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Viernes, 15 de diciembre de 2006

TEATRO › JUAN DIEGO BOTTO Y SU OBRA “EL PRIVILEGIO DE SER PERRO”

“En Europa hay xenofobia culta”

Radicado desde 1978 en Madrid tras la desaparición de su padre, el actor y director presenta en la muestra Literaturas del exilio cuatro monólogos que giran sobre el exilio y el racismo.

 Por Hilda Cabrera

Explorar desde la escena la fragilidad crónica del exiliado y del que emigra en busca de un lugar que lo acerque más a sus deseos es la tarea que el actor y director Juan Diego Botto propone en El privilegio de ser perro, espectáculo estrenado en 2005 en Madrid. Este trabajo, que transmite sensaciones experimentadas por tantos argentinos, se ofrece ahora integrando la muestra Literaturas del exilio que se desarrolla en el Centro Cultural Recoleta. Botto –nacido en 1975 en Buenos Aires y radicado desde 1978 en Madrid, adonde lo llevó su madre tras el secuestro y desaparición de su padre, el actor Diego Botto– reúne aquí cuatro monólogos autónomos, textos de resonancia social, como los tres escritos por él y Definitivamente adiós, de Roberto Cossa. Este montaje se verá hoy, mañana y el domingo, a las 21, en la sala Villa Villa. El director cuenta que el monólogo de Cossa –estrenado en septiembre de 2003 en Buenos Aires– se lo dio a leer el actor argentino Vando Villamil: “Encajaba perfecto en este trabajo”, dice. El proyecto nació del deseo de ayudar a su primo actor Alejandro Botto: “Hacía dos años que mi primo estaba en Madrid queriendo actuar, pero no tenía los papeles en regla”, recuerda. “Se me ocurrió escribir los monólogos para probar suerte y la obra fue bien. Cumplimos el objetivo y ahora Alejandro tiene sus papeles y puede trabajar legalmente.”

–Definitivamente adiós se refiere al exilio de los republicanos españoles en 1939 y al de los argentinos, sobre todo a partir de 1976, pero en el espectáculo se menciona el caso de dos chicos africanos que murieron por congelamiento al querer escapar, escondidos en el tren de aterrizaje de un avión. ¿Por qué se incluye este episodio?

–Porque hoy la emigración asiática y africana es mayoritaria en Europa. En ese monólogo (La carta), recuerdo un caso real sobre unos chicos de Guinea. Entre las ropas de uno de ellos encontraron una carta conmovedora, que reproduzco en el espectáculo. Estos muchachos piden a los “responsables de Europa” que ayuden a Africa. Imaginé un diálogo que interpreta Ernesto Arango, quien nació en Madrid de padres cubanos. Tampoco olvidé a los intelectuales reaccionarios, xenófobos cultos que disfrazan su mensaje racista con palabras aparentemente muy razonadas. Pretendía que este monólogo (Arquímedes) tuviera humor para que esto que decimos entrara con un poco de azúcar. Esta gente es capaz de mencionar con mucha soltura a Federico García Lorca o al griego Sófocles, porque se ha aprendido tres o cuatro cosas, y ser por otro lado muy brutal.

–¿Cuál es el privilegio de ser perro?

–En ese monólogo hablo esencialmente del exilio político. Allí aparece lo que he visto en mi madre y en amigos de la generación de mi madre: la amargura de no pertenecer a un lugar. La palabra “privilegio” surgió de un hecho que presencié en el Central Park de Nueva York, ciudad en la que viví un año y medio. Un vagabundo maltrataba a un perro, apagando un cigarrillo en el lomo del animal. La gente se indignó tanto que pasó del insulto a la paliza. La reacción fue brutal: lo dejaron en el suelo, sangrando. Imaginé también que los perros marcan su pertenencia a un lugar de una manera muy simple: meando. Eso es un privilegio. Para los humanos es en cambio bien difícil.

