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Jueves, 29 de marzo de 2007

TEATRO › RICARDO BARTIS, LA TERCERA TEMPORADA DE “DE MAL EN PEOR”, LOS PROYECTOS Y EL LUGAR DEL TEATRO EN LA ACTUALIDAD CULTURAL

“Los porqués de los actos de pasión no están muy claros”

La obra, que lleva más de 250 representaciones, sirve para desnudar las miserias de una familia venida a menos, en medio de los fastos del Centenario. “Nosotros nos preguntamos si es posible fisurar la estabilización en la que se encuentra el teatro. Y esta preocupación es una excusa para ponernos en funcionamiento”, dice.

 Por Cecilia Hopkins

De mal en peor, la última creación de Ricardo Bartís y los actores del Sportivo Teatral, acaba de iniciar su tercera temporada. Ya con 255 funciones en su haber, el grupo realizó giras por Alemania y Bruselas y consiguió las distinciones más codiciadas en el medio teatral de Buenos Aires. La obra, que este año se presentará en el Festival de Otoño de París y de Madrid y en el Festival Temporada Alta de Girona, en Cataluña, desnuda los conflictos de una familia porteña venida a menos, en tanto retrata una época en la que los festejos del Centenario se superponen a las protestas obreras. ¿Cuál será el atractivo que los espectadores europeos encuentran en un espectáculo que, como éste, se ha inspirado deliberadamente en la textualidad de Florencio Sánchez? (ver recuadro). Sin lugar a dudas, los motivos del entusiasmo tienen más que ver con ese estilo de actuación que propone Bartís, ligado al teatro popular, de raigambre criolla: “A quienes nos han visto en Europa les resulta fascinante el mundo estallado hasta el paroxismo en esa estructura familiar que presenta la obra”, afirma en la entrevista con Página/12. “Las entradas y salidas de vaudeville que tiene, la intensidad puesta en las pasiones y una potencia que excede lo meramente visual”, concluye, para luego referirse al teatro contemporáneo de ultramar: “Europa mira hacia América desde hace años, y lo que hacemos representa una utopía. Algunas expresiones de su vanguardia no tienen nada que enseñarnos a nosotros, porque ese teatro nos aburre. Tal vez pueda crear imágenes singulares, pero no se encuentra en sus espectáculos una operatoria poética que formule un lenguaje capaz de tomar un partido crítico que fracture la realidad”, afirma.

Coincidentemente con la reposición de De mal en peor, se estrena el largometraje documental Final de obra, en el que su realizador, José Glusman (Cien años de perdón, Solos), registró ensayos y escenas de la obra, además de una entrevista a Bartís. Como en el estreno, el elenco continúa conformado por Cecilia Peluffo, Agustín Rittano, Marta Pomponio, Carlos Defeo, Claudia Cantero, Luciana Ladisa, Flora Gró, Federico Martínez, Alberto Ajaka, Andrea Nussembaum y Matías Bringeri. Precisamente con algunos de estos actores (más Javier Lorenzo y Mirta Bogdasarian), Bartís se encuentra ensayando la puesta de Heda Gabler, de Henrik Ibsen, a estrenarse en unos meses, la cual representa un desafío, dado que se trata de un teatro muy alejado del que suele producir con sus actores: “Estamos trabajando sobre dificultades y esto nos abruma”, reconoce el director. “Quique –así llamamos al autor entre nosotros– escribe de un modo muy informativo y esto puede resultar un pelotazo de aburrido. Nos obliga a trabajar sobre modelos arquetípicos ya dados, algo a lo que no estamos acostumbrados.”

–¿Qué le atrae de la protagonista?

–Muchas actrices dicen que querrían interpretar este personaje. Pero Heda tiene más prensa de lo que produce en escena. No tiene grandes situaciones para actuar ni dice nada extraordinario. Es un personaje que lucha contra fuerzas muy contradictorias, que puede ser visto como muy sensible, sofisticado en su histeria o muy elemental. No puede amar con intensidad lo que dice amar, desprecia al hombre con quien está y se somete a un orden social que descalifica, pero no es capaz de fracturar nada. No es esta obra el teatro que nos representa, pero nunca pensamos en burlarnos o en destruir asociativamente el texto. Para nosotros es un ejercicio, queremos aprender, aunque es cierto que extrañamos los territorios poetizados y las intensidades a los que estamos acostumbrados.

–¿Cuál es la tendencia que observa en el teatro actual en Buenos Aires?

–Yo veo que hay un límite en la escena del teatro que se produce aquí, que consiste en volver a un campo expresivo ligado a una especie de naturalismo setentista, con eficacia y buen nivel. Esto se ha reflotado, es un revival: no sólo en política el setentismo vuelve a aparecer.

