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Domingo, 28 de junio de 2015

DIEGO PERETTI Y SUS NUEVOS CAMINOS COMO COMEDIANTE

“Sin estímulo artístico, el trabajo se vuelve un infierno”

El actor brilla en cine con Sin hijos y en teatro con La chica del adiós, dos papeles que lo alejan de personajes asociados al drama. Sobre todo, dice, está la pasión: “Pienso más los proyectos, pero siento intactas las ganas de divertirme componiendo personajes”.

 Por Emanuel Respighi

Diego Peretti es el actor argentino del momento. Es el proceso natural de una carrera que en veinte años supo cuidar escogiendo con detenimiento cada propuesta: el actor de pelo ensortijado está atravesando uno de esos inhabituales períodos en los que la crítica y el público acompañan cada uno de los proyectos que encabeza. En el cine, la comedia Sin hijos que protagoniza no sólo es la última representante de un género que se revitalizó en los últimos años, sino que también está a punto de superar los 500 mil espectadores, gracias a un genuino “boca a boca”. En teatro, en tanto, protagoniza junto a Paola Krum la versión teatral de La chica del adiós (Teatro Metropolitan, de miércoles a domingo), ante un público que en cada función no sólo se divierte sino que colma la sala. En ambas comedias románticas, el actor abandona definitivamente a sus personajes conflictuados y dubitativos para lucir una faceta de comediante que le suma versatilidad a su carrera.

Popularidad y prestigio no suelen ir de la mano. Son pocos los actores que logran amalgamar esa grieta artística que –tanto a los que sólo tienen una como a los que únicamente poseen la otra– los acompaña a lo largo de su vida. Peretti parece haber zanjado la frontera que separa a ambos status, producto de una carrera relativamente de corta duración (pasaron dos décadas desde su debut en Poliladron), pero tan ecléctica como para ser parte de populares ficciones televisivas (Los simuladores, Locas de amor, En terapia), obras teatrales de autores clásicos (Un tranvía llamado Deseo, Muerte de un viajante, La ópera de los tres centavos) y películas recordadas (Tiempos de valientes, ¿Quién dice que es fácil?, No sos vos, soy yo, Wakolda). “Tuve la suerte de que desde que dejé psiquiatría todos los años trabajé en proyectos interesantes. He hecho un pedazo de cosas”, reconoce a Página/12.

–Luego de más de veinte años de carrera, donde ya es un actor reconocido, ¿cómo se hace para mantener encendida la llama de la actuación, sin que se contamine por lo económico o el hastío?

–Es cierto que quizás ahora pienso más los proyectos. Ya no los acepto ciegamente. Tiene que ver con la edad y con los años acumulados. Soy un actor conocido, pero puede ocurrir que me dejen de llamar y que tenga que hacer algo nada más que por plata. Cuando la condición laboral se antepone al deseo, la vocación se olvida completamente. Me siento un privilegiado por poder elegir qué hacer. Pude hacer cosas interesantes, que quise hacer. Desde ese punto de vista, la vocación en mí esta resguardada, cuidada. No siento que tenga la vocación averiada. En todo caso, lo averiada que pueda estar es por deficiencia de mi personalidad y no porque el medio o el contexto me impidió desarrollarme.

–¿Pero se ha vuelto más selectivo?

–Quizás físicamente estoy más cansino. Ahora pienso las condiciones del proyecto con más detención. ¿Tengo ganas de levantarme durante nueve meses todos los días a las 7 de la mañana? ¿O filmar ocho noches seguidas? Igual, siempre termina ganando el proyecto. Me divierto trabajando. Esas cosas antes ni me interesaban y ahora comienzo a preguntarlas. Pero siento intactas las ganas de divertirme componiendo personajes.

–¿Le resulta complejo hacer congeniar la vocación, el dinero y las propuestas a la hora de elegir qué hacer y qué no?

