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Viernes, 21 de agosto de 2009

DANZA › LAS OCHO ESTACIONES, DEL BALLET CONTEMPORANEO DEL TEATRO SAN MARTIN

Renovación y permanencia

Como cada temporada, Mauricio Wainrot dedica uno de los programas del cuerpo que dirige a alguna obra de su repertorio. Y el nuevo equipo de bailarines se luce, aunque aún le falta cierto rodaje para llegar a las alturas del anterior.

 Por Alina Mazzaferro

LAS OCHO ESTACIONES

Por el Ballet Contemporáneo
del Teatro San Martín.

Coreografía y dirección: Mauricio Wainrot.
Iluminación: Eli Sirlin.
Video: Silvina Rivas.
Sala Martín Coronado del Teatro San Martín, Corrientes 1530. Martes a las 20.30, viernes a las 13, sábados y domingos a las 17.

Hace exactamente una década que Mauricio Wainrot tomó a su cargo, por segunda vez, la dirección del Ballet del Teatro San Martín. Desde entonces, cada temporada y sin cansancio, dedica al menos uno de los programas para presentar o reponer alguna obra de su repertorio personal. Así, en estos últimos diez años, el San Martín se ha convertido en un ballet eficiente, organizado y virtuoso –la meca de los bailarines a nivel nacional–, por el que han pasado jóvenes y veteranos coreógrafos argentinos e internacionales, al mismo tiempo que ha adquirido el sello personal de su director. Una compañía moldeada a la Wainrot, con bailarines que tienen una intensa formación clásica y una gran ductilidad contemporánea, que pueden hablar el lenguaje experimental de cualquier joven coreógrafo, pero que siempre vuelven al idioma de su mentor, como si se tratara de su lengua materna.

Las ocho estaciones, la pieza que esta vez decidió reponer el director, inspirada en la versión musical que Gidon Kremer realizó de Las cuatro estaciones de Antonio Vivaldi y las de Astor Piazzolla, es una de las más representativas de la obra de Wainrot, pues tiene todos los elementos que la caracterizan: lirismo, abstracción, despojo, superposiciones, velocidad. Allí están sus famosos jetés con attitude en ambas piernas, los típicos brazos extendidos y redondeados en forma de águila, un sinúmero de piruetas y levantadas, los finales en grand écart o en arabesque en los que los bailarines deben sostener sus piernas en alto hasta que el público termine de aplaudir. Y también ese barroquismo en el lenguaje, esa proliferación de elementos por la que un movimiento rápidamente se une a otro y a otro en tan sólo medio compás. Y sus tan queridos unísonos, en los que los bailarines realizan pasos dificilísimos y aún así parecen duplicados como por un espejo. Y sus igualmente recurrentes coreografías en simultáneo, en las que el público no sabe dónde mirar porque en cada rincón del escenario se despliega un universo coreográfico distinto.

Muchos saltos heredados de la danza clásica, brazos igualmente líricos en las mujeres, fuerza y masculinidad para los varones. Todo se desarrolla como si fuera un juego, como si ellos y ellas sólo tuvieran la danza para vincularse, para conquistarse, en un otoño porteño o en un verano dieciochesco. Predominan los dúos, esta vez compuestos de un hombre y una mujer, y se extrañan las parejas, tríos o cuartetos de varones que tanto caracterizaron al coreógrafo en otras obras. Pero los que no faltan aquí son los números grupales, fuertes, intensos, de esos que ya casi no se ven en el contemporáneo pero que son los que a Wainrot más le gustan. Los movimientos de Vivaldi son ligeros, alegres, juveniles, juguetones. Los de Piazzolla son más oscuros, pasionales, profundos. Aun así, afortunadamente Wainrot utiliza el mismo lenguaje para ambos –puro contemporáneo–, evitando caer en el cliché de la bailarina con tacos y la pareja abrazada que tanto ha explotado la danza en los últimos tiempos.

Claro que esta pieza tampoco es nueva. Wainrot la creó para el belga Royal Ballet de Flandes y ya se había visto aquí en otras oportunidades con mayores repercusiones. La primera vez abrió la temporada del Luna Park, cuando éste cumplía su septuagésimo aniversario en 2002. Ese mismo año llegó a la Martín Coronado y en 2005 Wainrot repuso algunos fragmentos para una gala en la que su compañía compartió el escenario con Paloma Herrera, nuevamente en el estadio de Bouchard y Corrientes. Después de una primera versión con figuras envueltas en vestuarios más líricos recortadas en un fondo de color homogéneo pero intenso, y de una segunda con una Paloma en puntas como protagonista de un dúo tanguero, llega esta tercera que tiene el sabor de las anteriores, aunque mal condimentada con una pantalla en donde se proyectan imágenes poco reconocibles, que poco aporta a la poesía que la pieza ya tiene. Igualmente lírica y vertiginosa, ésta no supera las anteriores ni sorprende.

En primer lugar, porque el elenco en los últimos años se ha renovado casi por completo y hoy el ballet está compuesto por una buena parte de chicos muy jóvenes que recién empiezan a formarse dentro de esta compañía. Esto tiene una ventaja y una desventaja: por un lado prueba que este equipo no se sostiene sobre ninguna figura, sino que puede renovarse y conservar su repertorio y sus calidades en la ejecución a través del tiempo. Por el otro, se nota la ausencia de Irupé Sarmiento, Silvina Cortés, Ernesto Chacón Oribe, Jack Syzard, Exequiel Barreras, Victoria Hidalgo, entre otros que brillaban especialmente en escena. La compañía de hoy es correcta, precisa, veloz, bien formada y entrenada, una promesa de bailarines jóvenes y talentosos que comprueban que la danza contemporánea nacional tiene futuro. Pero todavía tienen mucho que aprender para volver a hacer del Ballet del San Martín ese equipo aceitado que hace unos pocos años le sacaba chispas al escenario, en primavera, verano, otoño o invierno.

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Wainrot utiliza un lenguaje puramente contemporáneo, que evita caer en los clichés.
 
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