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Viernes, 19 de junio de 2009

EMOTIVA CEREMONIA DE PEDRO Y PABLO EN EL TEATRO MAIPO

Ellos siguen viviendo en esta ciudad

La reedición de su primer disco propició un espectáculo integral, que demostró la vigencia de canciones con 40 años de vida.

 Por Cristian Vitale

Cantilo y Durietz hicieron mucho más que autocovers, mostraron el ensamble de un concienzudo trabajo.

No era fácil la jugada de Miguel Cantilo y Jorge Durietz. No es usual, para empezar, que un grupo –cualquiera sea su raíz– decida un retorno así: recrear, completo y tal como fue concebido, su primer disco. Más aún cuando ese disco fue hecho hace 40 años y bajo un contexto estético, social, y –sobre todo– técnico, que tiene tantos años como él. Patriada brava, sobre todo, porque muchas de esas canciones, dados unos tantos retornos, regrabaciones y vivos posteriores, variaron e impregnaron así en el imaginario: con más fuerza que sus versiones originales. De aquí, dos cosas: el esfuerzo puesto por el dúo en traducir los arreglos originales y reproducirlos con una orquesta sintética, pero afín –cuando “la sal” pasa más bien por sus interpretaciones libres– y, segundo, resignar la posibilidad de tocar clásicos altamente exigidos por el público –“Que sea el sol” fue una excepción– sólo por priorizar canciones que jamás, o cuanto mucho pocas veces, fueron tocadas en vivo, como “Tu soledad”. De ahí que el retorno de Pedro y Pablo, el miércoles en el Maipo luego de diez años de ausencia escénica, pueda leerse como un hecho original. No es poco para un grupo que, aun con sus idas y vueltas, sus intermitencias “históricas”, es de los que mejor atravesó generaciones, por presencia, en este largo devenir del rock argentino.

Y la sensación, dado el cuadro, fue de extrañeza. Aun con todo, fue de extrañeza. Lo que se vio –y se volverá a ver el próximo miércoles– no fue el dúo venal, austero, caliente y breve que se instaló como flor y nata del folk telúrico –una especie de Simon & Garfunkel argentinos–, sino dos tipos imbuidos en el pulso total de una orquesta. Metidos dentro, casi como dos piezas más de una máquina musical que reprodujo al dedillo el mandato de las partituras. Todo concienzudamente armado bajo las coordenadas de una “reedición inédita”: la del disco debut Yo vivo en esta ciudad completo y todos sus lados B posibles: los que de una u otra manera pudieron ser después –caso “Catalina Bahía” o “Solo cambiando tu mente”– y los que jamás habían sido –como “Candombe del más allá”, que incluso estaba sin terminar–. El retorno de Pedro y Pablo, entonces, no fue un tirarse a escena y dejarse fluir, como había sido tantas veces, sino la consecuencia exacta de un serio trabajo previo.

Bien, para dar con el fin hubo que someter diez, doce músicos al legado de Jorge Calandrelli, el responsable de los arreglos cuando a P&P le fue permitido grabar su ópera prima en la vieja CBS. Para cumplir con el objetivo hubo que poner una sección de vientos, otra de cuerdas, bajo, batería, teclado, bandoneón, set de percusión e incluso un fagot. Así fue, la del Maipo, una reproducción casi fiel de aquellas sesiones de grabación en las que originalmente habían participado Cacho Tirao, Ricardo Lew y Juan Carlos Cirigliano, entre otros. Una reinterpretación que, por momentos, pudo resultar muy prolija, demasiado pulcra, suave, “formal”, pero nunca superflua. Cantilo y Durietz, con sus estrategias vocales, sus energías personales que no obedecen órdenes de papel calentaron la situación. Al menos en ciertas canciones: “La marcha de la bronca”, por supuesto; pero también “Che Ciruja”, “Dónde va la gente cuando llueve”, “Asociación modelos argentinas” –con el dialoguito del medio incluido– o “Guarda con la rutina”. Otras, como “En este mismo instante”, ese bellísimo alegato antibélico que les cabe tanto a Vietnam como a Malvinas, o “Pueblo nuestro que estás en la tierra”, tal vez –dada la sujeción al arreglo– hayan perdido la crudeza y el sentimiento de otras versiones, como las que el dúo incluyó en el segundo de los dos antológicos discos en vivo de principios de los ’80.

Cualquiera haya sido el resultado vivencial para cada quien, es imposible negar el peso específico del grueso de las canciones de los primeros P&P. Indiscutible el talento de Cantilo como observador, crítico e intérprete de las realidades humanas. Incluso, puede que ciertas de sus músicas hayan quedado cortas ante sus letras. Indiscutible, también, la segunda latina de Durietz y sus fraseos vocales como complemento indispensable de este pequeño todo. El aura de P&P, pese al corsé –necesario– de la orquesta y el riesgo de volver al principio pasando por alto la historia, volvió a aflorar y fluir con varios de sus temas más significativos. Y el bonus: cuentan los anales que fue Horacio Molina quien los vio tocar en La Fusa –un pub de Punta del Este– y los recomendó para entrar en CBS. Bien, el cantante de tangos también estuvo esta noche, 40 años después, pero con el mismo brillo para despacharse con dos tangazos (“Malena” y “Garúa”) y compartir con su pollo Cantilo un bolero de su autoría. Pedro y Pablo, en suma, cantó sus 40 ante un teatro colmado, emoción colectiva al tono, y reconstruyendo con exactitud el momento del parto... como si fuera la primera lágrima de un niño cuando nace. Y su sonrisa posterior.

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