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Viernes, 14 de agosto de 2009

OPINION

Raúl González Tuñón, el caminador

 Por Mario Goloboff *

Entre romántico y vanguardista, entre surrealista y testimonial, Raúl González Tuñón prologaba, en 1936, su inmortal La rosa blindada con estas palabras: “Vamos hacia un arte sin trabas, hacia el auténtico arte puro, pasando por el arte revolucionario primero y el arte proletario después”. Y luego afirmaba: “Si alguien me preguntara ¿qué es la poesía?, no tendría más remedio que contestar: La poesía es la poesía, más el mundo, más el hombre, más el poeta, más la poesía. Si alguien me preguntara qué es un poema, contestaría: hasta el líder de la llamada ‘neutralidad’ ha dicho que un poema que no contenga nada más que poesía no es un poema. He citado una frase de Valéry”. Esa fue siempre su estética, la de un hombre de su arte y de su tiempo.

Acababa de regresar de la convulsionada España, había pasado todo el año 1935 en Madrid, se había encontrado con Federico García Lorca, con Rafael Alberti, con Miguel Hernández, con Pedro Salinas, con Gerardo Diego... Había leído en el Ateneo, en un acto organizado por León Felipe, los poemas inspirados por la insurrección minera de Asturias. Había publicado en Caballo verde, la revista del cónsul de Chile en Madrid, Pablo Neruda. Había discutido con algunos de aquellos amigos sobre la función social de la poesía, y hasta los había convencido. Tanto como para que, al volver en 1937, encontrara a Miguel Hernández, otrora poeta del grupo católico El gallo crisis, convertido en jefe de una brigada republicana, redactando y leyendo algunos de los poemas de Viento del pueblo...

Al retornar de la España vencida, pasa algunos años en Chile. Y, al igual que su personaje Juancito Caminador, vuelve y parte. Va a otros países de América, de Europa, de Asia. Escribe siempre. Y anda, incansablemente, como aquel que ha inventado en su segundo libro, Miércoles de ceniza (1928) (el primero, que lo hizo conocer como valioso poeta, fue El violín del diablo, de 1926), que desapareció en La calle del agujero en la media (1930) y que saludaba desde el pórtico de El otro lado de la estrella (1934) y alcanzaba su definitiva estatura en Todos bailan (1935), hasta una inolvidable “Canción que compuso Juancito Caminador para la supuesta muerte de Juancito Caminador”: “...murió en un lejano puerto / el prestidigitador. / Poca cosa deja el muerto. / Terminada su función / –canción, paloma y baraja– / todo cabe en una caja. / Todo menos la canción”. Ejerce también el periodismo, la política, la lucha cultural, la formación del espíritu de los más jóvenes. Todo ello en voz baja, con una sabia modestia, no exenta de firmeza y convicción.

El resto es bastante más conocida y casi reciente historia. Alienta y empuja a los muchachos del grupo El pan duro en sus aventuras y en sus disidencias; prologa consagratoriamente el primer libro de Juan Gelman (Violín y otras cuestiones, 1956) con una frase de Shelley que marca en buena parte su camino: “Los poetas son los legisladores no reconocidos del mundo”; es recuperado por los jóvenes sesentistas y antidogmáticos de izquierda de la editorial y la revista La rosa blindada; es extendido a una vasta popularidad cuando Juan “Tata” Cedrón pone música a algunos de sus bellísimos poemas (“Los ladrones”, “Tarjeta de cartón”) y cuando Adolfo Nigro lo incorpora definitivamente a la plástica. Y en adelante es reconocido, cada día más, como uno de los máximos poetas que dio el siglo XX, que los dio muchos y muy buenos. Como muy diverso, como muy popular, como muy profundo. Como alguien que supo tocar todas las notas, cantar todos los tonos. De versos de lucha, de victoria y de derrota, y también de canciones poco menos que infantiles y graciosas, universales, americanas, argentinas. Y, claro está, porteñas.

“En la calle enfarolada / el piberío viene y va, / alrededor de la fogata / porque es la noche de San Juan.” Entre aquellos chicos está él mismo, saliendo ansioso de esa humilde casona de Saavedra, en el Once natal. Más tarde, en compañía de su inseparable criatura llamada, como ya se dijo y para siempre, Juancito Caminador, recorrerá infinitos barrios del mundo, desde París a Pekín, llevando insustituiblemente los de su amada ciudad a cuestas, y se detendrá a espiar el cementerio de tranvías en Loria y Carlos Calvo, los sugestivos lances y entreveros en el salón de bailes La Argentina, de Rodríguez Peña, o en los danzantes de la Asociación Mariano Moreno, de Constitución.

Tiempo después, se detendrá a comer con amigos cocheros y choferes en El Puchero Misterioso de Cangallo y Talcahuano, o a tomar un semillón en la cortada de las Carabelas, con malandrines como Don Juan de las Nieves López, y amigos como Palito Verde, el Sábalo, canillitas, bohemios. La casa de la esquina de San Juan y Oruro, la de Carabobo al 800, la calesita de Floresta, el cine que se llamaba Radium, las sombras del Parque Lezama, la plazoleta de los jubilados cerca del Riachuelo, fueron, en sus versos, destellos de esa ciudad mágica a la que todavía puede verse, poniendo, simplemente, “veinte centavos en la ranura”.

* Escritor, docente universitario. Mañana se cumplirán 35 años de la muerte del poeta.

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