Literatura y migraciones: ése es el atinado, actual y revelador eje temático que atraviesa a la sexta edición del Filbita, el Festival de Literatura Infantil y Juvenil, que comenzó siendo una suerte de anexo del que se hace “para grandes”, y se impuso como un destacado evento de peso propio. Desde ayer y también hoy, se despliegan en el Centro Cultural de la Cooperación dos intensas jornadas de talleres, charlas y paneles dirigidos a profesionales y mediadores. Será la oportunidad de entrar en contacto con las ideas y experiencias de escritores e ilustradores como Paula Bombara, Andrea Ferrari, Cecilia Pisos, Eduardo Abel Giménez, Juan Lima, la española Mar Benegas, la francesa Mandana Sadat, los holandeses Marije y Ronald Tolman, la portuguesa Catarina Sobral, entre otros. El fin de semana, en Parque Avellaneda y en el Espacio Cultural del Sur, la fiesta será toda de los chicos, con muchísimas invitaciones de juegos, talleres, música y lecturas (ver aparte). Y todo, con entrada libre y gratuita.  
“La literatura es refugio y equipaje. Es hogar y es territorio desconocido. Es la mirada hacia los otros y es la construcción de nuevos mundos. Es viaje y es encuentro”, se lee en la presentación del Filbita. Esa certeza, que es un modo de entender la literatura y de entender el mundo, aparece bien plasmada en un programa que cubre, para los grandes, importantes momentos de intercambio y formación, con ejes temáticos bien delineados. Y para los chicos, un abanico de propuestas cuya sola enumeración entusiasma. “Las migraciones –sean por deseo o por necesidad– son movimientos que atraviesan a personas de todas las edades y ponen en juego sentimientos, ideas, creencias y sueños. Y para los niños y niñas, además, son el doble desafío de construir una identidad frente a un horizonte que se mueve sin cesar”, se advierte.
El tema elegido para atravesar este año el evento parece haber leído muy bien el mundo actual; tanto, que una serie de sucesos recientes en la Argentina y en el mundo lo volvieron tema de agenda. Pero, más allá de esta coyuntura particular, ocurre que esta propuesta –la de abordar las migraciones desde la literatura, y en particular desde la literatura infantil y juvenil– puede resultar reveladora, por muchos motivos. 
Historias como la que creó Cecilia Pisos en Como si no hubiera que cruzar el mar y Mar cruzado, su continuación, sobre una chica que debe emprender un exilio económico en España junto a su familia; Aunque diga fresas, de Andrea Ferrari, que aborda la misma temática; La noche del polizón, que cuenta la vida de un refugiado africano en la Argentina; o el más reciente Matilde, de Carola Martínez Arroyo, que enfoca el exilio interno que sufren una niña y su familia durante la dictadura pinochetista (y luego el exilio político), dan cuenta del tema desde la literatura. Desde la espesura con que está hecha la materia literaria, todas estas lecturas abren el tema en múltiples direcciones, con una suerte de “ventaja”: se trata de novelas dirigidas especialmente a un público joven (más allá de que, como ocurre con todos los buenos libros, admiten a todos los lectores), y esto de algún modo las vuelve especialmente directas, tal vez más descarnadas y conmovedoras.   
Todas estas autoras forman parte del encuentro para docentes que abrió ayer el Filbita, en un panel conjunto. Otro panel reunirá a la escritora y especialista Alicia Salvi, la académica Ana Paula Penachaszadeh –autora de Política y hospitalidad. Disquisiciones urgentes sobre la figura del extranjero–, y la bibliotecaria María Inés Gómez Gallo, quien hablará desde su rica experiencia en la Biblioteca Popular “Por caminos de libros”, en el barrio Ramoìn Carrillo de Villa Soldati. “Para muchos migrantes, la biblioteca son brazos abiertos que reciben en medio de la hostilidad de los desplazamientos. Nadie llega de vacaciones, otros y más complejos son los motivos”, cuenta sobre su trabajo. “Y las migraciones, aunque en general sean de un país a otro o de las provincias hacia la capital, también son ‘de casa en casa’ o ‘de una casa a un rancho’ o ‘de un rancho a un parador’... Todo a pocos kilómetros de distancia, pero tremendos viajes implican. Me conmueve pensar que para muchos el único equipaje es lo vivido. Entonces, creo que existe un ‘equipaje literario’ del que se puede tomar un abrigo de palabras, cambiar el calzado recordando historias, vestir más fresco de ideas cuando haga falta”, analiza.
