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Sábado, 13 de febrero de 2010

BABEL ORKESTA EN CIUDAD CULTURAL KONEX

El imperio de los sentidos

Sobre la base de una mixtura de disciplinas, la compañía integrada por cinco músicos y tres actores ofrece un recorrido por géneros musicales de distintas partes del mundo. Hay música klezmer, balcánica, polka, vals, tarantela, chamamé, todo con activa participación del público.

Hay personas que se miran con recelo o que directamente ni se miran. Imposible imaginarlas en un diálogo, por ejemplo. Puede que suene trillado, pero no mal aplicado aquello de que la música es el lenguaje universal. Cada viernes a las 21.30 el auditorio al aire libre de Ciudad Cultural Konex (Sarmiento 3131) ofrece una prueba de ello: gente que jamás caminaría junta por la calle se abraza o salta alocadamente mientras suena Babel Orkesta. Conformada por cinco músicos y tres actores, y sobre la base de la mixtura de disciplinas, la compañía ofrece un recorrido por géneros musicales de distintas partes del mundo. Más que una representación, lo que buscan es la participación del público en el espectáculo. “Es una verdadera fiesta popular, un casamiento sin novios o un encuentro para solos y solas”, definen Diego Brizuela (actor) y Pablo Maitia (guitarra y banjo) en la charla con Página/12.

Inicialmente, Babel Orkesta fue un proyecto musical. Y en este tercer espectáculo, que lleva el mismo nombre de la agrupación, los sonidos son la piedra angular. Lo llamativo es cómo géneros tan disímiles en procedencia y estilo alcanzan un grado de hermandad: música klezmer, balcánica, polka, vals, tarantela, chamamé y hasta un cover de Pump it. “Todos tienen mucho folklore o directamente lo son. Y si bien tocamos temas populares y propios, van para el mismo lugar: lo bailable y festivo”, explica Maitia, también compositor. Según él, la clave para que “un tema actual y uno que tiene cien años suenen contemporáneos” está en los instrumentos que conforman la banda: guitarra, banjo, tuba y trombón (Santiago Castellani), acordeón a piano (César Pavón), saxo soprano y tenor (Zeta Yeyati) y percusión (Alejandro Castellani). “Establecen una categoría antigua pero con la potencia de la música actual”, sintetiza.

En los casi tres años que lleva la formación, la búsqueda siempre apuntó a ir más allá de un recital. Y en este sentido, pareciera haber una ruptura con el concepto tradicional de espectáculo. Porque este término viene de espéculo, que deriva del latín speculum (espejo). Sin ánimos de imitar al periodista obsesionado con las raíces de las palabras, tal vez la indagación sirva para explicar las particularidades de Babel, un show en el que la misma gente forma parte de ese espejo que es la representación. “En escenarios muy altos nos mirábamos y decíamos ‘¿y ahora qué hacemos?’. La distancia es un barniz que a no-

sotros no nos va. El músico que toca para él me aburre. Lo que buscamos es que el que está ahí diga ‘me están acariciando la oreja’ y no ‘mirá qué virtuoso que es este tipo’”, distingue Maitia.

La función de diluir los límites entre platea y espectador queda, sobre todo, en manos del teatro. Porque Brizuela, Ana Granato y Laura Alonso son quienes se ocupan de fomentar la participación del público. Se pasean por entre las butacas, sacan a bailar a la gente y hasta la invitan a tomarse fotografías. “No estamos inventando nada. Le proponemos al público que sea parte de nuestro color”, explica Brizuela. Son personajes pintorescos, surrealistas, que no se sabe muy bien de dónde vienen, pero que están inmersos en una historia. “Hay un relato, pero también se le deja al espectador que se arme el propio. La música ya cuenta: hay un recorrido por emociones, estados y lugares. Está eso de los encuentros y desencuentros amorosos, por ejemplo. Y mi personaje vendría a ser como el manager de la banda. Está atento a todo. Con algunos músicos tiene buena relación y con otros no tanto”, describe el actor.