–Uno no puede nunca dejar de pensarse dentro de la profesión. No hay que resignar las inquietudes artísticas y humanas en pos de una propuesta económica. Tuve la suerte de que a lo largo de mi carrera el dinero y los proyectos no se pelearon jamás. Tal vez alguna vez, hace mucho tiempo, en la crisis 2001-2002... Todo lo que hice lo realicé porque me gustaba, al punto de que muchas veces estuve sobrecargado de trabajo. El problema del actor es que convivimos con largos períodos en los que no hacemos nada con otros en los que estás trabajando en tres proyectos a la vez.

–Se suele decir que el primer trabajo del actor no es estar actuando sino aprender a estar desocupado.

–A mí me gusta estar sin hacer nada, pero sabiendo que tengo algo para hacer en el corto plazo. Me gusta pasar días enteros sin hacer nada: leyendo, haciendo deporte... No tengo la ansiedad de estar actuando todo el tiempo. Estoy contento con las decisiones que tomé.

–Siente que, en general, supo optar por...

–¡Por lo que me gusta! Por lo que me atrae. En esta profesión, cuando la contraprestación económica es la determinante para ser parte o no de un proyecto, ese fueguito que tenés que tener se va apagando. El cansancio y el resentimiento no ayudan a la creatividad. Cuando uno recién empieza, puede pensar las cosas estratégicamente. Pero cuando ya sos grande, de edad, ir todas las noches a interpretar una obra que no resulta atractiva, ni loco. Yo no quiero saber nada, me resulta un infierno el trabajo sin estímulo artístico.

La mirada de los otros

Durante la hora que dura la entrevista, una tarde fría en un bar de la calle Corrientes, son varias las veces que la charla se ve interrumpida por personas que se acercan a saludarlo, felicitarlo por algún papel o pedirle sacarse una “selfie”. En todo los casos, Peretti no tiene otra posibilidad que ceder ante el autoritario impulso cholulo que no concibe un rechazo del “famoso” como posibilidad. “Es reconfortante recibir el cariño de la gente, el actor necesita una respuesta de los espectadores, pero no me gusta que me acosen”, dice.

–¿El ego de los actores es proporcional a la devolución del público ante cada cosa que hacen?

–Todos dicen que los actores tenemos la autoestima elevada, pero yo sostengo que somos mediáticos porque precisamente no tenemos elevada nuestra autoestima. Nuestra autoestima es tan baja que a veces nos prestamos a todo tipo de situaciones mediáticas. Cuando en realidad uno debería limitarse a nuestro arte, que no es otro que la construcción del personaje. Pero el problema es que de eso ya nadie pregunta. A la mayoría les chupa un huevo.

–En La chica del adiós, justamente, Neil Simon posa una mirada crítica sobre los actores.

–El hecho de que el personaje que interpreto sea un actor es una situación atractiva para cualquiera que vive de la actuación. Simon escribió cosas muy divertidas y ciertas sobre nuestras manías. Esa idea de que a un actor le preguntás cualquier cosa y por las dudas te recita el currículum es muy buena. ¡Y cierta! Hay otro chiste que también nos define. Resulta que un amigo encuentra a otro amigo, actor, en la calle y le dice: “Te vi en el subte”. Y el amigo le pregunta: “¿Sí? ¿Qué tal estuve?” (risas).

–¿Los actores son así? ¿Necesitan todo el tiempo de la aprobación del otro?

–Sí. Lo que pasa es que hay actores que tienen buen gusto, que saben que eso es una desubicación egocéntrica total, y por respeto y educación se guardan ese sentimiento. Pero el impulso de preguntar cómo estuve es innato a cualquier actor. Los actores tenemos la necesidad de la devolución de la mirada de los otros. La mirada de los demás es imprescindible para los actores. Es la huella o la esencia de nuestro oficio, individualmente hablando.

–¿La necesidad de la aprobación constante es constitutiva de la profesión?

