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Martes, 6 de enero de 2009

MUSICA › EMPIEZA LA TEMPORADA DE FESTIVALES DE FOLKLORE

Llegó la hora de agitar pañuelos

Desde el encuentro “mainstream” de Cosquín hasta la Fiesta del Pomelo en Formosa, el itinerario es heterogéneo y desborda todo tipo de análisis artístico. El rancio patrioterismo convive con el desparpajo juvenil. El folklore los alberga a todos.

 Por Karina Micheletto

Según las propagandas de cerveza, el significante más próximo asociado a “verano” es “playa”. Para muchos –el número es mucho más grande de lo que se suele imaginar en los grandes centros urbanos– argentinos con espíritus inflamados de zamba y chacarera, decir verano es decir festivales. Festivales, claro, de folklore. Música y danza, interpretadas tanto por los artistas programados como por el público, en los escenarios y en los alrededores. Y un clima general de algarabía telúrica, que va desde el rancio patrioterismo de algunos hasta la alegría desbordada de la dorada juventud de otros, según los lugares y las circunstancias. El folklore es de lo más democrático y los alberga a todos, haciéndoles creer que están hablando de la misma cosa.

Nada de mar de por medio: por lo general el lugar convocante ofrece al menos un río para pasar el calor de la tarde, pero de todos modos la propuesta musical nocturna alcanza para movilizarse hasta el pueblo o la ciudad en cuestión. Esta es, para muchos, una opción de veraneo que se repite cada año. Otros se instalan a seguir los festivales en casa, desde la pantalla del canal oficial (siempre con el ventilador prendido y envidiando lo mucho que refresca por las noches en las sierras). Otros muchos los viven más o menos desde adentro, como parte de algún ballet o delegación provincial, lanzados a la suerte del espectáculo callejero, o simplemente guitarra o bombo en mano, preparados para arrancar con la música cuando aparezca la ocasión. Lo cierto es que, cada enero y febrero, allí van los muchachos del folklore, a seguir el ritual del verano telúrico, donde una chacarera no se le niega a nadie.

El rito empezó allá por los ’60, cuando la Argentina era otra y el folklore también. A unos cuantos espíritus iluminados, las fuerzas vivas de los pueblos pujantes, se les fue ocurriendo hacer atractivos sus lugares de pertenencia organizando fiestas populares con números folklóricos. El primero, en rigor, fue el de Deán Funes, en la provincia de Córdoba, que se promociona como el “primer pregón cancionero del país” y se realiza desde el año 1957. Pero sin dudas el “festival de festivales”, o el “festival mayor del folklore”, como se lo anuncia, es el de Cosquín, que ya va por su edición número 49, y por lo tanto este año se presenta como un “camino a los 50 años del milagro”. El milagro para Cosquín consiste, básicamente, en haber pasado a ser sinónimo de folklore, dejando de ser sinónimo de tuberculosis.

Por la época en que comenzó a hacerse el festival –por entonces en un pequeño tablado armado sobre la ruta nacional que cruza el pueblo–, Cosquín era conocido exclusivamente por los centros de salud para enfermos pulmonares instalados por allí. El clima de la región era recomendado para curar ese tipo de afecciones, por entonces mortales. Los más añosos todavía recuerdan que era normal taparse la nariz y la boca con un pañuelo al pasar por la ruta. Así lo cuenta Félix Luna en el libro Atahualpa Yupanqui: “Durante años los viajeros pasaban por Cosquín apresuradamente: se suponía que el solo hecho de respirar su aire podía llenar de bacilos los pulmones de los viajeros... Y nadie en su sano juicio se quedaría voluntariamente un par de días en la bella localidad serrana: Cosquín era apenas un desagradable lugar de pasada hacia los pueblitos de la serranía cordobesa que atraen al veraneante porteño o del litoral”. Aquello de hacer un festival de folklore, en pleno comienzo del “boom” del género, para cambiar la imagen de la ciudad fue, sin dudas, una gran idea.

Tanto funcionó que pronto a Cosquín comenzaron a sumarse otros pueblos, por todo el país, con la misma gran idea y con mayor o menor suerte en los resultados. Si en los ’60 se multiplicaron formando un calendario del género que abarcaba prácticamente todo el año, con el tiempo fueron sobreviviendo varias decenas de festivales y fiestas del folklore. Las suficientes para conformar una temporada estival que sostiene al género y a los artistas que lo interpretan, en tiempos en que la plata no se hace vendiendo discos.

El planteo básico de un festival de folklore es siempre más o menos el mismo: a grandes rasgos, una localidad del interior de país, a través de una comisión, o directamente de la municipalidad, organiza un festival nacional, o provincial, según las ínfulas que se muestren. Se suele sumar un elemento distintivo relacionado con la región: puede ser un Festival de la Doma o la Jineteada, del Malambo, de la Aceituna o de la Alpargata. La heterodoxa propuesta musical puede sumar, por ejemplo, al Chaqueño Palavecino, Jairo, Piñón Fijo, virtuosos nuevos exponentes, con varios guitarreros y cantores sordos de esos que nunca faltan en los escenarios. Alrededor del escenario principal, las atracciones van desde las comidas típicas y las ferias de artesanías hasta las peñas, donde también hay música y danza para todos los gustos. Todo esto, tratándose de un género que se supone “nos representa”, sobrevolado siempre por una idea más o menos vaga o más o menos concreta de “argentinidad”.

