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Miércoles, 15 de junio de 2016

CINE ONLINE › FACING ALI, DE PETER MCCORMACK, POR LA SEñAL NETFLIX

Retrato coral de un genio del ring

La condición de grandes narradores orales de varios de los participantes, entre ellos Joe Frazier y George Foreman, le da un interés particular al documental del mismo director de I Am Bruce Lee, que privilegia siempre la búsqueda del revés de la trama.

 Por Horacio Bernades

Una más y no jodemos más. Desde el 3 de junio a la medianoche, cuando el tipo más genial que jamás haya pisado un ring consumó su paso a la eternidad, se escribieron, como es lógico, un montón de notas sobre la vida y obra de Muhammad Ali (en su caso cabe hablar de obra, tal como se hace con cualquier otro artista o poeta). También se escribió, ahora o antes, sobre los varios documentales que giran alrededor de su figura, el más notorio de los cuales es When We Were Kings, filmación en vivo de la célebre pelea en Zaire contra George Foreman y todo lo que la rodeó (1974), estrenado en 1996 y ganador de un Oscar en su momento. Quedaba sin embargo un documental, medio escondido en el catálogo de Netflix. Se trata de Facing Ali, cuya peculiaridad es estar narrado por una decena de sus rivales más notorios, incluyendo a Joe Frazier y Foreman, con participación destacada de George Chuvalo. El documental es de 2009, está dirigido por un señor Pete McCormack, que después de éste dirigió otro llamado I Am Bruce Lee, y su enfoque “desde el revés de la trama”, así como la condición de grandes narradores orales de varios de los participantes, le da un interés particular.

“Qué lástima que cambiaras tu nombre”, canta Ernie Terrell, campeón mundial de los pesos pesados para la Asociación Mundial de Boxeo entre los años 1965 y 1967, en una balada compuesta especialmente para mojarle la oreja a su rival Ali, campeón mundial de la misma categoría según el Consejo Mundial de Boxeo. Ali y Terrell pelearon en 1967 para unificar el título. Ganó Ali. En 2009, sentado sobre un taburete en un escenario, un Terrell septuagenario evoca aquella balada de letra camorrera, a la medida de su rival. “Vos cambiaste de nombre/Yo te voy a cambiar los rasgos de la cara también”. Terrell es el que no quería llamar Ali a Ali, lo seguía llamando Clay para hacerlo enojar. Lo logró, o Ali se hizo el enojado durante el pesaje, y “tuvieron que separarlos” para que la pelea no se adelantara. Desde que el joven Ali introdujo el show en el mundo del boxeo, en sus comienzos, ya no volvió a saberse qué era verdadero odio y qué representación del odio en el deporte de las trompadas. Sin ir más lejos, cuando durante la pelea con Terrell Ali le repite una y otra vez “¿Cuál es mi nombre?”, con expresión furiosa y antes de cada trompada, ¿cómo saber si está verdaderamente furioso o si todo es parte del mundo de la representación que Ali había detectado que en tiempos mediáticos era el box?

La representación no para. A los 22 años, un Cassius Clay recién iniciado deja tumbado al campeón Sonny Liston y boquiabierto al mundo, consagrándose el campeón más joven de la historia. Apenas terminada la pelea, todavía transpirado y en medio del ring, en lugar de rendirse a la emoción el jovencito grita, sin abandonar su personaje: “Conmocioné al mundo, soy lindo, soy el más grande”. Ali es lindo y sigue lindo después de las peleas: salvo la última con su ex sparring Larry Holmes, cuando tenía 38 años y que fue posiblemente el gran error de su vida, el tipo terminaba los quince rounds sin un rasguño. ¿Cómo hacía? Sobre todo teniendo en cuenta la mayor de sus provocaciones, consistente en pelear con la guardia baja, ofreciendo el rostro a pegadores del calibre de George Foreman, Joe Frazier o Earnie Shavers, capaces de voltear un buey de una trompada.

