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Viernes, 15 de diciembre de 2006

UNA VISITA AL MUNDO LINIERS

“Yo sabía que no era el único que sufría”

Desde aquellas tiras en el Suplemento NO, el “estilo Liniers” delata a un creador impredecible, sensible y ácido a la vez, en un universo paralelo de pingüinos, duendes y aceitunas parlantes: “Tener ideas es fácil, lo difícil es que sean buenas”.

 Por Julián Gorodischer

Las horas de la mañana siempre son más rendidoras, pero nunca se sabe ciertamente cuándo aparecerá el deseo de dibujar. En su departamento céntrico nada se tira a la basura, porque todo se termina integrando de algún modo al universo aparte que componen sus personajes: duendes, ovejas y pingüinos parlantes (por esa manía de personificar a las especies y privar a la historieta de nombres propios), la niña Enriqueta, el robot sensible, la aceituna ocurrente y la bola troglodita entre el repertorio de criaturas que se desentienden de la unidad narrativa y la continuidad de las historias. En el mundo de Liniers (de nacimiento Ricardo Siri, descendiente lejano del Virrey), el “yo interior” se manifiesta en el lugar menos pensado: objetos, animales, gente sola que piensa mucho y se regodea en sus emociones más de lo que las comunica.

Su libro más reciente Cuadernos 1985-2005 (Ediciones Larivière) es un viaje al origen de las criaturas que deleitan en las historietas Macanudo y Bonjour (que se publicó en el suplemento NO de Página/12, entre 1999 y 2002) en el que se despliegan bocetos, dibujos no terminados, ideas recién plasmadas como si lo que se hiciera pública fuera la reedición de sus cuadernos Gloria en los que se evadía durante la escuela primaria. “Los cuadernos –se lee a modo de prólogo– sirven para todo... para jugar, para dibujar sin pensar, sólo por el placer de hacerlo... en los cuadernos vale todo...”

Todos, en algún momento, se habrán sentido como Liniers en las clases de gimnasia, que fueron la génesis de todo. Allí lo descartaban sistemáticamente de los equipos de fútbol, y él se escapaba a las páginas lisas en las que despuntaba su obsesión cinéfila, comentando desde el dibujo films como Tiburón o La guerra de las galaxias. El viaje al pasado y al origen que proponen estas páginas recién editadas, que lo consagran luego del éxito de sus dos ediciones de Macanudo como un autor más allá de su intervención en medios masivos, habilita la pregunta: ¿cómo empezaron las criaturas sensibles que viven en sus cuadritos? “Tengo un montón de cuadernos: desde el quinto grado. No puedo estar tirando a la basura ni tonterías. Si estoy desesperado acudo a la tontería.” Igualmente, Liniers en Macanudo (la tira que publica en La Nación) es un maestro en el arte de tematizar su propia falta de ideas, que se revisita como el camino del antihéroe en crisis existencial, aunque siempre como un juego porque “tener ideas es fácil, lo difícil es que sean buenas”.

Su autorretrato respeta una honestidad brutal que forma parte de un pacto entre Liniers y su otro yo: ni cancherito ni cínico, sino con la guardia baja, empezando por su personificación como conejo con anteojitos. “Ya en Bonjour –recuerda sobre su trabajo en Página/12– me dibujaba con pelo negro y anteojos, aunque con vergüenza, y por eso los personajes me estaban agrediendo, o yo mismo volvía al ejercicio de la autohumillación. Tal vez las orejas de conejo sean el homenaje a todos los dibujantes que se dibujan como bichos, desde Matt Groening (un conejo) a Art Spiegelman (un ratón). Los dibujantes vimos muchos dibujitos con animales que funcionan como personas. Pero la nueva psicodelia ahora está creciendo en los chicos que están viendo las 24 horas por día el canal Cartoon Network.” No tiene ningún reparo en mostrar el trabajo no terminado, tal vez porque –como lector– le gustaría ver bocetos de Quino o Fontanarrosa para conocer el proceso de la creación; los espiaría por encima de sus hombros. Eso mismo se puede hacer con Liniers, quien –de establecerse un parecido con la ficción– estaría muy cerca de la cruza entre el Max Fischer de Tres son multitud (esa joyita dirigida por Wes Anderson, uno de sus ídolos) y su propia criatura Z 25, El robot sensible, con la emoción contenida que se escapa inevitablemente y lo torna levemente “inadecuado”. La lectura de los Cuadernos transporta a sus primeros hobbies...

–Cuando era pendejo –dice Liniers– no existía el concepto de video. A la película la veías en el cine y después se iba de tu vida para siempre. Por eso mis primeras historietas son de La guerra de las galaxias. El secreto eran los rayos láser; no estaba acostumbrado a esas espadas, y supongo que iba por ese lado. Me acuerdo de dibujarlo haciendo los ruiditos de las batallas.

–Lo mismo que los otros chicos hacían con muñequitos...

–Sí, pero esto era lo que se podía hacer en vez de estudiar. Y es lo mismo que hago ahora: el movimiento y la idea de que alguien tiene que ganar en lo que dibujo están pasando frente a mis ojos mientras trabajo. Los personajes tienen una autonomía. Cuando dibujaba una nave y estaba explotando, pasaba en serio.

–¿Y cuándo fue que esas criaturas se volvieron emocionales?

–En esa época eran pura aventura. Después, de grande, con un par de fracasos amorosos, entendí dónde estaba el dinero. Sabía que no era el único que sufría.

