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Viernes, 27 de mayo de 2011

HISTORIETA  › FANTAGAS, NOVELA GRAFICA DE CARLOS NINE

El asesino que vestía polainas

Editada originalmente en Francia en 1995, donde ganó el premio a la Mejor Obra Extranjera en el Festival de Angoulême, luego fue serializada aquí en la nueva etapa de la revista Fierro. La historieta propone un mundo onírico marcado por la sensualidad y la belleza.

 Por Andrés Valenzuela

Al pequeño inspector Pernot se le escapan los asesinos seriales. Huyen bajo su nariz, obnubilada por el alcohol. El criminal viste capote, bombín y polainas, pero se las arregla para huir saltando por los tejados de una ciudad surrealista. El asesino de polainas tiene una rival, que compite por la atención del inspector: Siboney, una gata blanca que baila eróticamente tras cada muerte. Con estos elementos, unos cuantos personajes secundarios fascinantes y un dibujo que arroba al lector desde la tapa, Carlos Nine creó Fantagas. ¿Qué es? Fantagas es el criminal de polainas. También es el nombre de esta novela gráfica policial absurda. Es una de las obras argentinas aplaudidas primero en Europa, mientras aquí el menemismo se encargaba de que no quedara dónde publicar esos mismos trabajos. Es el material con el cual Moebius Editora volvió al ruedo en la última Feria del Libro de Buenos Aires, tras más de un año sin publicar ninguna historieta.

Nine publicó Fantagas originalmente en Francia en 1995. Allí su trabajo es idolatrado, e incluso llegó a ganar el premio a la Mejor Obra Extranjera en el prestigioso Festival de Angoulême. En el país, sin embargo, no pudo leerse hasta hace unos pocos años, cuando la historia fue serializada en la nueva etapa de la revista Fierro. Sin embargo, se trata de un relato que se disfruta mejor en este formato, que es, por otro lado, aquel en que fue concebido en primer lugar. Las claves están en su ritmo y estructura: los picos de tensión no están exactamente al final de cada escena, sino algo antes. Es decir que entre un capítulo y otro no hay un “gancho” potente ni una vuelta de tuerca inusitada, sino que se abre un nuevo clima narrativo o escenario.

Desde lo estético, basta recorrer unas pocas páginas para entender por qué Nine es... Nine. O por qué una de sus acuarelas terminó en el poster de los 50 años de la Sociedad Norteamericana de Ilustradores. Un buen ojo entiende todo eso apenas mira la imagen de portada, también. Pero si no alcanza con ello, conviene entonces observar esos planos generales de una ciudad cuyos edificios tienen formas de elementos de cocina (sacacorchos, batidoras, cajones, bajomesadas y toneles), o el diseño de personajes de sutil equilibrio, siempre desproporcionados, exuberantes, desbocados y misteriosamente armónicos. Estos rasgos se aplican a todo el conjunto estético de la obra, personajes, ambientes y también a la misma historia, cuyo aparente delirio no pierde jamás la cohesión interna.

En Fantagas, Nine narra en dos niveles. Uno es el gráfico, con el que plantea bien cada situación, apela mucho a los planos generales y despliega toda su expresividad en el dibujo. Otro, el del relato en primera persona –en riguroso off– de Pernot, el inspector. Este relato acompaña las imágenes y recuerda a ciertas novelas policiales negras. Igual que en ellas, aquí también el investigador encuentra a los personajes más sórdidos de la sociedad. Por eso aparecen el juez Muscadet (otro borracho), sus hijas (dos perversas), la novia de juez (una femme fatal de ojos verdes), y el sillón Luis XV de la sala de espera de su oficina (que es otra clase de perverso).

En la conjunción de ambos modos narrativos Nine revela al lector el misterio detrás de los crímenes de Fantagas. Los de Siboney deben esperar hasta la continuación (que Moebius planea hacia fines de año, según informaron). Pero sobre todo, en el proceso presenta un mundo onírico sensual y bello.

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Fantagas, un policial absurdo y fascinante.
 
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