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Miércoles, 15 de junio de 2016

LITERATURA › LA APARICIóN DE UN TEXTO INéDITO DE FERNANDO PESSOA, ESCRITO EN 1918

Un poema como por arte de ventriloquía

Aunque ya se conocía una versión en una antología, el texto que apareció en el cuaderno de un anticuario es radicalmente diferente. El portugués lo escribió en 1901, a los 30 años, en un viaje en barco entre Sudáfrica y Portugal.

 Por Silvina Friera

El primer verso manuscrito, en medio de la perplejidad de la vida, invoca un destino de work in progress inagotable: “Cada palabra dicha es la voz de un muerto”. Aunque parezca inverosímil –o una estrategia demasiado enrevesada para garantizar una posteridad de proezas y encantamientos–, el baúl de Fernando Pessoa (1888-1935) no alcanza para restañar la fugacidad temporal de su biografía. El hallazgo de un poema escrito en 1918, cuando el escritor portugués tenía 30 años, parece una historia fraguada por un ventrílocuo que estaba convencido de que no había existencia posible fuera de la escritura. La realidad, que se niega a ser prosaica, ensaya versiones fantásticas de los hechos. Al mayor coleccionista de objetos y textos de Pessoa, el abogado brasileño José Paulo Cavalcanti –apellido de estirpe literaria que recuerda al poeta italiano de la segunda mitad del siglo XIII–, lo tentaron con una oferta imposible de rechazar. Un librero anticuario le ofreció un cuaderno de viaje que, en su última página, incluía un poema del autor de Libro del desasosiego. Cavalcanti, entusiasmado por incrementar su inventario, compró el cuaderno, sin comprobar si la letra manuscrita era o no del mayor poeta portugués del siglo XX. El breve poema, que no se lo puede considerar rigurosamente inédito, había sido publicado en una versión “menos definida” o contundente.

“Cada palabra dicha es la voz de un muerto./Se abatió quien no se ocultó/ Quien en la voz, no en sí, vivió absorto./Si ser Hombre es poco, y grande solo/En dar voz al valor de nuestras penas/Y a lo que de sueño y nuestro en nosotros queda/Del universo que nos rozó/Si es más grande ser un Dios, que dice apenas/ Con la vida lo que el Hombre con la voz:/ Más grande aún es ser como el Destino/ Que tiene el silencio por himno/ Y cuyo rostro nunca se mostró”, se lee en el poema de Pessoa, traducido por Antonio Sáez Delgado, estudioso de la obra del poeta portugués desde hace dos décadas, catedrático de la Universidad de Évora (Portugal). “La verdad es que ese poema es como un guiño del destino, un disparo en la conciencia”, afirma Sáez Delgado, autor del libro Pessoa y España. El itinerario del cuaderno que tiene en su última página un auténtico Pessoa no tiene desperdicio. José Osório de Castro e Oliveira (1900-1964), futuro escritor y crítico literario, tenía apenas 13 años cuando viajó en el trasatlántico König Wilhelm II, de Río de Janeiro a Lisboa en 1913, el mismo barco que tomó Pessoa desde Sudáfrica hacia Portugal pero en 1901. Para neutralizar el aburrimiento de una travesía tan extensa como agotadora les pidió a los viajeros que le escribieran en su cuaderno. El azar o el destino dieron la puntada final para que la letra del poeta quedara rubricada para siempre en ese cuaderno.

El colombiano Jerónimo Pizarro, el responsable de ordenar los fragmentos que constituyen el Libro del desasosiego –escrito por Pessoa bajo el heterónimo de Bernardo Soares entre 1913 y 1935, fecha en la que murió dejando esa galaxia textual de diarios, aforismos y divagaciones sobre cuestiones cotidianas y filosóficas sin ordenar– acredita la autenticidad del poema y la caligrafía del escritor, pero aclara que el poema no es cabalmente inédito. “Cada palabra dicha es la voz de un muerto” fue publicado en Volumen de poesía 1915–1920, editado por la Casa de la Moneda, un libro que recoge 300 poesías. Pizarro, experto en Pessoa, revela que el poema es una “nueva versión, diferente, más completa, que resuelve problemas de lectura”. Los dos primeros versos del texto descubierto son iguales, pero los restantes han sufrido una gran transformación, hasta modificar el sentido del poema. Para suspicaces de cejas enarcadas y desconfiados de diversas cepas, Pizarro comenta que no era inusual que Pessoa escribiera en objetos de otras personas. “Entonces se hacía mucho con los cuadernos de autógrafos. Tenemos ya dos o tres casos, como el libro de firmas de Moutinho-Almeida, donde trabajó, o en billetes con los que pagaba en los bares sus aguardientes”.

¿Qué nueva sorpresa, acaso traspapelada en ese caos de tinta y papel, puede irrumpir de anotaciones inclasificables con letra encriptada como una garrapata, poemarios, cartas, reflexiones políticas o filosóficas? Cualquier vaticinio puede resultar mezquino cuando la realidad le saca varios cuerpos de ventaja a la imaginación. El baúl de los milagros continuará prodigando más inéditos o nuevas versiones entre los 30.000 documentos que dejó el gran ventrílocuo portugués.

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El poema de Pessoa fue hallado por José Paulo Cavalcanti, el mayor coleccionista de su obra.
 
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