–Es lo más tontito de nuestro ser, pero es. La vocación empieza por lo individual, por deseos que vaya a saber uno cómo se formaron, y después uno le da cabida en el canal de algún área expresiva que encuentre. Hay una fantasía, un impulso, una necesidad primaria de ser visto y de ser querido. Todos los seres humanos tenemos esa pulsión, pero los actores la tenemos más desarrollada que cualquier mortal. Esa cosa de mi personaje de hacer que se enteren los demás de las obras que hizo y los premios que obtuvo no es potestad de la ficción. Hay muchos actores que tienen todo el día el currículum en la boca. Algunos, por buen gusto, lo callamos.

–¿O sea que el actor es de por sí un ególatra?

–Si denominamos “ego” a la valoración positiva que uno hace de sí mismo, no tengo dudas de que los cantantes de ópera, los grandes cirujanos plásticos, los abogados mediáticos tienen un ego mayor al de los actores. En general, la valoración que los actores hacemos de nosotros mismos es muy pobre. Los actores nos subestimamos, tenemos la autoestima tan baja que tal vez por eso necesitamos que nos digan todo el tiempo lo genial que estuvimos. El ego de un actor está en el otro extremo del que tienen quienes ejercen otras profesiones encumbradas del status social. Lo que sí creo es que el actor debe ser ególatra para que, una vez que ejerce la profesión, pueda resistir las críticas. Porque las críticas para un actor son al cuerpo, a la unidad física y mental, de una persona. En nuestro caso, las críticas no son a un trabajo presentado en un congreso de medicina, a un proyecto de ley, a una idea política, o a una hipótesis científica: las criticas son a uno. El ego debe estar preparado para resistir la mirada impiadosa. Desde ese punto de vista hace falta ser ególatra. El actor tiene que estar centrado en cuál es su papel y oficio en el contexto en el que lo expresa. Uno tiene que tener el ego muy ordenado, muy limpio, muy objetivo, muy prolijo, para no volcar.

–¿Ese ego necesario para resistir la mirada del otro y las críticas trasciende los límites del escenario y también permanece en la vida social?

–Uno crea siempre un personaje en el imaginario social, a través de los personajes que interpreta pero también de los reportajes que da. Uno se tiene que dar cuenta de ese personaje, para después ver si lo quiere alimentarlo o no, cuestionarlo o descansar sobre él. La gente arma un personaje sobre uno. Uno tiene que tener presente todo el tiempo esa disociación. La gente arma alrededor de un actor o de una actriz un personaje, pero nunca nos conoce realmente.

–¿Usted dice que el público, entonces, ama al personaje “Diego Peretti”, que no es ni sus personajes ni el ciudadano, es otra cosa?

–Claro. Lo ideal sería que hubiera una disociación entre ficción y realidad. Pero se suele confundir.

–¿Pero esa composición social también se confunde en la mente de un actor?

–Uno no se desarrollaría como sujeto si no hubiera alguien que te mirara y te devolviera algo. ¿Qué seríamos? Hay que estar centrado para no creer que uno es lo que el otro interpreta sobre uno. Yo no soy “el actor Diego Peretti”; soy otro. Están mis personajes, el actor público y el ser humano. Uno construye un personaje público. El riesgo es que el personaje público invalide al actor a la hora de la interpretación. El personaje público Susana Giménez, por ejemplo, sobrepasa a cualquier personaje que interprete. No puede crear un personaje. Probablemente arriba del escenario sea Susana Giménez, más que determinado personaje de Piel de Judas. A mí me conocen, pero todavía tengo cierta movilidad de interpretación. Uno busca sorprender, pero cada vez es más difícil. La contaminación del personaje público no es buena para el actor.

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“Tuve la suerte de que en mi carrera el dinero y los proyectos no se pelearon jamás. Todo lo que hice lo realicé porque me gustaba.”
Imagen: Leandro Teysseire
 
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