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Jueves, 16 de diciembre de 2010

CULTURA › DAVID WAPNER PRESENTA SU ESPECTACULO EN EL ESPACIO CULTURAL NUESTROS HIJOS

El artista que escapa a la clasificación

Poeta, narrador, dramaturgo, cantante, titiritero, artesano de neologismos, Wapner tiene nuevo libro de poemas, Mardablogues, y un espectáculo de canciones que es la mejor excusa para entrar en contacto con un artista que elude toda frontera.

 Por Silvina Friera

El sol del mediodía echa fuego a una frase. Las cejas alborotadas de este artista todoterreno –poeta, narrador, dramaturgo, cantante, titiritero– astillan el marco de unos ojos curiosos que destilan el malestar del tímido, del hombre de bajo perfil que sostiene una batalla enconada con los rumores que se atropellan en su cabeza y devienen en versos, textos, canciones, si los captura en tiempo y forma. “¡Qué raro que es lo tuyo!”, le dicen a David Wapner. Se ríe el “artista raro”, radicado en Israel desde 1998, en este regreso con libro nuevo, Mardablogues, publicado por Imprenta Argentina de Poesía (IAP), que este sábado a las 19 en el Espacio Cultural Nuestros Hijos (Ecunhi) cantará canciones de su más reciente repertorio, incluidas en Frontera en directo, Wapner LivEuzkadi y Pequeñas canciones de la Gaturbe; estrenará la versión cantada de su clásico “Canción decidida” y leerá poemas y textos inéditos. La risa de Wapner, como su obra, golpea las certezas; apuesta con énfasis por experimentar un paso más allá de las convenciones, como si desplazara sus “artefactos” hacia ese punto del infinito que apenas se puede vislumbrar. No se achica, a pesar del desconcierto que sabe que genera. Ni se inmuta ante la soledad que –confiesa– a veces siente. La “rareza” que tanto le endilgan se multiplica cuando es proyectada, desde el altar de la incomodidad que cultiva, hacia espectadores y lectores.

La rebelión de Wapner empieza por la boca. Por las palabras que baraja, combina y crea a su antojo. Un pelotón de libros confirman, página a página, el edificio que viene levantando este indómito creador, nacido en Buenos Aires en 1958. Al autor de Tierra metida (2009), Una novela de mil páginas (2007), Violenta Parra (1999), Tragacomedias-Sacrificciones (1994) y Bulu-Bulu (1987), entre otros títulos, le gusta propinar dentelladas feroces con la factoría de sus neologismos. En su último libro presenta a Mardablogues, nacido Mardafón, en una encrucijada. Canta Mardablogues –se lee en el primer fragmento de este “poemario narrativo”– “las canciones que le dicta Mardafones”. Canta, Mardafones, cosas como “borga, borga/ el que mata es una borfa/ el que muere se nota”. El escritor cuenta en la entrevista con Página/12 que en los diálogos cotidianos con su pareja, la artista plástica Ana Camusso, practica ese berretín de inventar palabras. “Mardafones es una relectura del personaje de Mordisquito”, explica. “Es el momento más genial y trágico de Discépolo; momento que ilustra su vida, su escritura y su postura. Los textos de Mordisquito siempre me parecieron impresionantes.”

–¿Qué busca al trabajar con los neologismos?

–Me interesa ocuparme del automatismo en el habla de todos los días. Gran parte de las cosas que decimos, las decimos sin pensar: por costumbre, por tradición, por la memoria de un lenguaje que funciona en piloto automático. Me gusta vaciar el contenido, el molde, y ponerle otro, dándole nueva vida al lenguaje a partir de lo que sería el “lenguaje puro”, el lenguaje primitivo que empieza de cero. Yo he escrito poemas mucho más extremos que no he publicado y que quise publicar en su momento con editores más radicales como Darío Rojo; a él le pasé Barbafones, donde el habla es un gran discurso dislocado, como lo que hizo Emeterio Cerro, un gran poeta que murió hace unos años y tiene un pequeño grupo de admiradores.

–En Mardablogues hay un texto que se puede leer como una reflexión sobre la creación. Se dice que sólo queda “un rumor que ondula por los oídos y las memorias hasta que, si no sucede algún fenómeno electroacústico, se debilita y escurre”. ¿Cómo trabaja con esos rumores para que puedan terminar siendo un poema, un texto?

