que se verá a partir de mañana en el Teatro Metropolitan. No es una novedad que este dramaturgo, actor, titiritero, director de elencos nacionales y extranjeros y uno de los fundadores de El Periférico de Objetos incursione en el circuito comercial, conduciendo a personalidades del teatro, el cine y la televisión. Lo que asombra es la conjunción de dos intérpretes de trayectorias tan diferentes como las de Alfredo Alcón y Guillermo Francella, capaces –apunta Veronese– de mostrarse frágiles y potentes a la vez, traspasar los límites convencionales entre el drama y la comedia y sentir que se puede confiar en ellos. ¿Quién olvida los originales e impactantes trabajos realizados por Veronese con sus compañeros de El Periférico...? Y desde el inicial Ubú Rey, cuyo toque siniestro se mantuvo –o profundizó– en Variaciones sobre B (por Beckett), El hombre de arena, Cámara Gessell, Circo negro, Máquina Hamlet, Zooedipous, Monteverdi. Método Bélico y otras creaciones, invitadas a festivales y encuentros del mundo. Fuera del grupo, dirigió obras de otros autores, como La muerte de Marguerite Duras, de Eduardo “Tato” Pavlovsky, y puso en escena espectáculos propios.

Títulos como Mujeres soñaron caballos, Open House, Teatro para pájaros (sobre el teatro alternativo), Un hombre que se ahoga (versión de Tres hermanas, de Anton Chéjov), Espía a una mujer que se mata (versión de Tío Vania, de Chéjov), El desarrollo de la civilización venidera (versión de Casa de muñecas, de Henrik Ibsen), Todos los grandes gobiernos han evitado el teatro íntimo (sobre Hedda Gabler), y en el circuito “no independiente” –según califica– Gorda; El método Gronhölm, de Jordi Galcerán; El descenso del monte Morgan, de Arthur Miller, y muchas más. Ante producciones y elencos tan diferenciados, la respuesta de Veronese es que, aun cuando los temas, intérpretes y producciones sean otros, todo es teatro, y la estrategia consiste en crear un universo para cada obra: “Quizá visto desde afuera parezca problemático, pero no lo es. Para mí son nuevas propuestas que iré conociendo a medida que las pongo en práctica. No me anticipo a la experiencia, y sobre todo me gusta el cambio”, afirma en diálogo con Página/12.

–¿Tanto como destacar en sus puestas una reflexión sobre el teatro?

–En Los reyes... se reflexiona más que nada sobre la amistad, esos vínculos que podemos llamar perennes, porque, aun cuando los protagonistas de esos vínculos se distancien, al acercarse nuevamente toman conciencia de que los lazos no se han roto. Esos son los verdaderos, los que unen “hasta el fin de los tiempos”, como dice uno de los personajes. Incluso hay una escena de “teatro dentro del teatro” armada sobre el afecto de esos dos seres, compañeros de actuación en otro tiempo, que frente a situaciones muy severas sabrán valorar aquella relación que creían perdida.

–¿Conocía las obras de Simon?

–Es la primera que dirijo y sólo puedo hablar de esta experiencia, porque leer y ver no es suficiente. Hasta que no me meto de lleno con el material, lo desconozco. Necesito practicar, ejercitarme, para saber qué dice.

–¿Cómo se conecta con el humor de Simon, ingenioso pero no trasgresor, siendo que en sus obras el humor, cuando aparece, es negro, e incluso siniestro?

–Uno atraviesa etapas. De todos modos, siento que en mis trabajos para el teatro comercial acerqué otro humor a El método Gronhölm, Gorda y El descenso del monte.... Lo introduje allí donde creía que no lo había. El humor activa mi imaginación escénica. El sello de lo siniestro de El Periférico... es en otras obras mías el humor, también en mis versiones de dos obras de Anton Chéjov. En Espía a una mujer que se mata (sobre Tío Vania) busqué su comicidad; rechacé esa tendencia tan común a mostrar una vida bucólica, lenta y lejana. En la presentación de este trabajo en el Festival Chéjov de Moscú, el público reía, aprobando. No digo que esto me certifica, pero esa aceptación me permitió pensar que no estaba equivocado.

–¿Practica también ese juego de humor y drama en Los reyes...?

–Son dos caras de una misma moneda y, en ese aspecto, la obra los tiene, y en abundancia. Aquí hay ternura y dramatismo.

–¿Tuvo antes ocasión de trabajar con Alcón y Francella?

–No, nunca. Hace veinte años, cuando nos iniciamos con El Periférico, Alfredo era fan de nuestros espectáculos, especialmente de Variaciones sobre B. (Beckett), pero nunca encontramos qué hacer junto a él. Me sorprende todavía el hecho de estar dirigiéndolo, y con esta obra y en este teatro.

–¿Otro cambio importante?

–Sí, que además me genera otros. No se trata de aburrimiento, sino de mi necesidad de experimentar. Pienso, y me digo que no sé hacia dónde iré, pero me siento bien ante esto que se me presenta como desconocido. Agradezco la profesión, tengo trabajo y lo aprecian. Algo tan difícil de lograr en una actividad tan inasible como la nuestra.

–¿Teme quedar afuera?

–Es un miedo generalizado, porque nunca sabemos qué dirá el público. La aceptación no tiene que ver a veces con la calidad. Hay gente muy interesante que va quedando relegada. Llevo más de veinte años en la profesión y no me quejo.

–¿Cómo es trabajar con Alcón y Francella?

–Ellos son muy personales, muy fuertes, y han querido encontrarse. Mi “método” fue dejar de ver a los actores Alcón y Francella y concentrarme en Manuel y Goyo, sus personajes. Necesitaba que la obra me “hablara” de esos dos viejos actores que en otro tiempo formaron un dúo de vodevil. Cuando uno los escucha como personajes se acaban los problemas. Ahí no importa de qué escuelas provengan uno y otro ni cómo ha sido su trayectoria.

–Para el público, la extrañeza pasa tal vez por Alcón, aun cuando interpretó personajes de comedia...

–Alfredo quiso prestarse a este desafío y eso habla muy bien de él. Guillermo vino con el Oscar, pero no lo pone delante. Los dos tienen una humildad muy fuerte; podrían no tenerla por todo lo que han hecho. Esto hace más fácil mi trabajo. Uno siente que está con seres humanos y no con estatuas de bronce.

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