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Domingo, 10 de enero de 2016

CULTURA › SERGIO PUJOL FUE EL COMPILADOR Y COORDINADOR DE COMPOSICION LIBRE

La música integrada a la historia

El historiador y ensayista le dio forma a un libro colectivo que indaga en la creación musical argentina en democracia a través de una serie de ensayos de autores provenientes del periodismo, la crítica cultural y la investigación académica.

 Por Sergio Sánchez

El historiador y ensayista Sergio Pujol parte de una premisa insoslayable: no hay producción musical que no dialogue con su época. Por eso, considera que “todo libro de música es también un libro de historia, en la medida en que la música está relacionada con el contexto social”. Esa idea es la columna vertebral de Composición libre (2015, Edulp), un libro colectivo que indaga sobre la creación musical argentina en democracia a través de una serie de ensayos de autores provenientes del periodismo, la crítica cultural y la investigación académica. “Los pioneros en abordar críticamente la música han sido personas del palo periodístico y musical. Y tardíamente estos temas entraron en la agenda académica. Hoy se investiga mucho la música. Me parecía que lo más acertado era abrir no sólo la música a diversas expresiones genéricas, sino que los puntos de vista y los abordajes fueran distintos”, explica Pujol, quien ocupó el rol de compilador y coordinador del libro.

Los ensayos van desde la obra de Fito Páez y su diálogo entre el rock y la música popular (“La voz cantante”, del periodista Martín Graziano) hasta un revelador texto del sociólogo y antropólogo social Pablo Semán sobre el potente alcance y disponibilidad de la cumbia en diversas generaciones y estratos sociales del país. “Semán nos explica con mucha claridad que, si bien buena parte del consumo de la cumbia lo protagonizan los sectores populares, no hay que caer en el reduccionismo de pensar sectores populares igual cumbia. La cumbia entra a la Argentina en los años 60 por la clase alta, llega a la clase media, y luego los sectores populares se apropian de ella y la combinan con otras expresiones de música tropical –desmenuza Pujol–. Si bien la relación con los sectores populares es muy fuerte, la cumbia es una especie de lengua franca que atraviesa la sociedad argentina. Incluso, ha inspirado a músicos de rock como Pablo Dacal o León Gieco.”

“Hay dos fenómenos que son fundamentales en la democracia: la masificación del rock argentino y el resurgimiento del tango”, resume el también periodista Pujol. “El folklore, en tanto, es un territorio riquísimo. Desde el punto de vista de la innovación, han pasado más cosas en el folklore que en el tango y en el rock –considera–. Aunque suene paradójico, el género guardián de las más antiguas tradiciones es donde ha habido más posibilidad y espacio para la innovación, la creación, la mezcla. El folklore no tuvo altibajos como otros géneros. Pero es un fenómeno poco estudiado, hay pocas biografías sobre el folklore”. En esta materia, el periodista Gabriel Plaza aporta un exhaustivo perfil sobre el Dúo Coplanacu y su carácter autogestivo, un modelo de producción heredado del rock.

En el libro también hay lugar para el tango, la música académica y el jazz. Por eso, también suman su pluma el crítico musical Pablo Gianera (“Gerardo Gandini: memorias de la Modernidad”) y las investigadora musicales Marina Cañardo (“De Kiss al Quinteto Real: entrevista a Ignacio Varchausky”) y Berenice Corti (“Escalandrum o la furia de la creación”). La propuesta fue escribir sobre la creación musical argentina entre 1983 y la actualidad, “atendiendo a sus conflictos y armonías”. “Hay fenómenos que parecen pequeños, como el jazz, pero que sin embargo son muy reveladores de las tensiones culturales de la Argentina –dice Pujol–. La pregunta sobre si existe o no un jazz argentino estaba completamente omitida. En estos últimos años aparecen quienes ofrecen alguna respuesta a esa pregunta, como es el caso de Escalandrum; un grupo de jazz fundado por el nieto de Astor Piazzolla. Pipi Piazzolla, de alguna manera, escapa al peso intimidatorio del apellido por el lado del jazz, pero también se hace cargo de la tradición del abuelo porque graba un disco entero con temas de Astor en versión jazzera. En este grupo hay, desde los comienzos, una preocupación por acentuar cierto componente argentino en su manera de hacer jazz.” El libro cierra con el ensayo “El rock en la encrucijada. Apuntes para una historia cultural de Malvinas”, un texto en el que Pujol describe y analiza el ascenso del rock a las grandes ligas y sus posteriores consecuencias.

–¿Qué puntos en común encontró entre los temas analizados?

