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Miércoles, 17 de noviembre de 2010

OPINIóN

Las alas de Eliahu Toker

 Por Manuela Fingueret *

Murió Eliahu Toker. Un hombre que detestaba los homenajes y, como decía Héctor Yánover, “hay que ponerse alas para estar a su altura”.

Creo conocer al amigo que no permitía el ingreso al territorio más profundo de su intimidad. Lo preservaba para su escritura.

Creo conocer al poeta, al traductor, al entomólogo del idish que descubrió dimensiones de ese lenguaje con el que mantenía un idilio apasionado.

Creo conocer al habitante del humor fresco, de la palabra amable, de los sueños que traía desde una Europa adoptiva porque, como escribió, “nunca pude salir del hotel de inmigrantes”.

Creo conocer la dimensión de su amor por las palabras. En su persona, poeta no era un sustantivo sino un adjetivo que él encarnaba de manera sencilla y directa, para desentrañar afectos.

Creo conocer el alfabeto Eliahu que circulaba por los bordes, ya que no adhería a la centralidad cortesana. “Vengo a deletrear el silencio”, susurraba.

Creo conocer a ese hombre que dibujaba el alma por episodios. Festejó con versos de Par en Par y levantó su copa para un Lejaim por sus amigos. No llegó a escribir su propio Kadish para anunciar, como creía, que vida y muerte son parte de la misma huella que nos habita.

Creo conocer que la humildad no cotiza en Bolsa, por eso, quienes digitan el mercado intelectual lo definían como un escritor judío, como si esa otredad no lo incluyera dentro de la cultura argentina. Escribió sobre escritores olvidados, los avatares de la inmigración a la Argentina, la Shoá, el Génesis, los cementerios, el humor y la picardía de su tribu. Libros irreemplazables y otros que nunca serán publicados porque los atesoraba en su memoria.

Creo conocer al que tradujo esa excelente antología al español: El resplandor de la palabra judía, con lo mejor de la poesía idish del siglo XX. Una obra reveladora sobre la condición del hombre, la belleza, el dolor, la ironía y la muerte que se escribió en el idioma de la judeidad más humilde de Europa central, para expresar los múltiples avatares del exilio.

¿Cuántos escritores argentinos lo leyeron? Los petulantes gozan de buena prensa porque son aliados del cenáculo de los profetas de nuestra cultura. Pesar y vergüenza para quienes subestimaron su tarea.

Creo conocer el aroma de un territorio que habitó, mientras bebía de los pechos de su madre de los que con generosidad convidó para llenarnos la boca de miel.

Abordó el idish y el castellano con el mismo fervor. Mantenía un diálogo con Varsovia y con Buenos Aires, sus calles y su arquitectura; profesión que abandonó porque se dedicó a dialogar con su biblioteca.

Creo conocer su sentido del afecto, la lealtad, la escucha, aunque discrepáramos a veces en criterios, elecciones o propuestas personales.

“Escépticos y optimistas, / sentados a una larga mesa en llamas, / compartimos el pan de la duda, / de una duda activa”, me escribió.

Creo conocer lo que intentó expresar en uno de sus últimos libros de poemas, Padretierra, en el que como nunca antes se abre a dolores, destierros, fantasmas de un padre que remendó su niñez, versiones de la muerte, deslealtades que lo lastimaron.

Creo conocer sus luchas entre Mamá, papá y otras ciudades que lo perseguían. El amor por su mujer Clarita y los hijos se batían a duelo con ese pasado, del que se defendía “con huesos pequeños y sangre lenta”.

Creo conocer por qué nunca pudo enfrentar situaciones conflictivas. La timidez le impedía interpelar a quienes se apropiaban de sus conocimientos y sabiduría, a quienes lo abandonaron en momentos difíciles, a quienes se adjudican representar la literatura judeo-argentina sin pudor.

Creo conocer a su Moisés, que no era el de Miguel Angel, esa imagen furiosa con su pueblo que adoraba el becerro de oro. Su Moisés es esa escultura de Bilek que descubrió en una de sus visitas a Praga y que muestra a un hombre atribulado por la responsabilidad de un Dios implacable.

Creo que conocí desde lo más hondo a ese hombre tierno, callado y fecundo. En el último encuentro, cuando nos despedimos para siempre, me transmitió con su mirada el verso de Pessoa: “Lo que en mí siente está pensando”. Con la misma sensación del final cercano, le dije: “Querido amigo, como en uno de tus poemas, ‘ahora estamos nosotros en primera fila’”.

* Escritora.

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