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Viernes, 14 de agosto de 2009

CULTURA › VIGGO MORTENSEN Y FABIAN CASAS, UNA AMISTAD AZULGRANA

“Me siento orgulloso de poder darles una mano a los poetas”

La frase del actor es sólo una de las coincidencias con el escritor y poeta. Más allá del fútbol, aquí ambos hablan de sus otras pasiones, la construcción de la poesía y el peso de frases como “No estudio para saber más sino para ignorar menos”.

El cuervo que está fumando y esperando que llegue su compinche, un muchacho del barrio de Boedo que parece que conociera de toda la vida, tiene la camiseta de San Lorenzo como tatuada en su piel. La tarde avanza, distraída y caprichosa sobra la calle Paraná; la gente camina arrastrando un espeso tejido de deseos y contrariedades que regatean a cada paso. Ese cuervo que exhala el humo del cigarrillo, trazando un círculo azul y rojo que arranca desde sus pies, es Viggo Mortensen, el seductor Aragorn de El señor de los anillos, el último actor fetiche de David Cronenberg, el fanático hincha del Ciclón que no pudo ganar el Oscar por su interpretación en Promesas del Este y desplegar la bandera azulgrana sobre el escenario del teatro Kodak, como tenía previsto. La derrota en manos del sospechosamente quemero Daniel Day-Lewis no amedrentó a Viggo, quien se dio el gusto de exhibir el trapo del club del que se hizo fanático durante su infancia en la Argentina sobre la panza de la entonces embarazada Cate Blanchett, en el evento posterior a la entrega del premio. Aunque el tronco vital de Viggo sea la actuación, su ser se despliega en múltiples ramas: escribe poesía y cuentos –ya tiene publicados once libros–, pinta, saca fotos, compone música. Desde que fundó el sello Perceval Press en 2002, es un pequeño editor independiente estadounidense especializado en crítica de arte, fotografía y poesía. Afortunadamente, el azar y un agitador cultural con nombre de super héroe, Kevin Power, lograron que la rueda del destino rumbeara hacia un puñado de poetas argentinos de la llamada “generación del ’90” a los que acaba de publicar en la Antología de la nueva poesía argentina, con selección y prólogo de Gustavo López. El libro, con una hermosa encuadernación de tapa dura ilustrada por una foto del propio Mortensen, incluye poemas de Fabián Casas, Washington Cucurto, Martín Gambarotta, Juan Desiderio, Fernanda Laguna, Sergio Raimondi, Martín Prieto, María Medrano, Daniel García Helder, Laura Wittner, Santiago Llach, Gabriela Bejerman, Roberta Iannamico, Francisco Garamona y Damián Ríos, entre otros de los veintidós autores incluidos.

Cuando llega Casas, los cuervos se funden en un abrazo con la convicción de que la distancia es una cuerda imaginaria que ellos logran superar a medida que van componiendo y editando recuerdos cifrados en torno de San Lorenzo. “Yo lo conozco porque lo vi una vez en el cine, estaba haciendo El señor de los anillos”, bromea el autor de El salmón y El spleen de Boedo. Las carcajadas de Viggo producen una vibración intermitente de gracia y seducción; su acento porteño a veces suena como si las agujas de ese reloj interno que tiene la lengua se hubieran detenido en el tiempo de su infancia en el país, a fines de los ’60. De un bolso mágico, el actor saca remeras con distintos motivos, diseñadas especialmente por él para el centenario del Ciclón, que le regala a Casas. A principios del mes pasado el actor estuvo en el país para ultimar los detalles de la presentación de la antología. “Me llamó Gustavo López y me dijo: ‘Venite para acá que estoy con Viggo’”, recuerda el poeta. Como dos guapos sabios del barrio de Boedo, hablaron toda la noche de San Lorenzo. El actor deshilvanó viejas anécdotas. Le contó que después de un partido quedó acorralado por la hinchada rival que, al reconocerlo, comenzó a arrojarle toda clase de proyectiles. Casas, experto en meter bocadillos, le dijo: “¡Te convertiste en el señor de los ladrillos!”.

Hasta el viento de esta primavera anticipada parece detenerse a escuchar las historias que anudan la dupla Viggo-Casas en una de las oficinas del Centro Cultural de España ante Página/12. “Esa noche me acompañó caminando por la 9 de Julio hasta mi casa. ¿Te acordás el flaco que iba caminando con la novia y decía ‘¡No lo puedo creer, es Aragorn!’.”

–Sí, pero era de Independiente (risas) –dice Viggo como bajándole el pulgar al flaco evocado.