Hay que ver, en Facing Ali, al nativo de Louisville convirtiéndose por propia decisión en punching-ball del rival, dejando el rostro a la descubierta mientras el otro le pega, le pega y le pega. O un round de la pelea contra el canadiense George Chuvalo, cuando lo agarra de la nuca, sosteniéndolo contra su cuerpo, mientras Chuvalo descarga una lluvia de cortos a la altura de los riñones. Imposible no vincular esto último con el relato de su sparring Larry Holmes, cuando cuenta que Ali iba al baño y orinaba sangre. Imposible no hacer un flash-forward desde esas provocaciones kamikazes al año 1996, cuando descubrimos (lloramos) al Ali parkinsoniano de la vejez, encendiendo la llama de los Juegos Olímpicos celebrados en Atlanta, Georgia. Nunca pudieron dejarle un moretón, hasta que quedó con el cerebro (y los pulmones, y los riñones) tocados para siempre.

Hablando de Ernie Terrell, Chuvalo deja asomar una punta del iceberg que en una época subyacía al mundo del boxeo. La pelea Ali-Terrell debió haber tenido lugar en 1965, pero debió postergarse un par de años. La razón habría sido la muerte del entrenador de Terrell, un tal Bernie Glickman. Según Chuvalo, Glickman era en realidad testaferro de un mafioso de Chicago, y fue a amenazar al manager de Ali, miembro de los Hermanos Musulmanes, para que su pupilo perdiera la pelea. El tiro le salió por la culata: Glickman salió apaleado, pasando de un hospital al psiquiátrico y del psiquiátrico al cementerio. Y hablando de Chuvalo, este hijo de croatas fue otro de los que –como Terrell, como nuestro Ringo– sufrieron el síndrome de mimesis-Ali. Como el bocón de Kentucky dijo que Chuvalo “peleaba como una lavandera” (tirando muchas trompadas al aire, a lo bobo), Chuvalo se le presentó en público disfrazado de mujer. Box-show a la Ali, a full. Pero Ali, que ya le había prometido revancha a Liston, no le dio la pelea a Chuvalo en ese momento, sino recién más tarde. A propósito de esa revancha Ali-Liston, puede verse en Facing Ali la forma vergonzosa en que Liston se tira a la lona, como puede adivinarse la desagradable maniobra extradeportiva con que en su pelea con Terrell Ali anula la visión del adversario, metiéndole un dedo en el ojo.

La decena de ex rivales del genio, que incluye al británico Henry Cooper (uno de sus primeros oponentes), el aparentemente inocuo Ken Norton (que sin embargo le ganó) y el pobre Leon Spinks (que le arrebató el campeonato cuando Ali tenía 36 años, y lo único que recuerda haber hecho cuando escuchó el fallo es haberse tirado un pedo), no sólo narra y funciona como coro, sino que la película les da ocasión de contar el corazón de sus propias historias. A través de Foreman, Frazier, Shavers y el elocuente Ron Lyle se dibuja el box, el deporte en general, como salida a un destino de delincuencia (los dos primeros robaban autos, los amigos de juventud de Shavers eran sicarios, Lyle pasó siete años en prisión por homicidio en segundo grado). Terrell deja ver su asombrosa doble vida como crooner. Frazier rememora el momento en que toma conciencia de que no todo es box. Shavers recuerda a su padre que emigró, perseguido por el Ku-Klux-Klan. Foreman cree haber estado muerto y vuelto a la vida, convirtiéndose al evangelismo. El británico Cooper, que ostenta el título de Sir, canta loas a la monarquía y reivindica sus orígenes de clase baja. Ron Lyle y Larry Holmes pasan de sparrings de Ali a enfrentarlo en el ring. Chuvalo, magnético narrador oral, dotado además de una presencia que el cine se perdió, es uno de los más enteros y, paradójicamente, de los más dañados: perdió dos hijos por sobredosis y su esposa y otro hijo se suicidaron. Y sin embargo ahí está: un toro.

Facing Ali, enfrentando a Ali, podría haberse llamado también Learning from Ali, aprendiendo de Ali. Algo que prácticamente todos reconocen haber hecho, implícita o explícitamente, dentro o fuera del ring. Y si no, no hay más que escuchar a Larry Holmes, cuando señala que “habría que hacer lo mismo que él hizo en relación con Vietnam, hoy en día en Medio Oriente”, refiriéndose a aquella legendaria negativa a combatir a los vietcongs, que a diferencia de sus compatriotas blancos, nunca lo llamaron negro de mierda.

Joe Frazier, uno de los ex rivales de Ali, que brinda su testimonio en el film de Peter McCormack.

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Muhammad Ali en una foto promocional de octubre de 1974.
 
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