–Eso no se puede controlar. La mente es un constante rumor; el pensamiento es una vorágine de rumores cruzados. La poesía es una decantación de ese rumor. Yo creo en el estado de trance; el poeta y el músico experimentan en forma continua con el trance. A mí me suelen reprochar: “¡Estás pensando en otra cosa!” (risas), pero llega un momento en que tengo que sacar esos rumores de la cabeza y escribir. Por eso es perjudicial para el que escribe la no estabilidad espacial; lamentablemente en los últimos años me he mudado mucho...

Los dedos chiquitos de Wapner, con las uñas carcomidas por la ansiedad, trazan el mapa de su mudanza sobre la mesa del bar. Cuando se cansó de escribir cuentos para la revista Anteojito, el único trabajo que llegó a tener y que no le alcanzaba para pagar la deuda del alquiler acumulado, decidió emigrar. En 1998 se instaló en Beer-Sheva, capital del desierto de Néguev, ciudad judeo-marroquí muy extendida y laberíntica. En 2005 rumbeó hacia Bat-Yam, un conglomerado de peluquerías, consultorios odontológicos y fruterías a orillas del Mediterráneo. Ahora vive en Arad, al borde del Néguev y el desierto de Judea. Pero en sus planes, por cuestiones laborales, se aproxima el horizonte de una nueva ciudad, Haifa, adonde piensa mudarse en breve. Después de resumir tantos desplazamientos, el autor de numerosos libros para niños, como Canción decidida (2003), Los piojemas del piojo Peddy (2004), Icaro (2008) y Pequeña Guía de la Gaturbe (2009), continúa empalmando sus caminos creativos. “En poesía no hay un motor racional”, subraya. “Mis textos están atravesados por la creación y lo efímero, por la lucha narcisista de aquellos que como yo quieren plasmar algo de lo que pasa con sus rumores. Es una lucha bastante desigual; casi siempre caigo derrotado. Pero por el narcisismo enorme que tengo como artista, confío que algo de todo lo que escribo y hago va a quedar.”

–Se percibe en el libro cierto escepticismo respecto de las vanguardias, ¿no?

–Puede ser... no sólo la vanguardia es una contradicción irresuelta en mí, estoy pensando también en un proyecto de humanidad que fracasó. El corte de la Segunda Guerra Mundial fue definitivo; lo que vimos después fueron las últimas brazadas del ahogado. Tanto las vanguardias artísticas como políticas cayeron asesinadas. Pero yo sigo perteneciendo al mundo de las vanguardias por mi forma de actuar con la palabra, con la expresión y con el sonido; es así por mi constitución interna. Ya no puedo modificarlo. Y es una gran lucha que tengo a la hora de escribir literatura para chicos; al entorno conservador de la literatura infantil le llevó su tiempo digerir mi propuesta. Pero siempre fui catalogado de “raro”. No tengo instinto comercial, ni tengo un instinto político... no sé si es saludable o no. Hay escritores que tienen un gran instinto político y con mucho esfuerzo han logrado instalarse.

–¿Sería entonces un escritor vanguardista, raro y además de bajo perfil?

–Sí, no tengo una a favor (risas), pero mi contradicción es que mi Narciso quiere hacer más todo el tiempo, porque el impulso de las vanguardias es romper las barreras, destruir el mundo existente y construir nuevos cimientos. A esta altura de la vida, instalados en pleno siglo XXI, los vanguardistas estamos un poco solos. No sé qué pasará mañana, quizá en el futuro el impulso de las vanguardias se recupere.

–Tal vez resulta más fácil romper los moldes cuando todo está muy mal, pero cuando hay cierta “esperanza” para decirlo muy ampliamente si se piensa en Argentina o en Latinoamérica, es más difícil destruir los cimientos de ese mundo. ¿Cree que sucede algo parecido en la literatura, en el arte?

–En Argentina estamos pasando por una coyuntura de mayor bienestar, de mayor justicia, pero no estamos viviendo un momento revolucionario. La literatura está en una situación de relajamiento; las literaturas que se escriben en contextos más cómodos son más cómodas, por más que haya excelentes narradores y poetas. Todavía la literatura y el arte están en un momento anterior, en un momento posmenemista, y quizá estemos atravesando una etapa de transición. Pero no hay ruptura. Ultimamente estuve leyendo muchos nuevos poetas que no conocía, que tienen una muy buena escritura y libros con planteos fluidos. Pero es eso, nada más. No hay disrupción, me parece que no existe esa necesidad. En la literatura estamos viviendo un neoconservadurismo. Pero creo en la incomodidad del arte.

* David Wapner presenta su espectáculo Canta Wapner este sábado a las 19, en el Ecunhi, Libertador 8465.

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“En la literatura estamos viviendo un neoconservadurismo. Pero creo en la incomodidad del arte.”
 
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