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Miércoles, 28 de enero de 2009

CINE › THE EMPYREAN, EL NUEVO DISCO DE JOHN FRUSCIANTE

Cielo, infierno y psicodelia

Fue una pieza fundamental del sonido característico de Red Hot Chili Peppers y llegó a publicar seis discos solistas en un año. Mientras la banda goza de un descanso que podría ser definitivo, el guitarrista arranca el año con un álbum encantador.

 Por Eduardo Fabregat

En esa esmirriada figura caben el cielo y el infierno. Esos brazos flacos, alguna vez atormentados por una bruta adicción a la heroína, se las arreglaron para imprimir una pieza esencial en el genoma de cierta bandita llamada Red Hot Chili Peppers. A tal punto, que el cuarteto que explotó en los ’90 con Mother’s milk y luego Blood Sugar Sex Magik pareció desangelarse cuando John Frusciante abandonó el barco en plena gira por Japón. Era necesario: el pibe prodigio, que pasó de fan de los Peppers a integrante catalizador de un sonido inconfundible tras la sobredosis de Hillel Slovak, entraba en una espiral de autodestrucción que sólo podía terminar en la muerte o el rehab. No era sólo el denso material de Niandra Lades, Usually just a T-Shirt y Smile from the streets you hold, sus primeros arrestos como solista, lo que llamaba la atención: el físico de Frusciante menguaba y se oscurecía día a día, con un comportamiento cada vez más errático.

Limpio de una buena vez en el ’98, John volvió al cielo con su triunfal regreso al redil de Anthony Kiedis, Flea y Chad Smith, junto a quienes cerró la década con el soberbio Californication. Allí (y en By the way) volvió a quedar claro que el mejor RHCP debe incluirlo en sus filas. Pero todo eso parece ahora historia del pasado: tras el exigente doble álbum Stadium Arcadium de 2006, los ajíes putaparió se llamaron a silencio por tiempo indefinido. Algo parecido sucedió con el mismo guitarrista, que en 2004 había lanzado nada menos que ¡seis discos!, de resultado tan irregular como para llamarlo a la reflexión. En el medio hubo un experimento con el Fugazi Joe Lally, pero el auténtico regreso a la actividad se dio el martes pasado, cuando vio la luz The Empyrean: un John Frusciante en plena forma.

Al borde de las cuatro décadas, el violero que supo alimentar su estilo con vitaminas tan diferentes como King Crimson, el funk más negro y el punk más arrastrado parece haber encontrado una perfecta síntesis, y una confianza como cantante, que le permiten brillar más allá del casillero “guitarrista de banda hiperexitosa colgado en la experimentación más extrema”. No es que su nuevo disco sea una colección de bonitas canciones estrofa-estrofa-estribillo: The Empyrean pivotea una y otra vez sobre postulados psicodélicos y tiene más de un track que supera los siete minutos, pero con una contundencia y un poder de seducción que exceden al onanismo de estudio. Un poco a la manera de Tom Morello y su The fabled city, Frusciante encontró una voz definitiva, que resiste incluso a una apertura que conduce inequívocamente a Pink Floyd: con el apropiado título de “Before the beginning” (“Antes de empezar”), subiendo lentamente de volumen e intensidad, el hombre se embarca en un solo épico de tonos menores con un inconfudible aire Gilmour. Pero a medida que la cosa avanza, con menos sustain y más distorsión podrida, Frusciante deja claro que su primera declaración va más allá del homenaje o la mera clonación.

Con la colaboración de su viejo colega Josh Klinghoffer, la presencia de Flea en algunos temas y la aparición estelar de Johnny Marr para el intensísimo duelo de “Enough of me” –incluyendo un virulento solo que bien podría firmar Robert Fripp–, este Frusciante multiinstrumentista va construyendo un paisaje sonoro delicioso, en el que aún los temas más largos fluyen con naturalidad, y en el que importa tanto la instrumentación como la utilización integral de las perillas del estudio como arma creativa. Y en el que hay títulos etéreos como “God” y “Heaven”, pero también momentos de altísima intensidad como “Unreachable” o la contraposición de climas de “Dark/Light”, y hasta un repaso de Tim Buckley con “Song to the siren”. Apenas asoma una reminiscencia de los Peppers en la preciosa “Central”, mientras el oscuro giro introspectivo de “One more of me” oficia de justa introducción a la despedida con “After the ending”, otra declaración de principios que espeja la apertura y pone el moño a un disco al que no le sobra ni le falta nada. Y así, mientras los Peppers duermen el sueño de los justos, el flaco Frusciante, siempre en el borde, compone y toca con tanta paz de los cielos como fuego de los infiernos.

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Frusciante escapó a una peligrosa espiral de autodestrucción.
 
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