Hoy que se editan los Cuadernos 1985-2005, que se explayan sobre el origen de las cosas, es tiempo de emprender junto al dibujante ese mismo viaje. Si se piensa a sí mismo como un fundador, no referirá a la técnica de personajes variables o a la interrupción de una narración lineal, que aquí se ve alterada por sus estados de ánimo o iluminaciones de cada día, sino a la capacidad de personificar a las especies. Los conejos, por ejemplo, aparecieron como revisión de una escena de los Monty Python (en Los caballeros de la mesa cuadrada), en la que el grupo partía rumbo a la cueva en la que vivía un monstruo y se encontraba con un conejito blanco. Pero ese conejo tan dulce se los devoraba a todos, justo en el tono que Liniers elige para sus bestias: o de aspecto despiadado pero desesperados por tener un amigo o de imagen reblandecida e interioridad salvaje.

Cuando aparecieron los primeros pingüinos, le divirtió la idea de que sus personajes fueran genéricos y anónimos. “Lo más cercano eran Los Pitufos, pero eran una comunidad cerrada con seres identificados. Lo mismo intenté con las ovejas y con los duendes: es hacer de la especie un personaje.” Algunas especies resultaron más dificultosas que otras, pero el encanto está en cruzar el límite de lo narrable. Ahora hay un público adicto a las aventuras de Oliverio, la aceituna, pero la realidad es que en el mundo de Liniers ésa es una criatura en el mismo peligro de extinción que el delfín blanco. “Ya la hice en la pizza –se lamenta–, la empanada, la picada, con la aceituna negra y el escarbadientes. ¡Hice todo! Cuando se me ocurra otro chiste con la aceituna lo vuelvo a hacer. Pero ya hice hasta a la aceituna huyendo de Clemente. Y ahora las como sintiéndome King Kong.”

–¿Cómo fue la génesis de Enriqueta?

–Si hubiese sabido que iba a funcionar, habría hecho a un chico. Aunque en ese caso hubieran dicho que ya existía Matías. Y de hecho a Mafalda la compararon con La pequeña Lulú y con Periquita toda la vida. Siempre hay chiquitos en la historieta. Pero Mafalda es un humor costumbrista, para afuera; se relaciona con el mundo, con los amigos, con ideas políticas y sociales. Enriqueta es el intento de acordarme de qué cosas me pasaban a mí cuando era chico; la sorpresa de ver las cosas por primera vez. Nunca aparece con otra persona, con esa corriente de tristeza que en la comedia me gusta mucho. Como si te acabaras de mudar a otra ciudad y tenés que inventarte que sos amigo de un árbol.

–Y sobre los inicios de Z 25, el robot sensible...

–Nació para hacerme chistes a mí mismo; el germen es un robot de la historieta Bonjour, que decía Chau, copado, man. Me río de esos momentos que todos tenemos en el cine, cuando te agarra una congoja patética ante la película cursi que igualmente te emociona; son esos momentos medio ridículos que me hacen investigar sobre un humor puntual. Varios personajes aparecen por la necesidad de investigar esos estados.

Lo mejor de los cuadernos privados de Liniers tal vez esté en la posibilidad de conocer a esas criaturas que no llegaron a nacer, que se esbozaron alguna vez como anticipo de un éxito y no llegaron a crecer ni a publicarse. Ese misterio sobre quién de todos sus chicos tomará vuelo propio sigue siendo el misterio que motiva la práctica. El, por cierto, es consciente de que todo suceso necesita antes del margen de riesgo de un fracaso. A veces él y su público no se ponen de acuerdo. “Te das cuenta de que funcionan personajes que no te hubieras imaginado que andarían bien, como Alfio, la bola troglodita. Y ahora no sé qué hacer con esa pelota que decía huevadas. Y me sorprende que me pidan que lo dibuje.” De los no nacidos, se destaca el boceto del chico vudú, descartado por “el aire demasiado burtoniano”.

“A nadie le gusta que lo vean cuando fracasa”, entiende Liniers que, sin embargo, abre una maravillosa puerta a la felicidad de los desplazados. Sus parejas no pueden vivir uno sin el otro, su niña vive en plenitud aun estando sola, el ser humano está custodiado por faunas deliciosas que abarcan a las ovejas pero también a los duendes. No habrá que confundir esa utopía con un infantilismo dulcificante, ni atribuirle el cliché de la capacidad de sacar el niño interior. Porque Liniers es muchas cosas al mismo tiempo: cronista de viajes ilustrados (el último a la Antártida, en su blog macanudoliniers.blogspot.com, no tiene desperdicio), narrador de ciencia ficción (con su troupe de objetos y animales parlantes), melancólico de una infancia oscuramente dorada (con Enriqueta) e historiador de un pasado más gracioso que el que en verdad existió (con sus fantasías sobre Picasso). Todas esas vidas ocurren a la vez, sin subestimar a nadie en su capacidad de atención y entendimiento, ideando lectores complejos.

–Sus lectores ingresan a un mundo en el que nadie tiene maldad...

–Es que yo no conozco tanta gente mala; los ves por televisión, y cada tanto uno tiene el gusto de morirse. Pero en la vida personal, no pasa. Son muchos más los buenos que los malos que conocí, y nadie es completamente bueno o malo. La maldad, para mí, es falta de empatía. A uno le pasa que, viviendo en la ciudad, pasás al lado de gente en situación de desesperación y no les das un peso. La ciudad te genera eso. Un tipo del campo les preguntaría si necesitan ayuda. Cada tanto, conviene golpearnos la máquina y decirnos que si vamos a ser robots, al menos seamos un robot sensible.

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Imagen: Florencia Daniel
 
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