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Viernes, 23 de marzo de 2012

CULTURA › DANIEL TARNOPOLSKY Y BETINA SIN APARECER, SOBRE LA DESAPARICION DE TODA SU FAMILIA

“Como quien tira una botella al mar”

En el libro que Página/12 ofrece a sus lectores a partir de mañana, Tarnopolsky no sólo relata el secuestro de sus familiares, sino su convicción de que su hermana Betina, que al momento de la desaparición tenía quince años, aún está viva.

 Por Emilia Erbetta

Hoy Daniel Tarnopolsky es una familia de un solo hombre. Hasta 1976 los Tarnopolsky eran cinco: a Hugo y su mujer Blanca Edelberg los secuestraron en la madrugada del 15 de julio. Horas después, el mismo grupo de tareas se llevaba a su hija menor, Betina, que tenía 15 años y dormía en lo de su abuela. Sergio, que militaba en la JP, estaba secuestrado en la ESMA, donde era conscripto bajo las órdenes del Tigre Acosta. Su mujer, Laura Del Duca, sería chupada horas más tarde. “Desde el ’75 en mi casa se sentía al peligro cernirse, rodearnos”, recuerda Daniel, que presentó en el Parque de la Memoria Betina sin aparecer (Norma), que mañana se ofrece junto a Página/12. Allí Tarnopolsky no sólo relata el secuestro y la desaparición de su familia, los años de exilio entre Chile, Francia e Israel y el juicio que le ganó a Emilio Massera. También se anima a presentar otra historia: el supuesto destino de su hermana Betina, de la que él tiene razones para creer que sobrevivió. Razones que recogió en años de consultas a videntes y mediums y que lo llevaron a escribir “como quien tira una botella al mar”, con la esperanza de que alguien acerque información: “Espero que este libro llegue donde tiene que llegar”.

–¿Por qué un libro hoy, después de tantos años?

–Yo volví a la Argentina en 2002, y en 2004 terminó el juicio que le hice a Massera. Ahí dije: “Basta, me estoy ocupando de esto hace 28 años, hice todo lo que pude, cierro acá”. Necesitaba reintegrarme y ordenar mis cosas. Durante mucho tiempo me habían dicho “tenés que escribir, tenés que transmitir”, pero no me surgía. A los pocos meses, a fines de diciembre, me llamó un amigo de La Pampa y me comentó que tenía una amiga que es vidente y que estaba recibiendo una información que escribía en forma automática en un idioma que ella creía griego pero para él era hebreo. Me mandó lo que había escrito y efectivamente era hebreo, textos bíblicos. Lo extraño era que estaban escritos de manera perfecta, como por un escriba. A los pocos días me volvió a llamar y me contó que esta chica había recibido una lista de nombres con consonancia hebrea y quería saber qué significaban, porque cuando reciben ese tipo de cosas es porque hay un mensaje para alguien. Cuando me los leyó casi me caigo al piso: eran Abraham, Edith, Sergio, Lala y Tina. Mis viejos se llamaban Hugo y Blanca, pero sus nombres hebraicos eran Abraham y Edith. Mi hermano se llamaba Sergio, su mujer era Laura y mi hermana se llamaba Betina. Y de estos cinco nombres, esta chica veía cuatro de un lado y uno del otro.

–¿Y eso qué significaba?

–Ella veía los nombres de Hugo, Blanca, Sergio y Lala de un lado y a Tina del otro. Y me dijo lo que ya me habían dicho otros, que los cuatro de un lado estaban muertos y que Betina podría estar viva.

–¿Usted ya había consultado a otros videntes?

–Unos años antes una prima mía había empezado a trabajar con cuestiones energéticas y había salido el tema, pero nunca encontramos nada. En Francia había visto a un medium que también trabajó sobre fotos y me dijo que la sentía viva. Pero así y todo yo había decidido que basta, que había buscado mucho y psíquicamente no podía más. Pero cuando apareció la chica de La Pampa yo pude reconstruir la historia que cuento en el libro: no sólo que Betina habría sobrevivido, sino que habría sido secuestrada por un represor que no había participado del primer secuestro, sino que fue un secuestro dentro del secuestro, que se la quedó como trofeo.

–¿Cómo encaró el proceso de escritura?

–Una vez que decidí escribir busqué ayuda. Hablé con Miriam Lewin, a quien conozco de hace muchos años y que estuvo en la ESMA, y le propuse escribir juntos, yo algo personal y ella algo más documental. Pero no prosperó, se desdibujó, no encontramos el camino. Yo seguí escribiendo y me encontré con una editora con la que empezamos a trabajar. Eso duró de 2007 a 2009 y las historias empezaron a surgir, venían solas, yo no sentía ningún límite. Al principio había mucha mezcla de idioma, entre el francés y el castellano. Yo dejaba venir todo como surgía. Y así empezó a salir lo de Betina, sensaciones que venían sobre todo de lo que había hablado con la vidente de La Pampa. En 2009 empecé a buscar quien me lo prologara y primero encontré al rabino Daniel Goldman y después a Hugo Urquijo, psicoanalista y director de teatro. Me interesaba profundizar no en la parte política, sino en la espiritual.

–El libro vence el pudor a reconocer otro tipo de búsqueda...

–Cuando empecé a escribir me dije: “Voy a poner todo lo que tenga ganas y no me importa qué piensen de mí”. Muchos familiares de desaparecidos me contaron que ellos también habían buscado por videntes, pero todo sottovoce. Así como también durante muchísimos años tuvimos cuidado de hablar de la militancia y no osábamos criticar a nadie, ni siquiera decíamos que nuestros familiares habían sido militantes.

–¿Entonces Betina sin aparecer desafía también otro miedo, el de reconocer críticas hacia la militancia de los que se llevaron?

–Está plasmada mi pelea con mi hermano previo al golpe y todo mi enojo, todas mis dudas hacia la lucha armada, así como también mi reconciliación con él. El libro también fue una manera de reconciliarme con mi hermano, entender su situación como militante y conscripto en la ESMA.

–En el libro, Betina está muy cerca de ser una desaparecida, pero sin serlo realmente.

–Es un juego de palabras que significa que nadie sabe dónde está. Es como las escondidas, como cuando termina el juego y siempre hay un chico que no quiere salir de su escondite. Yo no sé si mi hermana está decidiendo no aparecer o si nunca pudo decidir nada. Y ya a esta altura no sé si sigue viva, según los videntes con los cuales yo sigo trabajando al día de hoy, su energía ya no está tan sufrida como antes. Antes era una energía negra de mucho dolor, y ahora es una energía más plácida. Quizá si está viva lo está en un estado cataléptico de psicosis gravísima. Aún al día de hoy hay muchísimos NN en hospicios públicos y privados y la Argentina no ha hecho un conteo para ver quiénes son y de dónde salen. Sería un proyecto interesante para que encare el Ministerio de Salud con el Ministerio del Interior y lo encabecen los antropólogos forenses.

–¿Cómo conjugó política y espiritualidad?

–Fue un choque durante años. En general la militancia de izquierda es laica y antirreligiosa. Pero desde chico siempre tuve una base espiritual, a mí siempre me fascinó lo mágico, lo fantasioso, y tuve una veta religiosa que en mi casa fue muy criticada. Después del golpe, en el exilio en Francia, empecé a conocer a cristianos de izquierda que me mostraban un camino. Entonces entendí que la política, la militancia y la religiosidad y la espiritualidad podían ir juntos. Para mí eso no es una contradicción.

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“El libro también fue una manera de reconciliarme con mi hermano, entender su situación como militante.”
Imagen: Rafael Yohai
 
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