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Jueves, 7 de abril de 2011

MUSICA › PABLO MILANéS, SU REENCUENTRO CON EL PúBLICO ARGENTINO, EL PASADO Y EL PRESENTE

“Una canción tiene la virtud de señalar”

Su última visita, para actuar en el Festival de Cosquín 2010, dejó un regusto amargo por culpa de una fiebre que conspiró contra su performance. Por eso, lo de esta noche en el Teatro Gran Rex puede entenderse como pequeña revancha.

 Por Cristian Vitale

La última vez que Pablo Milanés pisó la escena en la Argentina fue el 21 de enero de 2010, jueves para más exactitud. Era el 50º aniversario del Festival de Cosquín y, junto a Inti Illimani, Gal Costa y Los Olimareños, entre otros, conformaba el grueso del corpus de invitados continentales a la mayor expresión colectiva del folklore argentino. Le tocó estar a las 3 de la mañana de la segunda luna –la de Víctor Heredia, Paola Bernal, Jorge Fandermole, Inti Illimani y Arbolito– y su actuación, que se cortó a los 35 minutos, terminó siendo una de las más decepcionantes no sólo de aquella noche sino también de todo el festival. Deslucida, apagada y aburrida, se dijo. Su voz, que siempre rozó la excelencia, esa vez fluyó afiebrada, débil, sin el jugo esencial que se había licuado con los mejores sabores desde las épocas de la Nueva Trova. ¿Qué tiene Pablo? ¿Pablo está enfermo? ¿Está cansado de cantar? ¿Lo hace por la plata? ¿Es tarde y tiene sueño? ¿Será la edad? eran las preguntas dispersas, asombradas y confundidas de la hora. Después, se excusó mediante un video. “Les tengo que pedir disculpas porque me sentía muy mal, pero igualmente no quería fallarles y salí a cantar. Cuando llegó la novena canción, no pude más”, dijo, escueto. Su fiebre había llegado a 41 grados y, tras algunos cortocircuitos comerciales con la comisión organizadora del festival –le exigieron un descargo formal–, prometió volver en mayo de aquel año.

La promesa se atrasó casi un año y llegó, pero no a la Próspero Molina. El creador de la trova y mil canciones bellas vuelve al país para presentarse esta noche en el Teatro Gran Rex (Corrientes al 900) y lo hace acompañado por su banda de jazz-son cubano-feeling, las canciones que marcaron hito en la música popular latinoamericana (“Años”, “Yo no te pido”, “El amor de mi vida”, “Quien me tienda la mano al pasar”, “Yo pisaré las calles nuevamente”, “Amo esta isla”) más algunas de un último disco que lleva por nombre Regalo. “He recorrido muchos géneros y estilos durante mi trayectoria... En este disco, creo que lo más influyente, la influencia que más se destaca, es la jazzística. Me salió todo lo que aprendí del feeling y del jazz en los años sesenta, que fueron mis primeras influencias además de la música cubana en general, claro”, responde Pablo Milanés a Página/12.

–La última vez que actuó aquí fue en el Festival de Cosquín del 2010. En rigor de verdad, no fue su mejor recital en Argentina. ¿Podría aclarar qué pasó con su voz, por qué hubo dificultades? Mucha gente nunca supo qué ocurrió esa noche, realmente.

–Creo que el hecho de que los cantantes cantemos con cuerdas vocales, que son órganos físicos naturales, nos hace arriesgarnos a que una noche nos vaya mal inesperadamente. Simplemente eso fue lo que ocurrió... no hay otra razón. La verdad es que esta vez llego con las mismas expectativas de siempre. El pueblo argentino no cambia, y estoy seguro de que encontraré la misma buena receptividad de años anteriores.

La entrevista –nobleza obliga– también transcurrió con dificultades. El día y la hora pactados para llamar por teléfono a Milanés a La Habana terminaron en nada. Ante la imposibilidad de comunicarse directamente con la capital de la isla, la operadora de la compañía telefónica –el médium– fue clara: “Es imposible comunicarse con La Habana, las líneas están congestionadas”. No hubo caso. Tampoco que Milanés –o la gente que maneja su agenda– accediera fácilmente a reprogramar fecha y hora para un diálogo que hubiese sido más dinámico y preciso. El plan B, entonces, fue enviarle una serie de preguntas por mail –vía fría, impersonal– y el resultado fue efecto esperado del efecto: el cantautor omitió responder sobre sus impresiones acerca de los tiempos que corren hoy en Cuba, sobre el devenir del proceso revolucionario, sobre Fidel y Raúl, o sobre su relación actual –artística y humana– con Silvio Rodríguez, junto a quien fundó la Nueva Trova y provocó hermosas gestas musicales como los registros en vivo en México (1983), el inolvidable en Argentina de 1984 o las apariciones en Cuando digo futuro (1977), Tríptico (1984), Oh Melancolía (1987) y Memorias (1987), todas gemas de Silvio. Apenas contesta acerca del devenir del Grupo de Experimentación Sonora (GESI), el taller creativo colectivo cuya idea matriz era formar musicalmente a jóvenes cineastas cubanos, una experiencia que duró 26 años –con algunas interrupciones–, editó 14 discos y los dos primeros fueron elixir para las almas (Cuba va, 1971) por él, por Noel Nicola y por el mismo Silvio. “Cada uno tomó su rumbo cuando creímos que la etapa de crecimiento y ‘experimentación’ estaba agotada. Sobre todo en nuestro país, al igual que la trova a la que estuvo muy ligado, el GESI abrió nuevos rumbos dentro de la nueva música cubana y su poesía”, explica.

