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Viernes, 23 de marzo de 2012

MUSICA › EL ORO DEL RHIN EN NOTABLE PUESTA DE MARCELO LOMBARDERO

Mirada al universo wagneriano cercana al 3D

 Por Diego Fischerman

10

El ORO DEL RHIN
Prólogo de la Tetralogía El anillo
del nibelungo, de Richard Wagner.

Dirección musical: Alejo Pérez.
Dirección de escena: Marcelo Lombardero.
Diseño escenográfico: Diego Siliano.
Diseño de vestuario: Luciana Gutman.
Diseño de iluminación: José Luis Fiorruccio.
Elenco: Hernán Iturralde, Ernesto Bauer, Martín Muehle, Francesco Petrozzi, Héctor Guedes, Sergio Spina, Christian Peregrino, Ariel Cazes, Adriana Mastrángelo, María Bugallo, María Isabel Vera, Victoria Gaeta, Gabriela Cipriani Zec y Florencia Machado.
Orquesta Estable del Teatro Argentino de La Plata
Teatro Argentino de La Plata. Viernes 16.
Nuevas funciones: Hoy y el domingo 25.


En el comienzo la imagen muestra un oleaje leve. El agua, un leitmotiv más en la obra de Wagner, se adueña del escenario. La orquesta interpreta el monumental prólogo del prólogo mientras el fondo de las aguas va cambiando. El paisaje de anclas abandonadas y algún navío naufragado troca por llantas, heladeras, motores y autos sumergidos. El submundo se sitúa esta vez en las orillas de un Riachuelo muy próximo. Las imágenes, proyectadas a manera de escenografía, mostrarán un tránsito entre edificios urbanos. La distancia entre los abismos y el Walhalla no se mide en kilómetros. Tal vez sean unas pocas cuadras, apenas las que separan las riberas contaminadas del sur con las torres entre las nubes de Puerto Madero. Sin embargo, es una separación insalvable.

En la notable puesta de Marcelo Lombardero, junto a su habitual equipo, los dioses no están fuera de la Tierra. Y pueden llegar a su paraíso inmarcesible, como Fricka, con las bolsas del shopping. Pero tienen, qué duda cabe, las vidas de los otros en sus manos. Los separa del resto el poder, no la mezquindad. Si en la obra original de Wagner las castas funcionan como metáfora de lo humano, en esta versión la distancia se diluye. Es la lucha de clases la que determina la acción y, es de presumir, será también la que a lo largo de todo el ciclo de cuatro óperas ocasione la caída de estos dioses nunca tan parecidos a los hombres y mujeres poderosos.

La utilización de la tecnología resulta central en esta mirada sobre el mundo wagneriano cercana al 3D. Los antiguos cuentos medievales y la idealización de las mitologías ancestrales toman el rostro de una ciencia ficción apenas desplazada en el tiempo. No cuesta reconocer en los planos del Walhalla la visión delirante de algún arquitecto del Tercer Reich pasada por el tamiz de los negocios inmobiliarios porteños. Por lo demás, la puesta de Lombardero es absolutamente literal. Y es que no es necesario cambiar una coma del libreto escrito por el propio Wagner para que la primera de las cuatro óperas que construyen su cosmos privado pueda ser leída en una clave realista y actual. Brilla, en ese sentido, la capacidad de realización del Argentino, con un gran nivel de producción. Y, también, una orquesta que tuvo un rendimiento óptimo y que, como ya había sucedido cuando el mismo equipo presentó en ese teatro Tristán e Isolda, realizó su propio ascenso desde el submundo del foso y recibió las ovaciones del publico junto al elenco y los responsables de la puesta.

Que un teatro como el Argentino pueda realizar una Tetralogía, que lo haga alternando dos elencos, ambos de muy buen nivel, y que su orquesta esté a la altura de semejante demanda es de por sí meritorio. Que, además, todo confluya en un gran espectáculo, lo hace excepcional. Un Hernán Iturralde magnífico en su composición de Wotan, el tenor peruano Francesco Petrozzi en un Loge de gran nivel y la deslumbrante Adriana Mastrángelo encabezan un reparto conformado exclusivamente por artistas latinoamericanos –y con gran mayoría de argentinos– en el que cada voz ha sido elegida con obsesiva meticulosidad. El oro del Rhin, prólogo de El anillo del nibelungo al que suceden tres jornadas (La walquiria, Siegfried y El ocaso de los dioses) que el Argentino presentará al final de esta temporada y durante la próxima, en 2013, es, sin duda, una obra maestra. Megalomaníaca, autoindulgente, vuelta sobre sí misma como una gigantesca serpiente, no es genial a pesar de todo ello, sino por su causa. Como muchas grandes obras se impuso, en alguna medida, a su autor. No hay en ella docilidad ni confort. Y esta interpretación le hace honor.

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