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Sábado, 15 de mayo de 2010

CULTURA › DOS CHARLAS EN EL V CONGRESO LATINOAMERICANO DE TRADUCCIóN E INTERPRETACIóN

Borges, aquel traductor pudoroso

El escritor Andrés Rivera habló de la vez que el autor de El Aleph omitió traducir la palabra “shit” en Las palmeras salvajes, de William Faulkner. Y Martín Hadis armó una “película” que recorrió la relación de Borges con el idioma inglés.

 Por Silvina Friera

Borges en continuado, como en un viejo cine de barrio, pero en el hotel Panamericano. En el V Congreso Latinoamericano de Traducción e Interpretación, Martín Hadis y Andrés Rivera hablaron de pudores, ironías y otras yerbas anglosajonas, que siempre conducen al incesante y vasto universo borgeano. Si los traductores son detectives que desarticulan mecanismos secretos, como si estuvieran ante una escritura cifrada, el oficio parece una cuestión de mujeres. Los pocos hombres que se vieron por los salones del hotel fueron la excepción. Las chicas argentinas estuvieron a punto de desmayarse cuando escucharon los piropos de Rivera. “Creo que aun muertos Borges, (José) Bianco y Cortázar, los mejores traductores de América latina son argentinos; han evitado los argentinismos, los porteñismos, y han trabajado con un castellano legible para cualquier país de América latina. Es un trabajo que ha dejado huellas.” Imposible reprimir la alegría ante lo que acaban de escuchar. “¡Pavada de elogio!”, soltó automáticamente una sorprendida traductora con los ojos como platos. “El buen traductor o traductora –agregó el escritor– enriquece a los narradores.” Leticia Martínez, tesorera del Colegio Público de Traductores, que organiza el congreso, agradeció: “Muchas veces somos poco reconocidos; entonces, que un escritor de la talla de Rivera nos reconozca es un orgullo”.

El autor de La revolución es un sueño eterno desglosó una anécdota que conecta a Borges con One-tti. “Es como si yo hubiera estado presente en un diálogo entre los dos más grandes escritores que ha dado el Río de la Plata”, confesó. Pero, hay que aclarar, no fue estrictamente un diálogo. Rivera solía viajar una vez por mes a Uruguay para encontrarse con Jorge Onetti, el hijo del escritor. En uno de esos viajes, Jorge le propuso llevarlo en moto hasta la casa de su padre, en el barrio de Pocitos. “Fue un viaje suicida, bien típico de los Onetti”, recordó Rivera, que llegó finalmente a la casa. Sobre el piso había un colchón y sábanas. “Allí estaba Onetti; pantalón negro, camisa blanca impecable, acostado boca abajo. Me acostumbré a lo que en otra circunstancia sería una suerte de exabrupto. Debía tener mucho olfato, porque así como estaba, boca abajo, me contó esta historia.” Borges, traductor de Las palmeras salvajes, de William Faulkner, omitió una palabrita. En una parte de la traducción se lee: “Mujeres, dijo el penado alto”. “El penado alto lo dice con un sentido muy fuerte de admiración”, explicó Rivera. Pero Onetti, “que era dueño de una perversidad muy exquisita”, le leyó el “original”: “Women shit”; “que sería mujeres, ¡carajo!, cómo una mujer pudo navegar por todo el Mississippi embarazada”, aclaró el escritor. Y recordó que el uruguayo, después de leerle la frase, “se rió con esa risa perversa de la que podía ser dueño Onetti”.

Rivera comentó que no sabe inglés. “Ateo como soy, es el único pecado que confieso –ironizó–. Onetti fue nuestro Faulkner del Río de la Plata, y no estoy reduciendo el volumen y la calidad de Onetti, que también fue traductor.” Para el “problema del pudor de Borges”, como lo definió Rivera, se podría aplicar “traduttore, traditore” (traductor, traidor), “aunque no comulgo con esta sentencia”, admitió. “Borges suprimió ‘shit’ porque era un hombre muy pudoroso, cuyas osadías con personas del sexo opuesto quizás aparezcan en el libro de Bioy Casares. Borges amaba a las mujeres, pero cuando se trataba de este tipo de trabajo, como traductor limpió ‘shit’.” El autor de El Farmer reconoció que ha gozado con los muy buenos traductores. “Sentí que ellos me transmitían muchas de las sensaciones que yo debería haber encontrado en el idioma original.”