Siempre desde la literatura, el encuentro será la oportunidad de pensar en una “hospitalidad con y sin papeles”, en palabras de Penachaszadeh. A contramano de una parte del mundo, probablemente, pero también a mano de lo que la investigadora sintetiza como “el desafío mayor”: “entender la llegada del otro como una oportunidad y un acontecimiento, y no como una amenaza”.
Además de estos paneles, otras actividades y talleres concitan el interés de profesionales y mediadores. Hay invitados internacionales, como la escritora valenciana Mar Benegas (especialista en literatura infantil), la ilustradora portuguesa Catarina Sobral (autora del recientemente editado Mi abuelo), los holandeses Marije y Ronald Tolman (aquí se publicaron sus libros La isla y La casa del árbol, sin palabras), o Mandana Sadat, quien se presenta, acorde al tema: “¡Crecí rodeada de tres culturas! La de mi padre iraní, la de mi madre belga y la del país en el que me crié, Francia”. Félix Bruzzone, Irene Singer, Didi Grau, Iris Rivera y Luciano Saracino, son algunos de los que también participarán, en diferentes formatos que habilitan historias familiares, recomendaciones literarias y reflexiones compartidas (la programación completa está en www.filba.org).
“La de las migraciones es una temática que hace tiempo veníamos considerando. Hoy suena como de una actualidad ‘urgente’, podríamos decir, pero al mismo tiempo es un fenómeno que atraviesa todas las generaciones, casi la historia de la humanidad: la posibilidad de moverse hacia otros destinos es constitutiva del ser humano”, advierte Larisa Chausovsky, coordinadora del Filbita. “Puede aparecer en la vida como un deseo, como una necesidad o como un situación a la que se ven forzadas muchas personas. Sea del modo que sea, se trata de un derecho al que todas las personas deben tener acceso. Y desde allí en adelante, encontramos muchas vinculaciones con la literatura. 
Hay otra característica que hace especial a este festival, y que aparece implícita en la programación: si bien aparece una vez al año, el Filbita no se queda en estos cuatro días: hay mucho trabajo previo –en escuelas, con instituciones, con autores–, que en todo caso se materializa o se hace visible aquí. Y hay mucho que se abre a futuro. También en el festival “espejo” que se programó, como una misma cosa de uno y otro lado, en Montevideo (para el próximo 18 y 19 de noviembre). De abrir caminos, de la literatura como un espacio de encuentro y de construcción colectiva, de intercambio, de crecimiento y de disfrute, hablan los organizadores.
Mañana, en la Casona de los Olivera de Parque Avellaneda (Directorio y Lacarra), y el domingo en el Espacio Cultural del Sur (Caseros 1750), el festival se enfocará en actividades para los chicos, en las que participarán muchos autores de las jornadas “para grandes”, algunos otros (como Istvansch, Silvina Rocha y Virginia Piñón), y Mariana Cincunegui con un cierre musical (ver aparte). Desde un paseo a bordo del histórico trencito del Parque Avellaneda, guiado por cuentos y poemas, hasta una Merienda entre libros o la Búsqueda del tesoro literaria que organiza Valor Vereda, pasando por talleres, narraciones y proyecciones, hay de todo y para todos.  
“Con las propuestas para los chicos nos encantaría que pase lo mismo que con las que se despliegan para los adultos: que todos tengamos ganas de seguir leyendo, de encontrarnos con otros lectores, de disfrutar de una cultura diversa y rica que nos reúne”, postula Chausovsky como deseo”. La coordinadora advierte que, si bien las secciones para adultos y para chicos son distintas en su modalidad, hay una especie de circularidad, y así fue pensado el festival: “Cuando pensamos en las actividades para adultos, siempre estamos conectados con las infancias actuales y las pasadas; cuando pensamos en las actividades para chicos, sabemos que también hay allí adultos que acompañan y que se nutren de esos encuentros, que esperamos que disfruten tanto como los chicos. Hay una responsabilidad que tenemos: lograr que todos los chicos tengan las mejores oportunidades que podamos ofrecerles, que la literatura los abrigue y los refresque, que los contenga y los impulse a despegar”, concluye. Un buen postulado para un mundo hecho de migraciones.