De una u otra manera, los festivales de folklore aparecen ligados a “lo argentino” como abstracción esencialista y a esa entidad que se ha dado en llamar “el campo”. Así que es de esperar que este año, después de que esa idea de campo cobró protagonismo político, algunos festivales sean aprovechados como plataformas sectoriales. Es probable que el folklore, en 2009, llegue politizado. De hecho, ya fue confirmada la presencia del vicepre-sidente Julio Cleto Cobos en la inauguración de Jesús María. Justo en ese festival, que es uno de los más fervientes exponentes del ¡Viva la patria! de la patria sojera.

Así lo confirmó el presidente de la comisión organizadora de Jesús María, Esteban Martos, a Página/12: “Yo lo invité personalmente, un mes y medio atrás, y él aceptó. Ahora me confirmaron desde protocolo que va a venir”. Martos aclara que no habrá discurso de Cobos desde el palco oficial, ya que “tradicionalmente, en la noche inaugural, sólo toma la palabra el presidente del festival”. Pero es de esperar que el vice aproveche las cámaras dispuestas para la ocasión. No es el primero que llega desde Presidencia a Jesús María: en 2004, Néstor Kirchner, a pocos meses de haber asumido y en plena etapa de construcción de popularidad, se llevó una ovación en la noche inaugural. Fue el primer presidente en asistir al festival, y hasta ahora el único. Eran, claro, otros tiempos.

En estos nuevos tiempos que corren en 2009, los festivales deben hacer frente no sólo a los lamentos chacareros por las retenciones, también a una situación general menos auspiciosa que la del año pasado, que puede hacer tambalear los números de las comisiones organizadoras (una sola figura convocante puede costar unos 50 mil pesos). En términos generales, sin embargo, los organizadores dicen ser optimistas. “Hay datos concretos que son contradictorios: por un lado, la situación general del país cambió, y el mal humor de la gente se nota. Pero, a la vez, todos los espacios disponibles para concesiones ya fueron vendidos y el alojamiento de la ciudad está casi completo”, asegura Martos, sobre Jesús María.

Norberto Bacón, que produce espectáculos y artistas del folklore desde 1988 y vivió desde adentro épocas de esplendor y de crisis (el boom de Soledad y Los Nocheros de segunda mitad de los ’90, el cimbronazo de 2001), hace un balance del panorama de 2009: “Es indiscutible que la realidad del país afecta a los festivales, pero lo importante es que no han dejado de hacerse. Si noto una diferencia con 2008 es que han sido más cuidadosos con los presupuestos: si el año pasado llevaban tres o cuatro artistas por noche, este año llevan uno o a dos. Saben que tienen que cuidarse porque tampoco pueden aumentar demasiado las entradas si quieren tener buena convocatoria”, analiza el productor y define el espíritu festivalero: “Los festivales no se dejan de hacer porque la necesidad de cada pueblo de tener su fiesta está muy arraigada, y por eso los municipios, las comisiones, los clubes organizadores, han hecho el esfuerzo para no cortar la tradición”.

Bacón es actualmente productor de Canto 4, Cuti y Roberto Carabajal, Lucía Ceresani, Jonathan Lillo (el ganador de Coronados de gloria) y Las Voces de Orán y cuenta que en estos dos meses festivaleros cada uno de estos artistas completará unas quince presentaciones. Para Jorge Rojas, la figura más taquillera del folklore actual, junto con El Chaqueño, este número se eleva a unas treinta presentaciones ya confirmadas, más algunas que faltan cerrar, según computa la asistente de producción Eugenia Flores. Tanto Rojas como el Chaqueño tienen la agenda de verano cubierta todos los jueves, viernes, sábados y domingos. “Siempre solo un festival por noche, porque la puesta en escena requiere de muchas horas de armado y prueba de sonido antes de cada show”, aclara Flores. “Llegan a la mañana temprano a cada lugar, los técnicos arman en unas 4 o 5 horas y por la tarde Jorge prueba sonido. Hay mucho tiempo de pre producción”, explica.

El verano avanza, inexorable, y mientras los movileros de los noticieros transmiten playa y más playa, por todo el país se ultiman los detalles de largada para los festivales, desde los más grandes y conocidos (ver nota aparte) hasta los de las localidades más pequeñas de las provincias. En Córdoba están el Festival de la Papa en Villa Dolores, el del Olivo en Cruz del Eje, el del Trigo en Leones. En Entre Ríos, el de Jineteada y Folklore en Diamante, el del Mate en Paraná, la Fiesta del Lago en Salto Grande, la de la Chamarrita en Santa Elena. En Jujuy, el enero Tilcareño, las fiestas que se multiplican por cada pueblo, el omnipresente festejo del carnaval. En Mendoza, el Festival de la Cueca y el Durazno en La Dormida; en Santa Fe, la Fiesta de la Cerveza en San Carlos Sud; en Santiago, el Festival del Cabrito en Lagunitas; en Formosa, la Fiesta del Pomelo en Laguna Blanca; en Misiones, la Fiesta del Té en Campo Viera; en Salta, la Fiesta del Poncho en La Merced; en San Juan, la Fiesta del Moscatel en Albardón; en San Luis, la Fiesta del Melón en Candelaria; en Catamarca, el Festival del Aguardiente en Valle Viejo; en Corrientes, la Fiesta de la Sandía; en Tucumán, la Fiesta del Alfeñique en Simoca. Hay muchos más, y no salen por la tele. Los interesados tienen que salir a buscarlos.

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La gente va a escuchar música, pero también a bailar y a ver bailar.
Imagen: Gustavo Mujica
 
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