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Miércoles, 30 de mayo de 2012

TEATRO › DANIEL SUáREZ MARZAL ESTRENA MAñANA SU VERSIóN DEL CLáSICO DE GARCíA LORCA

“En Yerma no veo determinismo, lo que veo es tragedia”

El director y régisseur eligió a una Yerma muy joven –Malena Solda– y decidió incorporar escenas musicales de flamenco, sin desatender la partitura del autor. “Me gusta el riesgo, lo extrañaba en Andalucía”, sostiene Suárez Marzal.

 Por Hilda Cabrera

“Puede parecer petulante, pero después de los años vividos en Andalucía, me siento como pez en el agua haciendo Yerma, o mejor, como alacrán en el desierto. Porque más que en Granada, la obra se instala en el paisaje de Almería, en esas sequedades donde el río es apenas un hilo de agua.” El director y régisseur Daniel Suárez Marzal describe así su ánimo ante la puesta de Yerma, drama del poeta Federico García Lorca que estrena mañana en la Sala María Guerrero del Teatro Nacional Cervantes. Esa aspereza de la tierra que induce a pensar en el desamparo atraviesa la escenografía. Realizador de innumerables montajes de obras clásicas y contemporáneas en teatros europeos y americanos, ha indagado con especial entusiasmo en el teatro de Oriente y en las obras del Siglo de Oro español.

Profundizó el conocimiento sobre Andalucía durante su desempeño en el Centro Andaluz de Teatro de Sevilla y en el Instituto de Teatro con sede en esa ciudad, del que fue director y donde creó la Escuela de Dirección Escénica y Escenografía. Autor de obras como El sacrificio del cordero y El otro Fausto, dice respetar el texto de Yerma, drama que ha inspirado también a celebrados coreógrafos y compositores. En diálogo con Página/12, el director cuenta que decidió incorporar “músicas especiales” sin desatender la partitura de García Lorca. Es así que echa mano del flamenco, conjunción de la herencia morisca asentada en Andalucía, la liturgia bizantina (asimilada por la católica) y la cultura de los gitanos. Ante la travesura, el director explica: “Habiendo vivido once años en Andalucía me saqué el gusto de poner una soleá por bulería (o bulerías al galope), bailada y cantada por artistas de flamenco. Seguimos la partitura de García Lorca, pero armonizada por Sebastián Espósito, y realizamos un trabajo coral, hablado y no cantado, en las escenas de las lavanderas, respondiendo a un elemento de la tragedia”.

–¿Era necesario reforzar la idea de tragedia con el paisaje?

–En la obra no hay indicaciones sobre cuál es el paisaje de Andalucía en el que se desarrolla la acción, pero como García Lorca homenajeó a tantas zonas de la región, me tomé la licencia de relacionar el drama con la yerma tierra de Almería, y cambiar algunas palabras, como zagal, porque algunos jóvenes no saben que significa muchacho. Sentí que podía tomarme ese permiso. Tocar esta obra es un sacrilegio, porque está hermosamente escrita y de forma sintética.

–¿Esa síntesis facilita la dirección?

–No, la hace más costosa, porque algunos diálogos son demasiado breves y a veces hay que abrirlos. Mi ventaja es que tengo intérpretes atentos. Por ejemplo, en una escena de apelación a la dulzura y el amor entre el personaje de Juan y Yerma se puede perder mucho si no se pone atención. Yerma y su esposo Juan parecen ir por caminos distintos, sin embargo él, en el último momento, y ella, también en esa escena, se acercan con tanta sutileza que si uno no repara en eso ni lo destaca, modifica el sentido de la obra. “A quién estás mirando, qué estás deseando”, dice Yerma. “A ti te deseo, a ti”, responde él. Se están declarando amor antes de la tragedia.

–¿Casi un testimonio de las contradicciones del amor y las experiencias de dolor y muerte?

–Sí, ¡y expresado con esa brevedad! Riñen en toda la obra y parece que la pelea no va a acabar, pero en esa escena, García Lorca logra otro matiz, y lo que creíamos que no estaba, está; y si no vemos ese amor y ese dolor, nos traicionamos. A veces, pienso que esta obra recibe el “castigo” de los personajes célebres de las óperas. Me refiero a esa puja entre los que recuerdan a un mismo personaje compuesto por la soprano italiana Claudia Muzio y la soprano Maria Callas. Pasa algo semejante con Yerma. Unos cuentan que vieron la obra interpretada por María Casares y otros por Nuria Espert, y uno se inhibe, como si no se pudiera hacer una versión con una Yerma muy joven, como debe ser, porque en la obra se la trata de niña.

