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Sábado, 10 de diciembre de 2011

MUSICA › FESTIVAL MAR DEL PLATA JAZZ

Efervescencia jazzera

La ONG Improvisación Colectiva de Mar del Plata organizó este encuentro, que funciona, precisamente, como canal de expresión de la intensa actividad musical de la ciudad.

 Por Diego Fischerman

Desde Mar del Plata

Un festival musical puede ser una mera cuestión comercial. Puede, cuando se realiza en un lugar particularmente bello, estar ligado a alguna apuesta destinada a fomentar el turismo. Es posible, también, que sea un encuentro entre músicos; una ocasión para el intercambio y para tocar con quienes no se lo hace habitualmente o, de una manera más prosaica, simplemente tener dónde y cuándo tocar. Nada de eso está mal. Pero el festival que organizó la ONG Improvisación Colectiva de Mar del Plata, en esa ciudad, trasciende en mucho cualquiera de esas intenciones.

Al escuchar un ensamble como el que formó el notable guitarrista Marcos Basso, donde estudiantes y músicos profesionales de la ciudad tocan arreglos originales y pensados especialmente para ellos, o un contrabajista como Martín de Lassaletta y sus participaciones en ese grupo y con el pianista colombiano Holman Alvarez, ambos también organizadores del encuentro, se percibe que, en este caso, no es el festival el que crea la actividad sino que, por el contrario, un movimiento musical efervescente ha buscado un canal de expresión. En un sentido, la pujanza y salud del jazz marplatense tienen también otros perfiles que están dados por la relación con otros festivales y con instituciones educativas de otra parte del país. De Lassaletta reconoce como un modelo, por ejemplo, al Festival de El Bolsón. Allí también son los músicos los que han generado sus posibilidades de encuentro haciéndola después extensiva a los oyentes. Y en el paisaje se recorta, inevitable, la influencia que ha tenido en los últimos años la creación de la carrera de jazz –que dirige Ernesto Jodos– en el Conservatorio Manuel de Falla de Buenos Aires. Allí estudiaron o lo hacen actualmente varios de los músicos de diversas ciudades e incluso de otros países, como el excelente Holman Alvarez, que deslumbró en su presentación junto a De Lassaletta y el fantástico baterista rosarino Luciano Ruggieri.

Más allá del nivel técnico de este pianista, sorprende la belleza y originalidad de sus composiciones y la precisión y fuerza de un trío donde sus integrantes se ajustan unos a otros como piezas de un improbable rompecabezas. Con algo de los primeros tríos del sueco Bobo Stenson y de Paul Bley, quien fue, para él y para muchos de los músicos de las últimas décadas, una referencia fundamental, los temas de Alvarez son fuertemente asimétricos, trabajan con maestría los contrastes y los efectos suspensivos del silencio y despliegan un arco expresivo de riqueza infrecuente. De Lassaletta se maneja con comodidad tanto con el arco como tocando con los dedos y Ruggieri, con una precisión, una imaginación y un empuje motor permanente, resulta un eslabón fundamental para una música que no se conforma con los moldes estandarizados del bop y sus herencias sino que, aun cuando de allí sale, bucea, cada vez que puede, por territorios bien riesgosos. En el final de la noche del jueves, se presentó un trío tan atípico como seductor, el que conforman dos percusionistas, el casi legendario Luis Agudo (alguien que ha tocado con Baden Powell y Elvin Jones, entre muchos otros), y el exquisito Pepi Taveira, junto al saxofonista y flautista Pablo Puntoriero. Los tres intercambian roles, usan la voz, utilizan con fluidez instrumentos del jazz pero también, xilofones africanos, berimbao, silbatos o una manguera reticulada que, al girar a distintas velocidades suena con diferentes armónicos. Varios de los temas les pertenecen y, cuando no es así, de todas maneras hay una saludable apropiación. Coltrane o Pharoah Sanders, en sus manos, suenan más a ellos que a sí mismos. Y está bien que así sea. El trío, humorísticamente, se llama Promedio. Pero nada hay allí de medianía. Ayer, a la noche, y luego de una jornada que había comenzado con salsa y funk en la Plaza San Martín, frente a la Catedral, actuaban el Mono Fontana, el quinteto con doble base de Ernesto Jodos y el cuarteto del saxofonista paulista Anderson Quevedo.

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El pianista colombiano Holman Alvarez deslumbró junto a Martín De Lassaletta y Luciano Ruggieri.
 
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