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Miércoles, 6 de enero de 2010

MUSICA › EL VELATORIO DE SANDRO EN EL CONGRESO NACIONAL

Llanto, música y flores para despedir al ídolo

La fila se armó a la medianoche y permanentemente, durante el día de ayer, se mantuvieron cinco o seis cuadras de cola. Aunque hubo algunos varones, las “nenas” coparon la zona. Abundaron los imitadores y los vendedores ambulantes, que le dieron clima a la despedida.

 Por Facundo García

“Sandro se fue al cielo para hacer su gran recital con los ángeles.” O también: “Se fue a las nubes a esperar a las nenas”. Los carteles estaban escritos con fibrón sobre un cartón improvisado, y la mujer mostraba sólo el segundo, porque le daba vergüenza la caligrafía desprolija del primero. “Hoy es la primera vez que voy a verlo así ‘directo’ –explicó–. Nunca pude. Lo sigo desde la época en que estaba con Pipo Mancera y no lo dejaban actuar.” Se refería a la veda que los grupos conservadores lograron aplicar por corto tiempo a las caderas del ídolo, a mediados de los sesenta. “Pero aunque lo prohibieran, yo lo seguía queriendo siempre.”

–Gracias por compartir su historia. ¿Me dice su nombre?

–Me llamo Evita.

Así, de improviso, la tarde en las inmediaciones del Congreso regalaba un eco de la cuerda que el cantor supo tensar en los sectores populares. “Me llamo Evita y escucho a Sandro”, repitió la mujer. Era difícil agregar una sola palabra que superara esa contundencia. Por eso la pena y por eso la alegría. Juntas, como si esa multitud de rostros cobrizos coincidiera con su estrella en eso de que la vida está ahí para vivírsela entera, de un trago y sin especular. A lo pobre. El último día de Sandro entre sus admiradores estuvo cruzado por ese sentimiento.

Y aunque hubo algunos varones, la mayoría absoluta fue femenina. Era impresionante ver cómo cada una de las fans se despedía de aquel hombre que evidentemente había significado mucho. Para dar una idea del espíritu que reinaba, habría que recordar la sensación que se tiene al ir a encontrarse por última vez con un amor: esa inquietud imprecisa, mezclada con cariño y con ganas de no alejarse nunca, aunque el tiempo –o la fila que hay atrás– obliguen a ir dejando lugar a los que vienen. Había quien hacía guardia desde la medianoche, y permanentemente se mantuvieron cinco o seis cuadras de espera para ingresar al recinto en que se colocó al artista. Hasta hubo contingentes de las provincias, que vinieron en colectivo.

Fue –quizá– la última gran asamblea de “las nenas” y una oportunidad para vislumbrar quiénes son estas mujeres. “Cuando hago los movimientos sensuales en el escenario siento que abajo, en la platea, debe haber cuatrocientos cincuenta mil ratones corriendo carreras. ¿Qué miran esas chicas? ¿Qué necesidades tienen? ¿Qué vacíos? Me intrigan”, se había preguntado Sandro en una entrevista de 2006. A simple vista, quedaba claro que ellas comparten cierto espíritu de camaradería, y a la vez una competencia feroz. Ese doble carácter se exacerbó alrededor del mediodía, cuando la entrada estaba a punto de habilitarse y las admiradoras formaban una guardia pretoriana que impedía cualquier paso no autorizado. Algunos chantas fingían renguera u otro problema físico en un intento por conmoverlas, pero ellas tenían sexto sentido para detectar chamuyos y habilitaban sólo a los rengos, ciegos y mancos “reales”. Una señora con sombrero de arpillera fue desplazándose disimuladamente por el costado y cuando estaba por lograr la hazaña la descubrieron. Casi la linchan. “¿Pero entonces adónde tengo que ir...?”, disimuló la que se había querido colar. “Mi amor, la fila termina en Lavalle. Tomate un taxi”, ironizó una capanga, ante las risas de las demás.

Las fotos se enarbolaban como trofeos y seguían, básicamente, dos líneas. Estaban las familiares –con Sandro en medio de hijos, esposos y nietos–, y estaban las más personales, con el cantante abrazando a la fan de turno. Hubo quien llevaba esas imágenes entre las profundidades del escote, espacio poco propicio para la conservación fotográfica en la Buenos Aires de principios de enero. Tampoco faltaron los que habían decidido dar un paso más allá y pelaban sus tatuajes de Roberto Sánchez. Esther estaba ahí para mostrar el suyo. “A Sandro le debo mi matrimonio. Conocí a mi marido mientras bailábamos sus canciones”, contó, algo cansada por los doscientos cuarenta kilómetros que había hecho desde San Nicolás de los Arroyos, en la provincia de Buenos Aires. Más allá, Carlos, un porteño de Parque Patricios, conversaba con una ex vecina que se había encontrado ahí de casualidad. “Mirá qué suerte encontrarnos acá después de tantos años”, le insistía. Los dos recordaban épocas en que se medían por los bailes de su barrio. “No sabés las minifaldas que usaba esta flaca”, apuró Carlos, y la aludida le hizo pucherito. Aun muerto, Sandro seguía propiciando el levante.

Hay que decirlo claramente y aun a riesgo de disonancia: la gran ausencia en el cotillón sandrístico de ayer fueron las bombachas, que en vez de volar por los aires se mantuvieron en la cintura de las chicas (presuntamente). Por ahí, cada quince o veinte mujeres, se veía venir un varón. Merodeaban los imitadores, tratando de pescar aplausos o cariño en el río revuelto de las emociones. Algunos iban con sus sacos, de patillas canosas y con la pelvis ya no apta para sorpresas. Y otros caminaban llorosos, visiblemente borrachos de vino. O de pena.

Los objetos que portaba cada quien variaban dependiendo del sector de la fila. Cada tanto aumentaba la fiebre floral. Más adelante, eran los posters de cinco pesos; luego, las remeras a quince, los pins, y así hasta repetir la serie. Intermitentemente –y merced a las interpretaciones colectivas de “Una muchacha y una guitarra”–, el encuentro se asemejaba a la previa de un concierto. En otros tramos, en cambio, la atmósfera se volvía grave. Las fans estaban dispuestas a dar lo que fuera por cumplir con su Rey, y por más de que los médicos recorrieran la zona y hubiera un camión de Aysa proveyendo agua fresca, el puño invisible del calor insistía en noquear abuelas. Las afectadas se sentaban a la vera, tratando de incorporarse –vaya paradoja– para arrimarse al cajón.

A medida que los asistentes se aproximaban al ingreso, las lágrimas se hacían más frecuentes. “Ya está, sonamos. Este va a ser un año de mierda”, se desencajó una despechada que parecía liderar a un grupo de lloronas. Hacía rato que no se veía tal arco iris de maquillaje. A los laterales, los puestos de los floristas exhibían la iconografía gitana junto a lo que quedó de los adornos navideños. El panorama era, en síntesis, como si un camión conducido por Ricardo Carpani se hubiera chocado con una pinturería y después con un vivero. Cerca del cuerpo, hubo tranquilidad y no se permitieron cámaras. Fue el colorido adiós a un tipo que supo hacer de la existencia una aventura personal sin que lo devorara el circo mediático.

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El poster del Gitano, una constante ayer en las cercanías del Congreso.
Imagen: EFE
 
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