–Y de niña casada por imposición del padre...

–Cuando la dirección del Cervantes aceptó mi propuesta, pensé en una joven. Dirigí a Malena Solda en La Celestina y la vi en una obra de Shakespeare. Ella estudió Teatro Clásico en Londres y tiene cuerda trágica. En general, a Yerma la interpretan actrices de cuarenta años, y eso confunde, por el deseo tan fuerte de tener un hijo.

–¿Lo dice por la época y el medio rural?

–La fertilidad biológica es uno de los aspectos que más equívocos trajo. García Lorca no se planteó así la obra, y eso que Gregorio Marañón (médico y ensayista madrileño que murió en 1960) ya estaba investigando sobre la infertilidad, también, la masculina. En Yerma, los hijos son hijos del amor y las personas que no se aman no tienen hijos. Ese es el salto elegante y poético de la obra. He visto varias puestas de Yerma y casi siempre, a la salida del teatro, escuché a la gente enredarse en el tema de la infertilidad. Mi visión es que Juan y Yerma son seres que no se encuentran, porque cuando uno va, el otro viene, como sucede con los personajes de Verano y humo, de Tennessee Williams (Alma y John). Prefiero no meterme en eso. El texto tiene suficiente belleza y dificultades. Cada día siento más admiración por García Lorca, y eso que no soy andalucista. Andalucía es muy dura y oscura. Creo que le viene del sincretismo, de la adaptación de culturas y sistemas diferentes, de la mezcla de lo católico, judío, musulmán y de los gitanos que cruzaron los Pirineos y se asentaron en España en el siglo XV. Es curioso; se creyó durante mucho tiempo que venían de Flandes (Bélgica), y por eso la palabra flamenco.

–¿Tuvo acceso a la cultura de los gitanos?

–Entre lo mejor que me pasó fue conocerlos. Dirigí Cien años de Cante, en el Teatro de la Maestranza, de Sevilla, un espectáculo que recorrió toda Europa. Andalucía es una “región umbilical”. Los andaluces se sienten el centro del mundo. Atraviesan países, pero respiran mejor en su región. No me quejo, pude trabajar y generé amistades definitivas, de esas que se forman para toda la vida. Me fui cuando gobernaba José María Aznar, del Partido Popular, y en el ámbito cultural todo estaba cambiando. En el Centro Andaluz de Teatro pusieron de director a un madrileño y los andaluces sintieron que les clavaban un puñal. Es interesante lo que se arma en Sevilla en torno de la Semana Santa y la Romería de El Rocío, que se hace en Almonte (Huelva), aunque uno no termina de entender que alguien esté rezando y casi enseguida baile una sevillana. Otro sincretismo que también quise que apareciera en Yerma.

–¿Cómo relaciona esa particularidad con la tragedia?

–En la obra hay baile y canto, y también una Vieja pagana que dice “Dios no existe”. Ese personaje instala la tragedia cuando afirma: “Está dicho, ni una palabra más, no voy a luchar contra los males”. Ese “está dicho” define al destino. (Este personaje dice sobre el Dios ausente que no impide el dolor: “A mí no me ha gustado nunca Dios... Aunque debía haber Dios, aunque fuera pequeñito, para que mandara rayos contra los hombres de simiente podrida que encharcan la alegría de los campos”.)

–¿La palabra de la Vieja representa el lado pagano de la tradición?

–Lo pagano y lo trágico. En Yerma no veo determinismo, lo que veo es tragedia. Y es un placer enorme trabajar con intérpretes que tienen idea de la tragedia en el teatro, y con artistas como Omar Saravia, en movimiento y coreografía. La actriz Tina Serrano es la Vieja pagana; Susana Lanteri, la madre que vende al hijo, y Ana María Castel, la que hace la brujería. Pepe Monje es el pastor –el tercero en discordia–; y Sergio Surraco compone a Juan, en un papel impresionante, de gran responsabilidad, como el de Malena Solda, un protagónico bravísimo. Malena tiene técnica y voz. Es admirable. Lo importante en esta obra es que se pueda, y Malena puede con el toro.

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“Tocar esta obra es un sacrilegio, porque está hermosamente escrita y de forma sintética”, plantea Suárez Marzal.
Imagen: Guadalupe Lombardo
 
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