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Viernes, 13 de agosto de 2010

MUSICA › LLEGO AL COLON LA GRAN PUESTA DE MANON QUE TRIUNFO EN EUROPA

Un generoso plato fuerte musical

La ópera de Jules Massenet fue interpretada con inmejorable nivel por la Orquesta y el Coro estables, dirigida con pasión por Philippe Auguin. La pareja protagónica, conformada por la soprano Anne Sophie Duprels y el tenor John Osborn, fue otro acierto.

 Por Diego Fischerman

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MANON

Opera de Jules Massenet con libreto de Henri Meilhac y Philippe Gille basado en La historia del caballero Des Grieux y Manon Lescaut, del Abate Antoine Prévost.
Director musical: Philippe Auguin.
Director de escena: David McVicar.
Directora repositora: Loren Meeker.
Diseñadora de escenografía y vestuario: Tanya McCallin.
Diseñadora de iluminación: Paule Constable.
Iluminador repositor: Kevin Sleep.
Coreógrafo: Michael Keegan-Dolan.
Coreógrafo repositor: Colm Seery.
Orquesta Estable del Teatro Colón Coro Estable del Teatro Colón
Elenco: Anne Sophie Duprels, John Osborn, Víctor Torres, Carlos Esquivel, Osvaldo Peroni, Gustavo Gibert, Ana Laura Menéndez, Daniela Tabernig, Gabriela Cipriani Zec, Fernando Grassi, Leandro Sosa y Alejandro Di Nardo. Teatro Colón. Martes 10.
Nuevas funciones: hoy, mañana (con otro elenco, encabezado por Paula Almerares, Juan Carlos Valls y Luciano Garay), domingo 15 y martes 17.

La burguesía como teatro. O el teatro burgués como espejo de la hipocresía. Con esa idea, David McVicar y Tanya McCallin diseñaron una especie de arena central, con el público real de un lado y unos observadores que se sitúan en una suerte de hemiciclo, que funciona como único decorado a lo largo de toda la obra. Así Manon, un drama de arrebato juvenil, sucede siempre ante testigos. La puesta, presentada con gran éxito en Londres y Barcelona, entre otras ciudades europeas, y luego adaptada a la Lyric Opera de Chicago, llegó al Colón. Y el nivel musical con que lo hizo no podría haber sido mejor, empezando por una deslumbrante pareja protagónica y un director de orquesta tan seguro en la marcación como expresivo en sus intenciones.

La idea de la autorreferencia ya aparece jugada, en cierta forma, en el texto cuando ante la convención francesa de la escena de ballet, resuelta por el libreto gracias a la frivolidad de Manon, que pide que el Ballet de la Opera vaya a su casa, se anuncia: “Este es el Ballet de la Opera”; y lo que comienza, con minúsculas, es el ballet de la ópera. Allí, en esa escena especialmente construida como una referencia a la ópera barroca, es notorio uno de los principios de la puesta: ninguno de los personajes del ballet hace lo mismo que otro, cada uno tiene su propia personalidad y sus propios movimientos. El criterio de McVicar puede ser discutido y, de hecho, algunos escasos barrabravas de la lírica no se privaron de abuchear, sobre todo por escamotear lujo visual a una ópera de largo aliento (cinco actos con casi tres horas netas de duración). Pero de ninguna manera puede considerarse a ese criterio arbitrario o falto de coherencia. El excelente vestuario y una iluminación eficaz son, en todo caso, elementos que contribuyen a esa unidad.

Pero si en esta primera ópera exitosa de Massenet, estrenada en 1884, el plato fuerte es musical –con arias bellísimas, una orquestación que, aunque sin originalidad, está resuelta con maestría, y el lujo de un magnífico fugato en la escena de la iglesia, también un tópico casi obligatorio en los dramas de la época–, en esta ocasión fue servido con generosidad. La Orquesta Estable estuvo ajustada y afinada, pareja en todos los sectores y excelente en el comprometido solo de violín y en las partes expuestas de cada una de sus filas. Philippe Auguin, quien fue asistente de Von Karajan y Georg Solti, dirigió con nervio y pasión por el detalle pero, además, se mantuvo permanentemente atento a los cantantes, logrando que la orquesta funcionara como una verdadera prolongación de las líneas vocales. El Coro Estable, preparado por Marcelo Ayub, también tuvo un muy buen desempeño. Víctor Torres fue un Lescaut exacto y unió una fantástica presencia escénica con un fraseo y un timbre exquisitos. También tuvo gran nivel el Conde Des Grieux de Carlos Esquivel y el grotesco Guillot de Osvaldo Peroni mostró el tono justo. Gustavo Gibert compuso un Bretigny sumamente correcto y quienes cantaron los papeles menores no desentonaron.

Pero el gran acierto fue la pareja de protagonistas. El tenor John Osborn pertenece al linaje de los grandes cantantes líricos, con una voz plena, de cuerpo homogéneo en todo su registro y agudos de notable fluidez. Convincente en lo escénico, cantó impecablemente un papel a su medida. Anne Sophie Duprels, a pesar de no haber logrado, en la función del estreno, una afinación exacta en sus sobreagudos del segundo acto, mostró un bello timbre en los registros grave y medio y un fraseo bien delineado, con una voz que corre con naturalidad sobre la orquesta –y en una sala inmensa como la del Colón–, además de una muy buena composición escénica de su personaje. Sus actuaciones fueron coronadas por una de las más largas ovaciones que el público del Colón haya brindado en los últimos tiempos.

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Las actuaciones de Duprels y Osborn fueron coronadas con una larguísima ovación.
 
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