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Miércoles, 25 de septiembre de 2013

OPINIóN

El soplido de un duende

 Por Hugo Soriani

Ha tenido críticas que impresionan en los más importantes medios del mundo. Libération dijo de él que era “la única estrella interplanetaria de la gaita” y The Times que “es el más brillante ejecutante de instrumentos de viento que jamás haya existido”. Sin embargo, recién ahora y luego de cinco discos editados, comienza a ser conocido entre nosotros. Su bautismo en la Argentina fue de la mano de León Gieco, hace ya algunos años, cuando tocó junto a él una versión en vivo del tema “De igual a igual”. Aquella noche en el Luna Park, Núñez bordó alrededor de la canción una melodía con su flauta, para delicia del público y del propio León, que sonreía a su lado, entre incrédulo y maravillado.

Antes y después de eso Núñez vino varias veces, pero su presencia sólo fue advertida por algunos cientos de iniciados en la música celta, que lo acompañaron en sus presentaciones junto a miembros de las comunidades gallega, escocesa o irlandesa afincados acá desde hace años. Pero la voz se fue corriendo y cada vez son más lo que lo siguen. El sábado pasado ofreció dos funciones en el auditorio de Belgrano y cuatro mil personas agotaron las entradas. Vino a presentar su último disco doble, Discover, donde grabó nuevas y viejas canciones y en el que participan muchos de sus amigos del mundo: Luz Casal, Ry Cooder, León Gieco, Carlinhos Brown, The Chieftains, Lenine, Rodger Hodson, Sinéad O’Connor, por nombrar sólo algunos.

Carlos Núñez tiene cuarenta y dos años, es menudo como un soplo, diría Serrat, pero el gran soplo que sale de sus pulmones es capaz de hacer vibrar el alma de cualquiera que ame la música en su sentido más amplio. No sólo la música celta. La noche del sábado lo acompañó un trío con Pancho Alvarez en “viola caipira” (un instrumento de origen brasileño, parecido a la guitarra y con diez cuerdas metálicas), Xurxo Núñez, hermano de Carlos, en percusión, y Jon Pilatzke en violín y zapateo.

Es una banda fenomenal y los cuatro en escena son una fiesta que tiene que ver mucho con el rocanrol.

Pancho es el de perfil más bajo, pero su presencia es imprescindible porque su bouzouki suena con la delicadeza que hace falta para bajar los decibeles, y armoniza con su voz en coros a este cuarteto explosivo. Xurxo es un percusionista raro. Se para al lado de Carlos en varias partes del espectáculo, y toca todo pero todo lo que puede hacer algún ruido: marimbas, vibráfono, bombos, tambores y hasta le pega con los palos de la batería a un “anvil” (los baúles que usan los músicos para transportar los instrumentos), y el baúl suena como timbales, como castañuelas, como bombo, como redoblante y como todo lo que se le ocurre o necesite Xurxo, que además tiene una simpatía poco común en percusionistas. Jon Pilatzke es el violinista de los Chieftains, una de las bandas más famosas de música celta del mundo. Un animal de escena: el tipo está loco, pero loco, loco. O sea que es un genio. ¿Cuántas veces vimos aquí zapatear a alguien que no sea gaucho o folklorista? Este es un violinista súper eléctrico y un zapateador que también parece enchufado a “dosveinte”. Es canadiense, un muñeco flaco, alto, desgarbado, con movimientos espásticos y la suma de adrenalina que potencia la de Núñez. El que asociaba el violín sólo con la música clásica se da cuenta de que vivió engañado.

La banda toca algunos clásicos (Aranjuez, el bolero de Ravel), pero sobre todo hace música celta, folk irlandés, “flamenco country”, música tradicional de Galicia y fusión con sones cubanos, guajiras mexicanas y bossa brasileña. Hacen de todo y todo lo hacen fantástico. Carlos Núñez no camina el escenario, se desliza. No pisa con toda la suela, pone primero el taco de su zapato, luego la planta y por último la punta. Parece un cisne frágil, elegante, casi un duende. Saca el aire no se sabe de dónde, porque es flaquito, y empuña la gaita como si fuera una guitarra eléctrica. De repente suena una flauta dulce, o una traversa, o una ocarina. Mueve sus dedos a toda velocidad, mete mil acordes por segundo, tapa y destapa los agujeritos de su flauta con una habilidad y una rapidez que le dan la razón a la revista Billboard, que lo llamó “el Jimi Hendrix de la flauta”.

Al final los tres se paran al borde del escenario, mientras Xurxo, desde atrás, arremete con sus bombos, Jon se arrodilla sacudiendo su violín y su melena desordenada, para que los fans de la primera fila le saquen fotos, Pancho Alvarez con su guitarra es una fina estampa, y Núñez con su gaita como una Strato, son Ron Wood, Keith Richards y Mick Jagger. Sí, sí: son los Stones.

En el final, desde el fondo del teatro aparecen catorce gaiteros, hombres y mujeres de comunidades que visten sus trajes típicos. Todo parece venirse abajo. Carlos invita a la gente a subir a bailar y el público lo rodea emocionado. Bailan alrededor de él, que sigue con su flauta, con su gaita, y si le dan un silbato seguro que también en sus labios suena armónico. El show se termina, y la posibilidad de un pronto retorno de la banda a algún teatro céntrico, o el bautismo en el Luna Park para Carlos Núñez, queda ahí, como su flauta, soplando en el viento.

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