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Miércoles, 28 de enero de 2009

MUSICA › UN MAPA DE LA DIVERSIDAD EN LAS PEÑAS DEL FESTIVAL

Cuando se apaga la plaza, se enciende el Cosquín profundo

Que lo mejor del encuentro cordobés se verifica en los alrededores se ha convertido en lugar común, pero tiene sus razones: de las peñas “oficiales” a aquellas que permiten la “contaminación” estilística, un paseo por la noche cordobesa.

 Por Cristian Vitale

Desde Cosquín

La escena atrasa por lo menos treinta años. En una larga mesa de peña, de esas que se cubren con manteles de papel a colores, hay seis musiqueros vestidos a la usanza gaucha. Comen empanadas de carne, toman vino Toro –ningún fino, qué va– y más se ríen cuando más entonan. Son seis rostros colorados por el tinto y el calor, a la espera de que el presentador, esta noche, los anuncie con la misma pompa solemne de aquellos años: “Los Cantoreeeees del Alba”. No están todos los originales, claro, pero debe haber un par. Corte y misterio: otra escena. A no más de tres cuadras, la misma hora, el mismo día, un grupo cordobés (MJC) propone una estética en los lindes. Tango de avanzada que se mezcla con un mesurado toque folk y el penetrante olor a sahumerio que campea en el ambiente. Dos estéticas, dos mundos en los antípodas que sólo pueden convivir bajo un mismo cielo, el de Cosquín, este encanto serrano donde todo es posible. Porque el circuito de peñas –las oficiales suman doce– opera y se proyecta como una reproducción ampliada de lo que ocurre en la Plaza Próspero Molina. Ampliada en sus propuestas y fragmentada en su particularidad. En ellas, cada noche hasta que salga el sol, se torna más explícito el devenir del entramado de miserias y luces que identifica al festival. Se maltrata a los músicos, se los idolatra, se baila, se vive de fiesta, se consuman –o consumen– los sueños de centenares de artistas que esperan todo el año por una ilusión, se cuenta dinero o se lloran pérdidas. Se ríe y se sufre: todo es una cuestión de azar y levedad intensa.

“En ciertas peñas se sacan, hasta tenés que pagar lo que consumís”, dice uno de los tantos que pululan en busca de un espacio: diez, quince minutos de acción y vuelta a la inercia anónima.

Las tradicionales

La secuencia con Los Cantores del Alba ocurre en una de las peñas que conserva viejas costumbres: La Solidaria. El espacio (Tiro Federal) es un gimnasio enorme y el escenario está en la esquina del fondo. A las 2 de la mañana gobierna el chamamé maceta y el tío baila con la sobrina, la abuela con el nieto y las hermanas cincuentonas entre sí. Uno de los presentadores –Juan José– se identifica como profesor de quechua y chivea de lo lindo –sin vergüenza, el tipo– con su programa en Argentinísima Satelital. Actúa el grupo Los Tanka (Trueno, en mapuche) y después un dúo de guitarreros de Navarro, cuyo máximo orgullo es evocar que allí fusilaron a Dorrego. Alguien homenajea a Tamara Castro a pura zamba y Marcela Zeballos, la sobrina del Chaqueño Palavecino, intenta refrendar lo poco que había ofrecido, la noche anterior, en el escenario Atahualpa. Parte de los 45 mil pesos que el dueño dice gastar en los diez días parecen solventados por dos auspicios pesados: La UOM y el Sindicato de Camioneros. “Falta que aparezca Rimoldi Fraga y estamos completos”, bromea alguien cuyo tono parece salteño. La Tempranera, cuadra y media a la vuelta, se le parece. Los gauchos bailadores se calzan las bombachas en el baño –no importa que estén meando al lado– y las mozas se pintan ante un espejo que las devuelve deformadas. Es el precio a pagar por algo de vidriera: diez, veinte horas de viaje por las rutas argentinas para un ratito de fama. Leve como el aire en verano.

La escena parece una repetición del otro día en la peña del CAI (Club Atlético Independiente). Una cancha de básquet pierde su esencia –o su uso habitual– para convertirse en pista de baile, como era en los sesenta en cada club de cada barrio. Si las mesas se ocupan –porque hasta determinada hora se entra gratis– está la tribuna de madera que sirve de reparo y descanso a los bailadores. La puesta es austera: tres lamparones blancos en el centro de un techo parabólico, piso derruido por el tiempo y una presentadora, riojana ella, que inaugura una nueva noche. Tres niñas y tres niños del Ballet 10 de Noviembre de Santa Fe, expuestos al calor y el esfuerzo físico. El más chiquito baila primero una zamba, después un chamamé, por último un malambo, y la gota gorda le gobierna la cara, bajo ese disfraz de gaucho que parece hervir. Así es Cosquín.

Dicen que suelen tocar figuras milenarias –Aldo Monges, por caso– pero a esta hora –once de la noche– hay un trío de José C. Paz al grito de “Un corazón de madera, tengo que mandarme hacer”. Parecen clones de Los Fronterizos. Después, sube una santafesina con nombre semánticamente pesado, ¡Pamela Soledad!, y un trovador de Azul gana la escena. Fajina al tono, botas negras por fuera, rubio, pelicorto y una impronta skinhead que desaparece cuando encara “Piedra y Camino”. De las tradicionales, El Aljibe –media cuadra después de las vías– es la del glamour, donde la ponen en un ángulo: Fernet grande 30 pesos, ¡manteles de tela!, salón forrado en madera –con unas arañas inmensas en el techo– y el retrato gigante de Jorge Cafrune en el centro superior del escenario, que desentona con el ambiente onda cumpleaños de 15. Suena una cueca, dos parejas bailan y el resto mira: es preciso que pegue el espumante para salir a danzar.

