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Jueves, 26 de septiembre de 2013

CULTURA › INAUGURACION DEL FILBA

De acá y de allá

 Por Silvina Friera

La fórmula tan protocolaria de inaugurar un festival de literatura como el Filba, tan consolidado en esta quinta edición que comenzó anoche en el Malba, a veces concede gratas sorpresas. Una narradora, ensayista y crítica argentina sortea la comodidad de las etiquetas y los lugares comunes. Sylvia Molloy hace años que vive la extrañeza de un “acá” y un “allá” –entre Buenos Aires y Estados Unidos– mucho más compleja de lo que parece a simple vista. “Querer saber de una vez por todas de dónde es el otro rebasa la pesquisa fronteriza –observó la autora de El común olvido durante la apertura–. El escrutinio responde a la necesidad de detener la fluidez del otro, de ubicarlo en un contexto controlable, de fijarlo como si fuera una mariposa más del famosamente nómade Nabokov. No en vano recuerda Cortázar, citando a Jacques Vaché, los efectos nefastos de este requisito: “Nada destruye más a un hombre que el verse obligado a representar un país, de ser su portavoz”. La consigna parecía ser: “Dime cuál es tu homeland y te diré cómo quiero que escribas para ser un escritor de afuera”.

Molloy subrayó que escribir afuera supone un “delicado trámite con un otro que busca reconocerlo tal como él piensa que ha de ser”. La ventaja para el que escribe afuera es que puede eludir esa representatividad impuesta. “No es una posición fácil porque uno se queda a la intemperie. Lo sé por experiencia: Yo, cautelosa. Yo, argentina”.

La autora de Desarticulaciones mencionó a varios escritores que cambiaron de lengua: el polaco Conrad, escritor inglés; el norteamericano Julien Green, escritor francés; el ruso Nabokov que primero pasa al francés y luego al inglés; el checo Milan Kundera que escribe en francés como lo hace la argentina Silvia Baron Supervielle. “La misma lengua que uno se llevó afuera, al trasplantarse, se desfamiliariza, se vuelve otra. Se guarda una lengua para la escritura, en mi caso un español neutro pero cautelosamente teñido de argentinismos; y otra para el intercambio hablado, donde la argentina que soy evita esos mismos argentinismos: nada de macanas o de pichinchas o de términos caídos en desuso como presumido, que implacablemente fijan al autor en una época”, ironizó Molloy. “El trasplante geográfico me situó en tierra de nadie, donde pude ensayar otras vidas, elaborar identidades provisorias, presentes tentativos, pasados imaginarios; donde pude replantear lealtades y cometer traiciones, sin que me quedara siempre claro dónde estaba la diferencia. El que escribe afuera escribe siempre como si le faltara algo, situación propicia para la ficción. O por lo menos para mi ficción, que recurre a recuerdos propios, ajenos o inventados, para plantear una realidad verosímil que para mí, necesariamente, ha de escribirse en español.” Un cuento de Borges, “El milagro secreto”, condensa para Molloy la problemática relación entre la escritura afuera y el retorno a casa. “El personaje de Borges, un escritor condenado, no elige volver a la casa, sino a la literatura: pide terminar su obra de teatro antes de ser fusilado, lo cual es también, a su manera, un happy ending. Creo que el conflicto que evidencia este cuento entre casa y escritura, entre el retorno y la intemperie, puede ser, en última instancia, la contribución de quien escribe afuera.”

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