–¿Por qué le parece que se produce este fenómeno?

–Porque en esta época, la intensidad está enormemente devaluada a nivel existencial. El teatro, entonces, abandona la parodia –después de Menem, que encarnó la parodia con intensidad mayúscula en el plano de lo real, no podía hacer otra cosa–, parece haberse colocado en un lugar de ironía muy fina, inteligente o brillante desde su armado, que se mantiene en los bordes educados de la broma. Pero que en términos de lenguaje nunca termina de funcionar como un elemento perforativo o de fractura, porque no propone ningún salto existencial.

–¿El montaje de Heda Gabler sería una respuesta a ese límite?

–Nosotros nos preguntamos si es posible fisurar esta estabilización en la que se encuentra el teatro. Y esta preocupación es, finalmente, una excusa para ponernos en funcionamiento. Después las cosas cobran una vida propia y no podemos dejar de ensayar, porque se convierte en un acto de pasión. ¿Por qué lo hacemos? Los porqués o las razones por las cuales uno produce actos de pasión no están muy claros. Me parece que los porqués están más vinculados con los proyectos estables, oficiales, donde hay algún dinero detrás...

–¿Tiene en vista producir otro espectáculo?

–Voy a ensayar un proyecto que desde hace años se viene retrasando, para ser estrenado durante el Festival Internacional de Buenos Aires, en septiembre. Se llama La pesca y presenta una historia singular: en los sótanos de una vieja fábrica inundada, en los años ’60, se había organizado un club de pesca llamado La Gesta Heroica. Era un pozo alimentado con las aguas desbordadas del arroyo Maldonado, donde se habían criado tarariras traídas de Corrientes para que cualquiera que pagara una cuota tuviese el pique asegurado. Después vino lo que vino, las aguas se fueron reduciendo y ahora lo que queda es un charco de aguas servidas. En esa tapera quedan tres personajes que quieren recuperar el proyecto.

–Esta historia implica un punto de vista político..

–Se puede ver ahí una tesis política. Uno de los personajes es el prototipo del pensamiento fascista del peronismo y el otro es un zurdo melancólico. Los dos representan las expresiones internas de la derecha y la izquierda del peronismo. Hay algo inherente en su forma de hacer política, que requiere una gran entrega por parte de la gente, que necesita construir épicas, y que por otro lado reprime para impedir el desborde. El peronismo estabiliza para traicionar: propone por izquierda lo que te va a sacudir por derecha. Te entusiasma, te lleva, y cuando vos ponés la cabeza, te entrega. En esa tensión que se reitera cíclicamente se ha constituido el poder del peronismo. Pero en las obras uno no siempre expresa todo lo que piensa.

–¿Cuál es su impresión acerca de este peronismo?

–Pienso que la de este momento es una experiencia contradictoria y sumamente atractiva. El kirchnerismo toma gran parte de la tradición del peronismo y al mismo tiempo la recicla y rearma para estos tiempos. En el orden simbólico, se avanzó mucho en la sanción del terrorismo de Estado, en lo relacionado al juicio y castigo a los culpables, en tomar a las Madres y Abuelas de Plaza de Mayo como interlocutores y testigos emblemáticos de lo sucedido. También veo a nivel político una posición correcta frente a las instituciones financieras internacionales. Pero no veo que las situaciones de recuperación económica se traduzcan en un cambio en la distribución de la riqueza. Pero hay que ver que el Estado está desguazado, descerebrado y que el poder que tiene es inexistente en relación a las grandes concentraciones económicas.

–¿Qué pasa a nivel cultural?

–Hay ciertas modalidades de la política que no cesan: hay un Estado estupidizado, sin proyecto estratégico acerca de la cultura, sin una mirada clara sobre el territorio del teatro independiente. Hay gente que ha trepado que, como Telerman, dice pertenecer al campo cultural, pero que en los hechos sólo posa para la foto en los eventos. El teatro independiente no está cubierto legalmente: seguimos sufriendo inspecciones, nos piden cosas imposibles, como si fuésemos el Multiteatro o el Cineplex. Deberían saber que el teatro independiente tomó fábricas y talleres en desuso, producto de los proyectos económicos que derrumbaron el país. Y que en esos lugares de derrumbe producimos teatro y desde allí somos llevados a los festivales internacionales. Después de Cromañón estamos al arbitrio de inspecciones inconsultas y este maltrato nos hace sentir infantilizados, en una especie de reclamo permanente y lastimoso. Si el único incendio que tuvo la escena independiente se produjo durante el ciclo Teatro Abierto, cuando los servicios quemaron el Picadero...

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“El teatro abandona la parodia: después de Menem, que encarnó la parodia con intensidad mayúscula, no podía hacer otra cosa.”
 
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