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Viernes, 23 de diciembre de 2005

LITERATURA MEMPO GIARDINELLI HABLA DE SU LIBRO “ESTACION COGHLAN”

“Este es un regreso al cuento”

El escritor chaqueño presentó el miércoles en el Museo Fernández Blanco su nuevo libro de cuentos. Fue acompañado por Ana María Shua, Angélica Gorodischer y Guillermo Martínez.

Las estaciones de tren son sitios hechos para esperar. Por eso el pasajero rutinario puede enumerar un sinfín de pequeños detalles que ha memorizado sin saber, mientras reunía paciencia rodeado por las paredes grises que alguna vez tuvieron elegancia inglesa. Convocada, la memoria cita graffitis, árboles gigantes, alguna desconocida que viaja todos los días temprano en la mañana. Y es precisamente en una de estas estaciones porteñas que están a medio camino entre el protagonismo y la insignificancia que Mempo Giardinelli encuentra un lugar desde el cual lanzarse hacia los relatos de su último libro. Estación Coghlan (Ediciones B, 2005) fue presentado esta semana en Buenos Aires, marcando un nuevo giro en la historia literaria de un hombre cuya pasión es crear no sólo en el papel, sino también sobre la hoja infinita que es el mundo para los que saben reconocer los espacios que pueden ser reescritos.
Acompañado por los narradores Angélica Gorodischer, Ana María Shua y Guillermo Martínez, que se sumaron al periodista Osvaldo Quiroga, Giardinelli hizo resonar su acento provinciano entre las cúpulas del Museo Fernández Blanco. “Como casi todos los que venimos del interior (el escritor reside actualmente en el Chaco), tengo una relación ambigua con Buenos Aires. Me gusta volver a visitarla porque es una ciudad donde viví varios años y siento que todavía le debo algunos escritos”, confesó. Esta especie de vuelta a casa tiene su paralelo desde lo formal, porque el libro significa “un regreso al cuento, el género que más amo y en el que me siento más cómodo”.
A lo largo de 222 páginas de fiebre narrativa, el hombre nacido en Resistencia hace gala de su experiencia en las grandes ciudades, pero también de su talento como viajero a través de un amplio mapa de geografías físicas y emocionales. Ana María Shua destacó que la publicación es fruto de una mirada que aborda temas urbanos manteniendo una original vocación federalista. Según sus palabras, la actividad intelectual de Mempo “demuestra una y otra vez que se pueden hacer grandes cosas sin necesidad de pasar por Buenos Aires”. Shua resaltó el trabajo de quienes se animan a la ficción en estos tiempos de reformulación de lo argentino: “Crear ficción consiste en tomar trozos del caos de la realidad para organizarlos en un pequeño cosmos personal del que cada escritor es dueño. Y en el caso de este libro cada texto es un cosmos. En realidad, el libro entero funciona como un universo autónomo en el que las historias se entrelazan sin que los personajes lo sepan”.
Por otra parte, fue “el erotismo entusiasta” que tienen algunos cuentos lo que llamó la atención del escritor Guillermo Martínez. “Ese erotismo desprovisto de su carga tanática es una de las formas menos transitadas en la literatura argentina reciente”, dijo. Martínez afirmó que esa admiración festejante de lo femenino hace que Mempo pueda “darles voz a los personajes femeninos desde su pluma masculina, algo que también es llamativo en las letras nacionales”. A través de esos párrafos en los que no faltan mujeres de “labios carnosos, con pechos amplios y generosos que no necesitan de sostenes”, Martínez sostiene que Mempo “no pinta, esculpe. De ahí las tres dimensiones que tienen sus personajes, listos para ser observados desde todos los ángulos posibles”.
Angélica Gorodischer destacó, a su vez, que “hechos de palabras y de silencios, los cuadros de la exposición que me parece es este libro lucen sus colores y componen un frontispicio detrás del cual se oculta cierto horror existencial”. La autora de Tumba de jaguares opinó que “lo que hay en el trayecto que parte de la Estación Coghlan es el fragmento de mundo que queda después de la decantación de esa mina a la que nos hemos asomado y a la que hemos visto desplegarse en fragmentos y visiones. Y así, sílaba a sílaba, nos aventuramos a sentir que un poco más de sabiduría nos ha tocado al pasar por esa estación suburbana en la que los árboles hablan yla oscuridad es luminosa, porque han encontrado su lugar en las páginas de un libro al que podemos volver una vez, y otra vez, y otra vez”.
Como si se tratara de esos lugares de salida y llegada que inevitablemente son salpicados cada día con iguales cantidades de amor y odio, Giardinelli revolotea sobre los grandes temas del imaginario argentino sin perder su tono personal. Los relatos surgen entonces como una forma de dar sentido al mundo y al país, y el autor bucea por las encrucijadas de la amistad, los infiernos de la culpa, los sueños frustrados, la envidia, el erotismo en los colectivos. Aparece también el aura borgeana y el brillo de un lugar dedicado a (la) Resistencia –la capital de Chaco y la otra, la nacional–. Estaciones de nuestra cultura desde las que siempre se puede sacar pasaje para sentirse otra vez dolorosa y gozosamente latinoamericanos.

Informe: Facundo García.

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“Tengo una relación ambigua con Buenos Aires”, dice Giardinelli.
Imagen: Sandra Cartasso
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