–Si bien se han derribado muchas fronteras y límites y hay un espacio de experimentación entre géneros, me parece que en los años de democracia hubo un tiempo para repensar las tradiciones musicales argentinas. Eso se ve mucho en el tango. Antes del 83, lo más interesante del tango era la escena post Piazzolla, como Rodolfo Mederos. Hoy es una especie de guardián de la tradición del tango. Fue interesante luego la aparición de orquestas como El Arranque o la Fernández Fierro, que en realidad se renuevan explorando la tradición del género. Buscan la renovación no tanto en territorios inexplorados hacia futuro, como pasaba en la década del 70, sino más bien poniendo en valor distintos capítulos de la historia del tango, que es muy rica y frondosa. Lo mismo ha pasado con el rock y el folklore. Durante la democracia, los géneros se autoexaminaron y lo curioso es que quienes llevaron adelante esa mirada introspectiva sobre los géneros no fueron los músicos de la generación anterior sino los que se iniciaban en el campo musical. La entrevista que le hace Marina Cañardo a Ignacio Varchausky es muy reveladora. “De Kiss al Quinteto Real”, cuando el recorrido histórico sería al revés.

–¿Qué rol ocuparon los músicos en estos años de democracia?

–Hoy se ve el rol del artista como una especie de formador de opinión. Ciertos liderazgos culturales, como los de León Gieco, Mercedes Sosa o Charly García, son ineludibles para escribir la historia argentina de los últimos años. La historia no se hace sólo con liderazgos políticos o sociales, sino también con fuertes liderazgos culturales. Y muchos provienen de la música, quizá más que de la literatura. En otros tiempos a lo mejor no: en la época de Leopoldo Lugones, lo que él decía tenía mucho más peso que lo que podía decir Julián Aguirre o Alberto Williams. Hoy, me parece que la opinión de Charly García tiene más peso que la de cualquier escritor argentino contemporáneo. Charly, de hecho, logró que un funcionario macrista no asumiera (N. de R.: se refiere a Carlos Manfroni, quien iba a desempeñarse como subsecretario de Asuntos Legislativos del Ministerio de Seguridad). En tiempos de democracia, la relación del Estado fue mucho más amable con la música popular y de reconciliación. Durante la década kirchnerista, vimos pasar por la Casa Rosada a figuras muy representativas de la historia del rock argentino y de otros géneros también. Y vimos a muchos artistas tomar las banderas políticas e identificarse con determinados procesos políticos. Es decir, opinar como agentes culturales, ya no sólo como artistas limitados a su campo específico de producción y a su público. Lo de Teresa Parodi como funcionaria es un símbolo muy importante. Pienso también en Adrián Iaies al frente del Festival de Jazz y adscribiendo al macrismo. Eso también es la música en democracia.

–Después de la dictadura aparecieron otros condicionantes para la música. ¿Cómo jugó la relación entre el mercado y los músicos?

–Es cierto, como decía Alfonsín, que con la democracia se pueden hacer muchas cosas, pero también es cierto que con la llegada de la democracia no desaparecieron los conflictos ni los obstáculos ante los que se encuentra el artista. Una vez liberados de la censura y las listas negras, aparecieron otras cuestiones que tienen que ver con los límites que el propio mercado, con una lógica más perversa o más oculta, les fue poniendo a los músicos. En el caso del rock, por ejemplo, eso apareció como un desafío político-ideológico, no así en otros géneros. En su origen, el rock en la Argentina tuvo un discurso antimediático muy fuerte. Apareció no sólo enfrentado al aparato del Estado, sino también enfrentado a la lógica mediática, con un discurso muy confrontativo hacia las industrias culturales. Hay toda una épica del rock argentino, que empezó con Mandioca, en los reductos pequeños, como La Cueva; espacios contraculturales. Cuando llegó la democracia, apareció la masificación del rock, surgieron las agencias de artistas. Recuerdo las críticas que recibieron Virus y Juan Carlos Baglietto por haber firmado con sellos grandes. Se objetaba la “facilidad” con la que se habían integrado al mercado. Después ese conflicto se desvaneció, pero el rock sacrificó algo de su esencia intelectual. Hay algo constitutivo del rock argentino, que tiene que ver con su carácter contracultural, que se fue diluyendo. Por eso, en este período tiene un aura muy especial la saga de los Redondos, ¿Qué enseñan? Más que romper con el pasado, lo que hacen es continuar, por otros medios, aquella épica contracultural de los años 70. Y es lo que el público de los Redondos valora. No vas a ver un cartel del Pepsi o Movistar en un recital del Indio Solari. La autogestión es un elemento de continuidad interesante entre los géneros. Tanto el Dúo Coplanacu como Ignacio Varchausky reconocen haberse inspirado en el modelo de autogestión de los Redondos y de MIA, que fue un poco anterior.

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“En los años de democracia hubo un tiempo para repensar las tradiciones musicales argentinas”, dice Pujol.
Imagen: Sandra Cartasso
 
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