La esencia de la compañía es el resultado de la conjunción entre artistas oriundos de diferentes lugares y con formaciones y trayectorias también distintas, pero con una perspectiva común. “Somos callejeros, es nuestra manera de ser. Si en este momento hubiera tres músicos, tocaríamos. Tenemos ese desprejuicio que en general los artistas no tienen. Nos gusta más que nada estar cerca”, sostiene Maitia. Ya sus actitudes al arribar a la entrevista lo demuestran: él llega en bicicleta, su compañero deambula por San Telmo repartiendo volantes por doquier. Juntos recuerdan las funciones improvisadas que dieron alguna vez en barco rumbo a Uruguay o en el subte. Y cuentan que entre sus proyectos se encuentra un ómnibus para ir de gira, que será a la vez casa, estudio de grabación y escenario. Quizás el siguiente ejemplo ilustre de alguna manera el cóctel que implica Babel y también su idiosincrasia: Yeyati, principal creador de la banda, fue saxofonista de la Mississipi durante veinte años, mientras que Pavón tocaba en el subte. “César es famoso de verdad, no de los medios. Más allá de que Zeta tenga perfil bajo, muchas veces César es más reconocido que él”, destaca Brizuela.

“Babel es un plato que nunca se termina de cocinar”, define Maitia. Precisamente, otro de los condimentos del espectáculo es la improvisación. “Podés venir varias veces y ver más o menos lo mismo, pero nunca exactamente. Tenemos una mecánica de lo inoportuno e inesperado. Usamos el equívoco, el error premeditado, la interrupción. Son todos permisos que tenemos. Si empezó a tocar la banda y a uno se le ocurre pararla, lo hace. Hay muchos túneles que se arman en el momento en el que estamos tocando”, explica el músico. Además de la estructuración del espectáculo, la improvisación define el funcionamiento de la compañía por el agregado constante de cosas nuevas. “Cuando yo todavía no era parte de la orquesta, una vez vi a los chicos y empecé a sacarles fotos. De ahí nació la escena en la que invitamos al público a fotografiarse con nosotros”, ejemplifica Brizuela.

¿Qué es lo que hace que un hi-ppie veinteañero baile con una señora pituca o que un padre arrastre de la mano a su hijo o viceversa? Y más allá de lo que pasa en cada show, ¿por qué Babel funciona en diferentes espacios, como la Feria del Libro Infantil y Juvenil o la Amia? “En otros espectáculos, la propuesta implica hacerte partícipe, pero a veces con cierto grado de violencia, de inquietar e intimidar”, explica Maitia. “En este caso nadie se va a sentir invadido. Es importante que la gente entienda que tenemos una buena relación con ella. El respeto está con todos: con el que quiere bailar como loco y tirarme de la ropa, como con el que me dice ‘no te me acerques porque me va a mirar la gente’. Esto es nada más que una invitación a formar parte de la fiesta”, añade Brizuela. Además, hay un atractivo que pasa por lo visual. “Babel tiene su estética. La palabra ecléctica no la define del todo, pero puede ser una aproximación. No somos vintage, porque hay una convivencia entre lo antiguo y lo actual. Está lo burdo, lo común, lo cotidiano”, resume Maitia, que se dedica también al arte plástico, al igual que Yeyati.

Pogos, trencitos, bailes con cambio de pareja, patadas en el aire. La gente parece olvidarse de dónde está. La escena final es emblemática. Todos los músicos abajo del escenario, el público que los rodea con aplausos que piden más. Es Babel en su máxima expresión: una torre metonímica de sonidos, sensaciones, espectadores y artistas construida sobre la marcha, que termina en las escaleras, mientras los de abajo miran al cielo.

Informe: María Daniela Yaccar.

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El actor Diego Brizuela y el músico Pablo Maitia, dos de los protagonistas del espectáculo.
Imagen: Bernardino Avila
 
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