Las peñas-nexo

Más allá de la histórica propuesta de la peña oficial –réplica casi exacta de lo que sucede en la plaza principal–, hay dos peñas que podrían identificarse como un cruce entre tradición y apertura. En la de los Copla, lejos la más concurrida, se come bien y no hay prejuicios. Se cruzan las generaciones. A las 5 de la mañana, además de un jolgorioso amontonamiento de borrachos en busca de seducir, puede suceder que suba Lorena Astudillo y ejecute una maravillosa –por mántrica– versión de “El Seclanteño” y transforme lo que en general es una pista de baile permanente, en un templo introspectivo de sensaciones. O ver a Julio Paz y Roberto Cantos firmando autógrafos, sacándose fotos y abrazando a todo el mundo, siempre con la sonrisa pegada a la cara, mientras una linda visita a la “Zamba de Lozano” opera como música de fondo: el dúo hace del cara a cara un ritual de presencia, sin divismos ni estrellatos. O puede ocurrir, como al otro día, que ellos mismos estén tocando chacareras y provoquen una descalza danza masiva de la que nadie, ni incluso el más patadura, puede abstraerse. La escultura del escenario –una pareja inmensa bailando– está hecha de cartón y caña de tacuara, y el fondo es el logo del grupo que dispara haces de luz azul hacia el público, que adquiere un brillo especial cuando el péndulo se corre otra vez al intimismo: Romina López, de Córdoba, con sus aires de huayno sorprende a dos monjas –sí, porque también vienen monjas– o Martín Sosa, un trovador santafesino que prefiere las finas canciones a las fáciles fórmulas del éxito.

Menos popular pero igual de intuitiva, por inclusiva, es la propuesta de La Salamanca. La regentea un platense –también músico– que la defiende como una proyección a escala de la cultura del norte. Hay retratos de coyas, comidas típicas, y uno de los recitales más lindos que se han visto en lo que va del festival: el de Bruno Arias. El changuito volador se toma revancha –en la Próspero había tocado sólo tres temas– y se despacha pleno: “La Telesita”, “Tilcareñita”, y un par de salteños que suben a cantar “La zamba de los mineros”, como si fuera una jam session de folklore. Es un norte, el de La Salamanca, que lleva aura de los duendes mágicos... así se manifiesta en cada noche.

Rebeldes y progresivas

La peña de la piel del alma: ya el nombre sugiere algo distinto en el espacio que Paola Bernal, la cantante cordobesa, generó como una posta mansa en el medio de la ansiedad festivalera. Está en plena peatonal y traspasar el umbral es como entrar en otra dimensión. El aroma a incienso, las paredes negras –apenas cortadas por luces de colores–, un video en pantalla grande de Los Kilomberos, la cara del Che en el medio de un mapa de Latinoamérica y graffiti del tipo “Todas las hojas son del viento” provocan un giro en el tempo habitual: dos cambios menos. El folklore, aquí, se sugiere. No se impone. La bebida es cara (Fernet, 13 pesos), priman los colores fuertes y el intimismo psicodélico. Es, casi, una expresión estética de hippismo sofisticado, que se traduce en propuestas: puede aparecer, de sorpresa, el Chango Farías Gómez; aparece, de hecho, Semilla Bucciarelli –ex bajista de Los Redondos– proyectando sus esculturas y dibujos; y es el ámbito que Demi Carabajal, alter ego de Peteco, elige para mostrar su mundo personal.

Pero es La fisura contracultural –otro nombre de connotaciones tentadoras– la peña que los jóvenes se apropiaron. Alejada del radio de acción de La Próspero, a las cuatro de la mañana es imposible circular en paz: la atiborran todos aquellos que del rock se caen para el lado del folklore, o al revés. Entre grupo y grupo –esta noche tocan Las Fulanas Trío, Raly Barrionuevo y Juan Carlos Carabajal– pasan temas de Bob Marley o Todos Tus Muertos, y los fieles contraculturales bailan igual que una zamba, o una chacarera. No hay choripán ni empanadas, sólo cerveza –en cantidades siderales–, bebidas varias y pebetes de jamón y queso. La impresión luego confirmada es que los grupos pueden tocar lo que quieran, sin que una mirada “sugiera” cierta intención. Los dueños, también jóvenes, anuncian el mérito de ser la única peña que les paga dinero en efectivo a todos los músicos. “Nos parece que el respeto por el artista empieza por ahí”, dice uno de ellos. Y es el lugar donde esperar el sol cuando La Real se pone aburrida.

La frase del millón es que en este festival lo mejor ocurre fuera de la Molina, “en los alrededores”. Bien vale una recorrida para refrendarlo: Cosquín, al cabo, es la plaza y sus circunstancias.

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Bien entrada la madrugada, las peñas ofrecen un panorama de jolgorio irrefrenable, bien regado de alcohol.
Imagen: Bernardino Avila
 
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