Sí habló de las coordenadas sociales, políticas y existenciales que enmarcaron sus 40 años de canciones (“Son exactamente las mismas de siempre”); de los géneros que, en lo estrictamente musical, fueron determinando un estilo por demás personal (“Feeling, trova, jazz son y siguen siendo las influencias que, de alguna manera, han determinado mi forma de ser musical”) y de la experiencia junto a Fito Páez al colaborar con el rosarino en el disco No sé si es Baires o Madrid (2008) poniendo su voz en “Yo vengo a ofrecer mi corazón”. “Creo que Fito, como todos saben, es un talento y una personalidad extraordinaria, y en este evento demostró su carisma mostrando su calidad de siempre a través de sus interpretaciones y las de sus amigos, que son muchos... yo tengo buena relación con el rock, e incluso en varias de mis obras se escapa alguna influencia de ese género. Naturalmente, por una cuestión generacional y de calidad, recuerdo con mucho afecto el rock de los ’60 y ’70, que en muchos sentidos no ha sido superado todavía. Y, versión aparte, quiero hacer un reconocimiento al rock argentino y a uno de sus padres, si no el primero: Charly García”, sostuvo.

–Otro punto: ¿cuál es su mirada acerca de la política que está llevando a cabo el gobierno argentino comandado por Cristina Fernández?

–Para tener un criterio de su país, creo que lo primero que habría que hacer es vivir allí, así como para tener un criterio de mi país es necesario vivir aquí. Por eso no me siento capacitado para dar una opinión seria y profunda, aunque mis simpatías demuestren una identificación con el gobierno argentino.

–¿Cree que la canción de protesta que usted y varios músicos de su generación han instalado como hecho cultural central en la década del ’60 ha tenido como efecto el estado de cosas actual en varias regiones de Latinoamérica?

–Bueno, yo creo que el término “protesta” es un concepto moderno que se le aplicó a la canción de aquella década por una circunstancia histórica específica, pero creo que la canción siempre, a través de los siglos, ha tenido la virtud de “protestar” o señalar el camino del futuro de los pueblos. En este sentido, la respuesta es sí.

–¿Y, más específicamente, cuáles de aquellas canciones usted aportó en este sentido? ¿”Pobre del cantor”, “Yo pisaré las calles nuevamente” o “Yo me quedo”, por caso, siguen teniendo vigencia en la actualidad según su mirada?

–Tal vez no sean éstos los casos, pero increíblemente hoy me piden canciones de las que yo apenas me acuerdo. Y es que, dependiendo del gusto de cada uno, hay temas, melodías, poesías que se han quedado para siempre en ellos... diría que todas.

Pablo Milanés Arias nació en Bayamo, capital de Gramma, hace 68 años, pero casi no visita la oriental ciudad de los edificios coloniales y los carruajes tirados a caballo. “Ya no voy tan seguido a la tierra donde nací, pero la sigo llevando dentro: sus costumbres, sus vocablos y los recuerdos infantiles que son imborrables”, dice. Vive en La Habana y admite que su vida allí es la más rutinaria y hermosa que se pueda tener: “Compañera, hijos, amigos y mi tierra, ¿qué más pedir?”.

–¿La sigue amando con la misma intensidad que lo llevó a componer aquella canción, “Amo a esta isla”, con la que recorrió todo Cuba en 1988?

–Imposible de omitir.

–¿Cómo ha sido su reacción emotiva ante la desaparición física de Mercedes Sosa?

–La desaparición de Mercedes es de esas cosas que no se tocan mucho porque inmediatamente brotan lágrimas y dolores que la recuerdan. Es de esas personas, como tu madre, tu hermana, que aunque estén ausentes nunca se olvidan... ¿Qué más decir, no?

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“Tengo buena relación con el rock e incluso en varias de mis obras se escapa alguna influencia.”
 
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