“Me gustaron las dos películas de Cronenberg que hizo Viggo”, revela Casas. “Parecen un díptico, la exploración de dos personalidades tipo gemelos. Le pedí que me contara cómo había sido esa escena en la que estaba desnudo en el baño turco (en Promesas del Este) y le pegaban. Me dijo que la había filmado en dos días, pero me preguntó: “¿Viste el cuervo que tenía tatuado?”. Viggo esboza una minúscula sonrisa con la que anticipa el as que tiene en su manga. “Hay una mitología rusa sobre el cuervo y convenía para la película que me lo tatuara. Hay un viejo poema ruso, que es como una canción, que dice: ‘No estoy listo, que no venga el cuervo todavía’. O sea ‘no estoy listo para morir’”, aclara el actor, rebautizado por el Bambino Veira como “Guido” Mortensen.

–¿Cuáles son las primeras imágenes que recuerdan vinculadas con San Lorenzo?

V. M.: El siempre fue a la cancha, pero de niño yo tenía las figuritas y la radio porque en los ocho años que viví acá no fui a la cancha. Lo primero que me acuerdo es del Loco Doval, el Bambino Veira, “los carasucias”, que eran bravos y jugaban muy bien, en el ’65 y ’66. Y después en el ’68 el mito de “los matadores”. No fui a la cancha hasta 2003, cuando jugamos contra River y perdimos 2 a 1. Yo me fui de la Argentina a los once años, en el ’69, y entonces no había TV por cable, Internet, nada. Yo estaba en el norte de Estados Unidos con mis figuritas, mi remerita, mi banderín y nada más. Volví en el ’95, habían pasado veinticinco años y yo no sabía nada. Justo cuando llegué, San Lorenzo era campeón.

F. C.: Tengo un recuerdo casi imborrable de estar en un colchón pelado, mirando la final entre River y San Lorenzo del ’72, que ganamos con un gol del Lele Figueroa. Mi papá estaba en la cancha y yo en ese colchón..., es mi primer recuerdo de estar prestándole atención a un partido y estar nervioso. Después vino mi papá afónico y mi casa se transformó en una fiesta. La primera vez que estuve en el Gasómetro fue como cuando mi viejo me llevó al mar. Yo veía los partidos en blanco y negro y cuando fui a la cancha aparecieron los colores, el cielo celeste y esta camiseta que es la más hermosa del mundo, sin duda, el verde del césped..., fue el mismo impacto que me provocó ver por primera vez el mar.

Navegando por un mar de sensaciones que fracasa ante cualquier intento de linealidad cronológica, el nombre de un ídolo se cruza por la mente de ambos. “Para mí Bergessio es Dios, después de lo que hizo contra River esa noche de mayo (del año pasado, cuando San Lorenzo empató 2 a 2 y eliminó a River de la Copa Libertadores), yo lloré sin parar, hasta perdí los documentos”, admite Casas. “Yo lo vi en un bar de Los Angeles y estaba con mi hijo y mi hermano. Era un bar de River, pero no me importó. Yo grité los goles y me puse a bailar. Fue increíble, una hazaña”, reconoce el actor. “Un productor que me estaba pasando unos guiones me preguntó: ¿Qué es lo que más querés hacer en la vida? Bueno, como tengo pasaporte danés, jugar para Dinamarca contra Argentina y meterle tres caños a Riquelme. Who is Riquelme?, me preguntaba.”

Este loco lindo es un mestizo atravesado por la combinatoria de madre norteamericana, padre danés e infancia en el Chaco, Buenos Aires y Córdoba, los lugares por los que anduvo su familia en la Argentina. Su padre, un danés que se crió en ámbitos rurales, cuidó campos por cualquier parte del mundo en que pintara un trabajito. Cuando tenía 6 o 7 años, Vi-ggo comenzó a escribir los primeros “cuentitos cortos” para gambetear esos momentos difíciles en que la geografía chaqueña se erigía como una amenaza extrema.

–¿De qué modo sintetizaría su relación con la escritura, las lenguas en que escribe y la edición?

V. M.: Las cosas que me pasaron de pequeño me marcaron mucho. Ultimamente escribo más en castellano, pero también en inglés. A veces escribo algo en danés. Los libros que publicamos los diseñamos muy bien; son de artistas de vanguardia o poco conocidos, y como no somos una compañía grande, perdemos dinero. De vez en cuando saco algún libro mío de fotos y le meto algún poema porque sé que esos libros venden mucho porque soy actor de cine. Eso me ayuda a recuperar el dinero, pero también me sirve para que la gente se acuerde de Perceval, entre a la página y vea lo que publicamos. Ahora estoy trabajando con un libro en castellano y estoy haciendo también las traducciones al inglés para que sea bilingüe. Me estoy tomando mi tiempo. No sé si va a salir en verano o invierno, pero se llama Canciones de invierno. Siempre es invierno en algún sitio (risas)... Como tengo la costumbre, en inglés escribo más rápido; en castellano soy más lento porque me fui con un argot de fines de los ’60 y cuando volví en el ’95 me encontré con otras palabras. Hablando tanto inglés o danés, a veces escribo de una forma rara; hay cosas que son muy personales, muy mías, y otras que me parecen únicas y después me doy cuenta de que acá se dicen todos los días. Me gusta serruchar los poemas, trabajarlos hasta que queden lo más cortos posible, pero que tengan al mismo tiempo muchas cosas.

