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Martes, 14 de marzo de 2006

EL CHILENO ALBERTO FUGUET Y SU DEBUT COMO DIRECTOR EN “SE ARRIENDA”

“Pinto la juventud con colores desteñidos”

En Mar del Plata presenta su retrato generacional de los de 40 y pico. Ex crítico de cine y escritor, Fuguet asume: “Una película de esta clase es riesgosa porque puede ser autocomplaciente o incluir sólo chistes para amigos”.

 Por Julian Gorodischer
Desde Mar del Plata

Este hombre cubrió decenas de festivales durante su vida útil como crítico de cine y ahora se encuentra en uno de esos momentos bisagra de una vida: es el punto en que se pasa del otro lado del oficio y todo pierde o gana sentido. Alberto Fuguet, escritor chileno, director de la ópera prima Se arrienda (que vino a presentar al Festival de Cine de Mar del Plata) fue implacable, “a veces cruel” –admite–, demoliendo películas para señoras gordas de la función vermouth del domingo, levantando exageradamente a sus propios ídolos. Ahora, decidido a dirigir, se le viene encima ese karma, recibiendo algunos malos augurios, pero sin dramatizarlo demasiado. “Es como hacer un viaje a Oriente y perder el pasaporte en el regreso –admite en la entrevista con Página/12–, apenas una molestia.” Fuguet forma parte de un festival en el que se destaca la producción latinoamericana (ver aparte), donde lo que más se escucha es el elogio a la última de Carlos Reygadas (Batalla en el cielo) o a la primera de Gianfranco Quattrini (Chicha tu madre, en la competencia oficial), y en ese grupo de “favoritas”, allí donde se lucen buenas películas (en la sección “América latina XXI”, dedicada a relevar la producción reciente de directores latinos), se presenta tímidamente Se arrienda, uno de esos retratos colectivos generacionales que, de vez en cuando, reaparecen para contar la misma historia: la de un grupo que crece y se desencuentra en el camino.

Sólo que Fuguet se ha fijado en la generación perdida, los de 40, esos que no ingresan al marketing de la adolescencia glamourizada. Su retrato generacional se plasma mirando hacia atrás, recordando, desplegando sus miedos, frustraciones, melancolía a través del personaje de Gastón, “quedado en el pasado”. Gastón y amigos viven una juventud gozosa siguiendo a su grupo de rock, viajan a la Argentina, se enamoran, se desencuentran y –he aquí el punto clave para Fuguet– se dividen entre los integrados que se adaptan a “la transa” de la madurez, y los que mantienen “el sueño vivo”. No hay fervor ni desborde emotivo ni frases altisonantes sino un seguimiento calmo, muchas veces en silencio, diálogos sobre la nada, retomando un mix –admite– de varios argentinos que le pasaron la posta: Ezequiel Acuña, Martín Rejtman para empezar. Pero Fuguet cuenta a Se arrienda como lo hizo en sus libros: en primera persona. Como escritor, en Malaonda, Las películas de mi vida, Por favor rebobinar, se metió de lleno en sus historias, con mucho de autobiográfico, personalizando la prosa y narrando en extremo, como lo hacía cuando era crítico: inmolándose. “Lo más importante fue mantener la primera persona como voz de la película. Dicen que soy bueno para los diálogos: yo quería mostrar a Gastón reaccionando. El cine permite mostrar a la gente pensando. La clave es entender que en un libro impera la prosa, la palabra; en el cine lo que me preocupa es el tono.”

–¿Cuándo un escritor decide filmar?

–Entré a hacer crítica como una manera de estar ligado al cine, como segunda opción. En Chile había dictadura, era difícil viajar, no se podía dirigir. Dispuesto a filmar, me puse a ver qué se había hecho mucho y qué no: se había tratado la política, temas de derechos humanos. O tratados sobre “ir de picnic”: sobre gente que no pertenece a un mundo y sale a mirar otro... niños ricos que se deslumbran por las villas y generan la porno-pobreza: viajan a mostrarla a festivales. La generación de los de 40 no había sido retratada lo suficiente.

–¿Cómo se inserta en el género de los retratos generacionales?

–Una película generacional es siempre riesgosa porque puede ser autocomplaciente, o incluir sólo chistes para amigos. Puede ser abordada como un ensayo sociológico. No me gustaría que se lea como un tratado sobre mi país: es la historia de Gastón. Puede pensarse que uno va a retratar los ’70 porque todas las historias generacionales tienen esa pretensión, y dependiendo de la generación a la que el director pertenece cambian los problemas. A veces surge una trivia, se nombran grupos de moda, remeras, películas que te gustan... Odio la estética de lo publicitario: discotecas increíbles, alegría de Punta del Este, lo fashion; en una película latinoamericana, si no es pobre, es riquísimo. Yo me corro de esa mitología creyendo que todo tiempo pasado fue peor, pienso en mi vida. La mayoría de la gente cree que su juventud fue su momento dorado, pero yo la pinto con colores desteñidos; el pasado de Gastón es un alter ego en blanco y negro que lo persigue, que no lo deja liberarse. Pero para mí la juventud no es mejor que el día de hoy.

–En sus libros y películas, hay una tendencia marcada a introducir lo autobiográfico...