La “otra película” la dirigió Hadis, que proyectó en una pantalla croquis, mapas, poemas, y la inscripción que eligió Borges para su lápida. Primero repasó los cinco siglos que van del V al X, cuando el inglés antiguo fue vehículo de creación literaria. De los textos primarios que sobrevivieron, a Borges le fascinaba la poesía, especialmente el poema “Beowulf”, “aunque desaconsejaba su lectura a los principiantes sin conocimientos suficientes porque propendía, según afirmaba, ‘a la deserción y al tedio’”, comentó el autor de Literatos y excéntricos. Los ancestros ingleses de Jorge Luis Borges. Los textos en prosa más abundantes que llegaron a nuestros días no lo entusiasmaron mucho. “Los sajones podían componer versos memorables –recordó Hadis lo que escribió Borges–, pero su prosa era vacilante y pesada.” ¿Cuándo comenzó su interés por el inglés antiguo? Hadis subrayó que ya aparece en forma temprana en su ensayo “Las Kenningar”, publicado en Historia de la Eternidad (1936). “Pero el verdadero vuelco hacia el idioma y la literatura anglosajona se produjo en 1955, cuando Borges se quedó definitivamente ciego”, afirmó el especialista.

Borges recurrió al estudio de una nueva literatura para enfrentar la pérdida de la vista. Al comenzar con la experiencia, el escritor señaló: “Estoy volviendo al idioma que hablaban mis mayores hace cincuenta generaciones; estoy volviendo a ese idioma, estoy recuperándolo. No es la primera vez que lo uso; cuando yo tenía otros nombres, yo hablé este idioma”. Hadis planteó que Borges sabía muy poco de sus antepasados y que al estudiar inglés antiguo, “regresó a las fuentes de su familia y a su pasado lingüístico para combatir la desazón que le produjo su ceguera”; una ceguera que heredó del lado paterno de su familia, de sus antepasados ingleses. “La abuela inglesa de Borges, Frances Haslam, que provenía de Staffordshire, padecía una forma de ceguera hereditaria que pasó de ella al padre del escritor, Jorge Guillermo Borges, que a su vez la transmitió a su hijo”, resumió Hadis. El resultado de sus estudios se tradujo en Literaturas Germánicas Medievales (1966), con un capítulo dedicado a la literatura anglosajona, y Breve Antología Anglosajona (1978), compilación de textos anglosajones traducidos directamente del inglés antiguo al castellano por Borges y María Kodama.

Una pregunta retórica lanzó Hadis al auditorio femenino. ¿Por qué no tradujo Borges el texto que más le gustaba, la Batalla de Maldon, poema en el que el coraje tiene un rol fundamental? El especialista encontró la respuesta en otra parte, en una confesión que le hizo Borges a María Esther Vázquez. “Siempre he sentido que hay algo en Buenos Aires que me gusta. Me gusta tanto que no me gusta que les guste a otras personas. Es un amor así, celoso.” Para Hadis sucede algo similar con ese poema que tanto fascinaba a Borges, pero que nunca tradujo. En el anverso de la lápida del escritor, en Ginebra, está inscripto un semiverso perteneciente a Maldon: “And ne Forhtedon na”, una frase en inglés antiguo que, como precisó Hadis, significa: “y que no temieran”. Una traductora quiso saber si Borges alguna vez habló de Tolkien. “En su obra no lo menciona nunca”, le respondió Hadis, que está escribiendo un libro en el que compara a los dos autores. Pero revisando conversaciones y diálogos, el especialista encontró unas pocas líneas en un libro que recopila un diálogo entre Borges y Donald Yates, profesor de literatura latinoamericana en la Universidad de Michigan en 1976. “La gente dice que si me gusta Lewis Carroll, debería gustarme Tolkien –comentó Borges–. Me gusta mucho Lewis Carroll, pero me encuentro desconcertado por Tolkien.”

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Rivera fue muy elogioso con los traductores argentinos: “Son los mejores de América latina”.
Imagen: Rafael Yohai
 
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