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Miércoles, 4 de mayo de 2011

OPINION

La casa estaba llena de secretos...

 Por Señor Flavio *

...y el incendio resultó ser un episodio confuso, como aquel crimen de los atrapados en el ascensor sin resolverse. Aislamiento del alma, puentes infinitos hacia la desesperanza, intensidad, ardor, dolor perenne, energía mortal. El abismo de lo oscuro como válvula de escape interior, entrañable, recurso exasperado del artista y su sangre, trampolín negro que dispara a lo sombrío para morigerar el propio infierno. Agujas clavadas en los ojos que claman pánico del gorrión marrón y gris, aterrado por el filo del escalpelo frío, el sonido espectral del espanto, un niño que juega-experimenta solo en el laboratorio.

No voy a escribir un testimonio de exequias, de cuánto fue para mí lo que fue y lo que pasó. Soy el Señor Flavio, el antipoeta pop, me refugio en la ficción constante que me abarca y me resguarda. Sabato, hombres y engranajes, escrutando el filo del redil. Sabato, visión ilustre de integridad, entereza. Una clase de castidad y pureza que no es precisamente la definición de castidad que labran los católicos apostólicos romanos, más cercana a la culpa y la moral, sino aquella clase de predestinación visceral que llevan los artistas y guerreros irreductibles, estoicos, de la talla de Artaud, Alfonsina caminando la espuma blanca, encantadores del secreto más guardado del universo terrenal. Fascinador de Santos Lugares. Primero las entrañas, luego el corazón, por último el cerebro. Somos una mezcla de pecados y santidades, entre lo más raso y abominable del infierno petulante, y la claridad de los cielos astrales. Amparando la fragilidad. Cartas a un joven escritor que en mi caso podría ser a un movedizo escritor de canciones desnudas. Escribimos canciones, destruimos las canciones, algo así como el skate and destroy. Porque el arte todo lo admite y que así sea: arte de la belleza de la contradicción (confío más en el artista que se contradice que en el que no), la destrucción atemporal del arte no es destrucción bélica. Inquisidores de córnea ufanada y progre, intelekt-qué?, exponen fotos de Sabato y otros encantadores alquimistas de la palabra junto a beligerantes generales de gobiernos diabólicos. Pero el artista no es quien se equivoca. No hay error en la poesía, no existe. Las sociedades y sus informadores nublan por parásitos. Un monstruo careta de dimensiones descomunales cuyo aspecto más aterrador es que está vacío en su interior y clama por sangre de prójimos. Fúnebre. El artista está amparado eternamente.

Con el siempre Creador Perpetuo.

Emprendiendo el viaje hacia el otro lado. Entero.

Y lo mejor de todo: no es sagrado. Vecino de Santos Lugares que operaba encantos, oscuros, luminosos. Ahora con Alfonsina, otras almas. El dulce daño. Pequeñas cruces negras de los avisos fúnebres bailotean en el diario de hoy.

* Sonidero antipoeta new wave pop. Editó la canción “Sabato” en el disco Fabulosos Calavera, de Los Fabulosos Cadillacs.

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