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Sábado, 14 de abril de 2012

TEATRO › 1984, DE GEORGE ORWELL, EN LA PUESTA DEL GRUPO THE ACTOR’S GANG

El verdadero Gran Hermano en escena

Con ajustadas actuaciones y una sobria puesta en escena, la compañía que dirige Tim Robbins en el San Martín realiza un revulsivo retrato que da pruebas de la vigencia del texto de Orwell, que vuelve a advertir sobre el abuso de los gobernantes.

 Por Hilda Cabrera

Para este montaje, Robbins tuvo en mente las torturas infligidas a los prisioneros de Abu Ghraib.

En una de sus entrevistas europeas, el actor Tim Robbins comentó que en este montaje de 1984 tuvo en mente las torturas infligidas a los prisioneros confinados en Abu Ghraib. Es natural que aquellas imágenes ampliamente divulgadas regresen cuando el propósito es llevar a la escena la novela de George Orwell, socialista democrático, como se autodefinió este escritor que nació en el estado de Bengala (al este de la India) en 1903 y murió en Londres a los 47 años. La puesta de Robbins, basada en la versión de Michael Gene Sullivan, potencia esos nichos de crueldad al instalar al personaje de Winston Smith (interpretado por un exigido Cameron Dye) en el micromundo de una celda. Si bien aquella denuncia, hecha entre 2003 y 2004, sobre abusos cometidos durante la ocupación de Irak por fuerzas estadounidenses pertenece al presente, la crudeza de los hechos demuestra que la tortura persiste como una forma más de sustentar el poder, aplicada por “delegados” (civiles o militares) de países donde las autoridades son elegidas democráticamente.

La obra se inicia con Winston encarcelado y obligado a confesar su “traición” al gobierno regido por el Big Brother, especie de semidiós que, con ayuda de sus secuaces, reprime en sus súbditos la libertad de amar, pensar y actuar. En la obra, interpretada por la compañía The Actor’s Gang (“La banda de actores”), de Los Angeles, fundada por Robbins en 1982, se potencia la deslealtad de Winston, enamorado de una integrante del Partido, autor de un diario personal en el que anota “inconveniencias” y dueño circunstancial de un libro prohibido, cuyo autor “terrorista” es inhallable. En este repaso de su desgracia, Winston llega a ser la figura a la que antes de destruir hay que rescatar, porque aquel que muere siendo fiel a lo que cree y afirma, muere en triunfo, corporizando una afrenta al Gran Hermano y a su gobierno. La situación es equiparable a la de los primeros cristianos destrozados por las fieras en el circo romano y a la de los “herejes” condenados a la hoguera por la Inquisición.

Aquellos que detentan poder no quieren santos, sino cómplices. Los rebeldes deben ser destruidos con las más crueles herramientas, “purificados”, despojados del libre albedrío y convertidos en rebaño. El abuso que se intenta radiografiar demuestra la preexistencia de un Big Brother allí donde los pueblos y sus pobladores se desmarcan, pero también en aquellas sociedades que alientan la convicción de que la guerra es necesaria para preservar la paz y los intereses de una élite.

Por eso suena a broma que hoy se proclame que “en un mundo de mentiras, la verdad es revolucionaria”. A una sociedad sorda no le llegan las verdades. Seducida por los poderosos de turno, admite que en algún momento “la guerra es paz”, cumpliéndose aquello de que el amor a los hijos (entiéndase jóvenes combatientes) es menos fuerte que el odio al enemigo. Síntesis de la novela, esta 1984 actuada por The Actor’s Gang y estrenada en 2006 viajó por las ciudades del mundo alertando a un público todavía sensible a estos temas. Una tarea que Orwell llevó a cabo en su época, reclamando no bajar la guardia ante la obsesión totalitaria, incluida la disfrazada con nuevas galas. Por su potencia y su lenguaje directo, su sátira venció el paso del tiempo y doblegó a sus más furiosos críticos, como el británico Antony Burgess (autor de La naranja mecánica), quien intentó rebatirlo socarronamente en su 1984-1985, texto que cayó en el olvido. En parte porque Orwell (seudónimo de Eric Arthur Blair) poseía un carácter insobornable y experimentó aquello que describía: fue oficial de policía en Birmania (su padre era un modesto funcionario colonial), vivió pobremente en París, fue periodista y profesor en Londres, locutor de la BBC y combatiente en la Guerra Civil Española: en Barcelona se unió a las milicias del Partido Obrero de Unificación Marxista que se dirigían al frente de Aragón. Polémico, en 1937 defendió a sus compañeros de lucha estigmatizados por la prensa estalinista en Homenaje a Cataluña, y en 1945 dio a conocer Rebelión en la granja. 1984 fue parte de su singular legado. Escribió la novela entre 1947 y 1948 y logró publicarla en junio de 1949. Orwell murió en enero de 1950, enfermo de tuberculosis.

La puesta de Robbins y su equipo renueva aquella advertencia sobre el abuso de los gobernantes, acentuando los aspectos trágicos y absurdos de cada personaje e intercalando a modo de broma el deseo de ser feliz. Los intérpretes reúnen técnicas actorales y estilos que no se ajustan necesariamente al clima de la obra, pues reaccionan de manera diversa ante una misma situación. Un ejemplo es la dispar actitud de los prisioneros ante el dolor físico y moral y la destrucción más cruel y definitiva. Escenas en las que los intérpretes se destacan sin excepción. Cumplido el primer tramo de la obra, donde predomina la crispación y se reiteran el gesto seco y el movimiento marcial, esta 1984 se desarrolla de modo vertiginoso hacia un perturbador final sostenido por el propósito de doblegar voluntades, de “curar” al rebelde, al crítico, al que piensa, para convertirlo en un pelele. La obra recoge así el alerta y la sagacidad de un escritor que supo señalar en su tiempo el drama que deriva de la tergiversación y negación de la historia y la sustitución de ésta por la propaganda (o publicidad). Texto que es necesario no confundir con la creación de un visionario, tal como el británico Burgess, entre otros, juzgaron a la novela para reforzar maliciosamente la mentirosa figura de la predicción. El trabajo de Robbins y equipo interesa por la calidad de las actuaciones, la sobriedad de la puesta, los ajustados efectos técnicos y el revulsivo retrato de sociedades ganadas por la estupidez y la crueldad, negadoras y maleables.

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Para este montaje, Robbins tuvo en mente las torturas infligidas a los prisioneros de Abu Ghraib.
 
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