–Aunque no todos manifiestan interés por esa pertenencia.

–Para los que hemos crecido con la sensación del desarraigo, o los que han vivido el desarraigo, como mi madre, la búsqueda de un lugar en el mundo es constante.

–¿La elección es más libre en quien creció fuera de su país de origen?

–Sin duda, y es mi caso. Me gusta vivir en Madrid y reconocer el lugar en el que me besé con una chica por primera vez, el bar donde me emborraché por primera vez, la experiencia de irme de casa. Allí están muchos de mis amigos, mi pareja, mi madre, mis hermanas. Tuve la suerte de heredar el esfuerzo de mi madre, Cristina Rota, porque ella debió empezar de la nada y pudo establecerse. Es prestigiosa como profesora de teatro y eso facilitó las cosas, a mis hermanas y a mí. Actúo bastante en cine y en teatro me dedico a producir. Hace cuatro años que no subo a un escenario como actor.

–¿A qué se debe?

–En Madrid el teatro es enormemente más aburguesado que en Buenos Aires. La gente no quiere producir un espectáculo para que lo vean sólo veinte o treinta personas. La experimentación está además acotada a los más jóvenes, que al convertirse en profesionales se olvidan de experimentar. Es una actitud absurda y equivocada, porque el que no experimenta no crece, pero la estructura social y la cultura de la subvención fomentan ese comportamiento.

–¿Cómo fue este debut en la escritura?

–Me entusiasmó y pienso seguir, también en cine. En el 2004, participé de una iniciativa del cine español, de un gran collage sobre la realidad social española. Lo componían 32 cortometrajes de tres minutos de duración cada uno. Un grupo de directores me invitó a colaborar, creo que por mi militancia política. El film se llama Hay un motivo. Circuló por Internet y se proyectó en algunas salas y en colegios públicos. En cine, he colaborado en la producción de una película independiente y, en teatro, he escrito dos obras más después de El privilegio... Una se estrena en mayo, en Madrid, y la otra la escribí para mi madre, quien va a dirigirla.

–¿Cómo influye en su trabajo el recuerdo de su padre?

–Aprendí a convivir con una ausencia que es presente, porque no desaparece ni se supera. Hubo un momento, en mi primera adolescencia, en que sentí el impulso de buscar y hallar más datos sobre él. Fue una etapa muy dolorosa tomar conciencia de la muerte real de mi padre. La figura del desaparecido es un eufemismo. Hasta que no te cae la ficha, es algo blanco, casi transparente, pero cuando te das cuenta de que desaparecido significa secuestrado, torturado, asesinado, ya no es ni blanco ni transparente. Tiene color. Tiene sangre. Es sucio. Y no fue sino hasta muy tarde que me cayó esa ficha. Era mucho más que esa comprobación de que él ya no estaba más con nosotros. Tuve mi etapa de gran dolor y después esta otra de vivir queriendo hacer tributo a mi padre, por su decisión, por su actitud. El mayor tributo que puedo hacerle, creo, es seguir viviendo y tratar de ser feliz.

–¿Sintió en algún momento rechazo hacia la Argentina?

–No. Nunca rechacé al país ni a mi padre. Estrenar una obra de teatro o hacer cine en Argentina es prolongar mi tributo. Pienso que a él le hubiera gustado verme en este trabajo. Es difícil elaborar este duelo estando afuera. Aquí me siento rodeado de gente que ha vivido la misma circunstancia y puede elaborar su dolor. La primera vez que fui a H.I.J.O.S., hace tres años, me encontré con un montón de gente que había pasado por las mismas cosas que me ocurrieron a mí. En Madrid, cuando me piden que hable sobre mi padre, me dicen qué desgracia, qué horror, y yo siento que podrían decir lo mismo de otra cosa. Aquí hay una comprensión inmediata y muy sentida: no necesitas dar antecedentes.

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Imagen: Guadalupe Lombardo
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