–Más que autobiografía, trato de tenerle cariño a mi personaje. Filmo y siento que todo el mundo tiene la razón. Yo los quiero, los acompaño..., los protejo en su biografía. Sin duda, yo estuve en esa época. En la gente de 40 hubo una transa: yo siento que Gastón, protagonista de Se arrienda, siguió siendo igual y eso no se ve bien. La gente se volvió ansiosa, adopta modas extranjeras, come sushi, se amolda al neoliberalismo como consumidores. Yo le guardo cariño a uno como Gastón, que más que defender cosas está consciente de sus limitaciones. No es un héroe ni un antihéroe: no está orgulloso de tomar Rivotril, ni alardea de todo el trabajo que tiene, ni está conforme con tener estrés. Esa actitud conectó mucho con el público: alguien asume su duda, su fractura, se reconoce como loser.

Se arrienda se corre del canon latinoamericanista, no se entromete en las villas de Santiago de Chile (hábito común entre nuevos directores al que Fuguet nombra como “porno-pobreza”), ni polariza entre muy ricos y muy pobres, y mucho menos propone un pacto de realismo mágico. Dice Fuguet que le interesaron “las desigualdades psicológicas”, esa brecha entre los que triunfaron y los que no. El aire que respira su héroe –el tono con el que se lo narra– es levemente anacrónico, con esa resistencia al sushi, a los negocios, a la playa de moda que muchos sentirán ya referida demasiadas veces y para otros tantos seguirá pareciendo encantadora e identificatoria. Fuguet dice que los “hombres ostra” de su generación, los que se resisten al consumo compulsivo, son muchos más de los que se creería, que por eso en Santiago se impuso el “se arrienda” como un modismo típico que refiere al que se pone en alquiler, al que abandona “el sueño”. El riesgo de Fuguet es cargar las tintas sobre una generación al margen del deseo aspiracional, una que no cotiza como súmmum ni en publicidad ni en TV. Pero, después de Malaonda, himno juvenil chileno como aquí fue el Rapado de Martín Rejtman, no quiere saber nada con adolescentes.

“A Ezequiel Acuña –dice– lo siento muy cercano; como él, decido que no ocurran miles de cosas, quiero que pase una sola cosa. Soy minimalista. Pero yo ya no soy adolescente, esas historias me quedaron demasiado lejos y no quiero. Me están ofreciendo filmar Malaonda y no acepto. Me gustaría que la dirigiera Ezequiel. Yo ya hice ese camino. Como dijo Susan Sarandon (en su Master Class en el Festival): uno se mete en una película para viajar. Yo ya estuve ahí, no quiero estar rodeado de chicos de 17 años durante un año; eso no me atrae.” Sí, en cambio, le interesa la nueva ola kidult, ese fenómeno de consumo que retrató la periodista Natalí Schejtman en Página/12 y que consiste en una tribu de adultos atiborrados de productos infantiles. Esos “hombres niños” sí estarían presentes en Se arrienda; sobre eso quiere seguir hablando. “En Chile –cuenta Fuguet– el público de mi película fue joven: se corrió la bola de que era una película de alerta, que avisaba sobre lo que podía pasarles a los de la universidad: se podrían transformar en Gastón. No querían arrendarse. Tiene algo de hombre-niño que identifica a muchos: en la Argentina hay más que en Chile. Hay adultos que tienen más DVD que aparatos electrodomésticos.”

–¿Cómo recuerda su etapa de crítico de cine?

–Nunca fui tan inteligente ni tan buen crítico. No había Internet y yo era el único que sabía. Siempre fui fan: tuve una época de asesino, pero donde mejor funciono es como positivo. A las películas que no me gustaban las destrozaba aún más, tenía mucho poder y lo usaba. Así fue como me hice famoso: apoyaba a mis héroes y destrozaba a las películas que no me gustaban. Yo defendí al primer Batman, a El joven manos de tijera; me estaba autoinmolando, pero eran los últimos tiempos de una edad de la inocencia. Mis editores no sabían nada; no tenían modo de comprobar. Destrozaba a las películas de música clásica, atentaba contra señoras como Mirtha Legrand que iban a la función del domingo a la tarde. Ese era el público de El Mercurio. A lo mejor no se lo merecía, pero yo decía que una mujer como China Zorrilla era peligrosa y había que asesinarla.

– ...

–Me tocaba cubrir un Festival de Viña del Mar, y el diario El Mercurio apostaba al fenómeno Chayanne. Y yo me fui con Faith No More, escribí en primera persona, elegí hacer con ese grupo mi artículo central. Al día siguiente abro el diario y el título central era Chayanne. El lector de El Mercurio consideraba que Faith No More era un peligro para la juventud chilena. Y yo los admiraba cuando los veía leyendo a Salinger en el desayuno.

–¿Su pasado lo condena?

–Fui más cruel de lo necesario; ahora lo han sido conmigo. Lo entiendo, sé de dónde viene, los perdono. Duele un poquito: algunos me desearon mala suerte, y yo no lo hubiera hecho. Me decían que la película se iba a pudrir en una bodega. Descreo de la crítica cuando comparto la página con un consagrado como Woody Allen, y él tiene las mismas estrellas que yo.

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