F. C.: Una vez fui a dejarle flores a la tumba de mi mamá y ese día cuando volví, súper emocionado, escribí un poema de 500 páginas. Pero después quedó mucho más reducido. El poema surge de la emoción, pero después tenés que trabajarlo racionalmente. Hay un poema de Salmón, “Henry V arenga a sus soldados”, que empezó por una arenga del Bambino Veira. Pero está escrito en clave, y sólo se dieron cuenta los enfermos de San Lorenzo como Viggo. Busco una voz extraña cuando escribo y trato de borrar mi propia voz.

La paleta de lecturas de Viggo es versátil. Lee todo lo que puede; se deja llevar por ese instinto de lector-viajero que se va dejando sorprender con lo que encuentra en el camino. Se ha nutrido con John Ashbery, Artaud, Julio Cortázar, Octavio Paz, Billy Collins, Charles Bukowski, Mario Benedetti, Raymond Carver, Alfonsina Storni y Borges. “Leer y publicar esta antología es para mí una forma de educación porque yo no sé”, subraya Viggo. “Me gusta leer continuamente y aprendo no sólo de Fabián, sino de todos los otros poetas. Me siento muy orgulloso de poder publicar este libro, de darles una mano a los poetas. Yo diseñé el libro para que tuviera buena pinta. La tapa es una foto mía, Boedo 2, que tomé en 2003, en un período donde estuve sacando muchas fotos de noche.”

Una frase de Sor Juana Inés de la Cruz se lee al ingresar a la página web de Perceval (www.perce valpress.com): “No estudio para saber más sino para ignorar menos”, lema que Viggo abraza con devoción como artista y editor. Ya ha publicado más de 30 libros en estos siete años, entre otros un trabajo sobre el nuevo arte cubano, dos del artista Henry Eric; Strange Familiar, del islandés Georg Gudni, y un par de novelas de Mike Davis. “Un artista tiene que hacer las cosas a su manera, sin un rumbo fijo. Yo no tengo una idea de lo que será el próximo libro, pero cada libro tiene que ser diseñado a gusto del escritor o del artista. No sacamos un libro hasta que el artista o el editor no estén conformes. En Perceval buscamos encontrar la buena senda”, explica Viggo.

Aunque no le preocupa mucho publicar, Casas cuenta que se lleva muy bien con sus editores. “¡Ahora me edita un cuervo, es el sueño del pibe! José Luis Mangieri, mi editor histórico, que fue un padre para mí, era de Huracán. Tengo la sensación de que estoy hablando con un pibe de Boedo. Y eso es raro.”

V. M.: Yo me sentí muy cómodo con vos. Sé que no puedo ser objetivo con San Lorenzo, pero de todos los equipos del mundo, no solamente de la Argentina, es el que más guapeza literaria y artística tiene.

F. C.: Si vos te ponés a pensar desde un lado hegeliano racional, no se sostiene ni un segundo ser hincha de un club. Mi mujer cuando me ve llorar o que no quiero hablar con nadie piensa que soy un idiota. Me dice “vos estudiaste filosofía, publicás libros, ensayos, ¿cómo puede ser?”.

V. M.: Le tenés que decir que seremos unos idiotas, pero los hinchas de San Lorenzo somos los que menos miedo le tenemos a la muerte. Y eso nos hace inmortales.

F. C.: Ahora estoy escribiendo un poema que se llama “Trece maneras de mirar a un cuervo”, que está basado en el poema de Wallace Stevens, “Trece maneras de mirar a un mirlo”. Es como yo miro a mi viejo. Mi viejo es un mandril de 80 años que está todo el tiempo haciendo cosas. Me doy cuenta de que mi club está asociado a mi infancia, que es el momento donde tomás combustible. En la infancia cargás combustible, y para mí después no volvés a cargar nunca más. De la calidad de ese combustible depende el tipo de personas que vas a ser cuando las papas quemen.

Viggo busca la bandera en su bolso mágico y no la encuentra. “Me la olvidé en el hotel”, protesta el actor. Los compinches siguen intercambiando figuritas de partidos, jugadores, penales y pifiadas, mientras el fotógrafo los retrata con las camisetas de San Lorenzo. Casas le pide que recite el poema “Chaco”, que escribió en 1995. El actor baja y sube los párpados como si agitara una mano de despedida: “Me cago en la selva/ Como los monos/ Con sus dientes/ Perfectos y amarillos/ Sin tenerle miedo/ A ningún tigre”.

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“De todos los equipos del mundo, San Lorenzo es el que más guapeza literaria y artística tiene”, sostiene el dúo.
Imagen: Daniel Dabove
 
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