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Jueves, 19 de enero de 2012

MUSICA › JOSé MIEL Y LA ARRIESGADA APUESTA DE LA MANTIS RELIGIOSA

La religión se hace canción

Los tucumanos Sebastián y Leandro Díaz Romero, habituados a moverse con comodidad tanto en el folklore como en el rock, lanzaron el primer volumen de una trilogía centrada en cuestiones religiosas. Lo que no significa que se hayan dejado ganar por la solemnidad.

 Por Cristian Vitale

Sebastián y Leandro, los Díaz Romero, son dos hermanos tucumanos que tienen un grupo de rock –José Miel– cuyo pasado cuenta con un epónimo disco debut, una muy buena versión en clave de baguala de “El largo día de vivir” –lado B de Miguel Abuelo– incluido en el tributo Quiero ser Abuelo, y ciertas menciones positivas en suplementos de rock de tirada masiva. Son, viene al caso, hijos de padre católico y madre judía. Cursaron la primaria en una escuela católica ortodoxa y la secundaria en un colegio judío, y llevan –de manera casi axiomática– la carga de la culpa en las venas. “Igual, en los dos casos éramos un poco infiltrados”, se ríe Sebastián, “De alguna manera pudimos tener una mirada distanciada de los comportamientos dogmáticos que tienen las personas por prejuicios”, redondea. Viene al caso porque este dúo, acompañado por Joaquín Franco en batería, Nicolás Franco en violín, Carlos Sáenz Landaburu en piano, Agustín Uriburu en cello, Luciana Tagliapietra en voz, Gastón Orlando en violín, Maru Radivoy en saxo y Fermín Kehoe en flauta, acaba de editar una obra ambiciosa: un disco conceptual dividido en tres volúmenes (acústico, pop y rock) unificados y fundamentados por una temática atípica para el rock: la religión y sus estelas. “Creo que hacer un disco sobre la culpa sirve para exorcizar la carga que uno lleva adentro”, define Sebastián, voz, guitarra y autor de casi todos los temas.

La mantis religiosa, tal su nombre, acaba de mostrar su primera parte (la acústica) que paradójicamente es el volumen tres, y el resto será editado en forma decreciente: volumen 2, pop; y volumen 1, rock. Según Leandro, pianista y bajista, se trata de empezar por el final de una historia que será contada de a poco “hasta llegar al principio”. “Son complemento y a la vez continuidad –arriesga–, porque poder separar los discos en tres volúmenes por estilos nos da la posibilidad de un desarrollo más estético en cada caso. Podemos llevar cada estilo al límite.” El estilo llevado al límite del volumen III, el principio del final, es un remanso de sonidos despojados, sutiles, vinculados con lo etéreo. Los Díaz Romero exponen salmos mundanos, catárticos, como mirándose en el espejo de lo más claro de Leonard Cohen –si es que hay tal claridad–, pero con pulso criollo. “Spinetta, García, Nebbia, Moris, Abuelo, Páez y Cerati, todos ellos son referentes muy importantes para nosotros... están en la base de cada canción que hacemos, aunque como la música tiene que ver con el paisaje, diría Atahualpa Yupanqui, el rock nacional ha sido muy urbano, y quizás le ha faltado silencio”, dicen.

–El que ustedes aportan con la Mantis, tal vez....

Leandro Díaz Romero: –Tal vez, sí, porque la pausa no es algo muy propio de una gran ciudad. Quizás al ser del interior ése sea nuestro pequeño aporte.

–¿Por qué la impronta religiosa de la trilogía?

Sebastián Díaz Romero: –Podría empezar contestando que la búsqueda de identidad es inherente a todo ser humano. Se supone que si yo alcanzo esta búsqueda puedo trascender. Por otro lado, yo no sé cómo se refleja mi imagen en el otro, y si éste, a la vez, tiene una idea diferente de mí mismo. Como esto no lo puedo saber, ahí aparece la angustia. Por ende, buscamos imágenes que les otorgamos carácter “religioso” y por medio de ellas podemos trascender, ya que éstas son puras e inmaculadas, no corruptibles como nuestra humanidad. Un arranque muy filosófico, ¿no? (risas).

Otra forma de explicarlo sería a través de “Sacrum Septenarium”, uno de los sacrotemas cuya letra deviene de un rezo del 1200 (Veni Sancte Spiritus) y cuyo nombre, pasado del latín al castellano, significa “siete sagrados dones”. Explica el guitarrista: “De por sí el siete es un número utilizado por todas las religiones y la cultura en general: siete días de la semana, siete notas musicales, siete chakras, siete mares, en fin... ese orden funcionaba conceptualmente bien para darle cierto toque de misticismo al disco, y por sobre todo de catolicismo oscurantista, algo que me interesaba mucho para este volumen. Le pusimos música de canto gregoriano para darle al ambiente y lo loco es que se dio bastante natural: le dije a Leandro ‘vamos a hacer un canto gregoriano’ y empecé a cantar algo, después encontré la letra y fui improvisando notas, mientras mi hermano cantaba lo mismo a distancia de quintas”.

–Un clima de quietud y remanso que se rompe con “Almagro” ¿responde a la parte “urbana” que liga con sus influencias rockeras?

L. D. R.: –Tal vez, pero también para trazar un puente estético con los otros dos volúmenes. Es la canción más urbana de este disco que, al tener una mirada teológica, desarrolla diferentes momentos como nacimiento, vida, muerte y resurrección. Esta canción funciona como puente hacia el clímax de la vida y luego el decaimiento hacia la muerte.

–¿Y “La falda de la serpiente”?, ese mantra que parece una locura...

S. D. R.: –¡Ja!, sí, es una frase que me llamó mucho la atención. Para este disco estuve investigando sobre historias míticas de las antiguas civilizaciones y existe un elemento común en las culturas, que es la historia de una mujer que en su carácter de virgen queda embarazada por una serpiente, sin la intervención de ningún hombre. En ese sentido me llamó la atención el carácter fálico simbólico de la imagen de Coatlicue (deidad de los mexicas) que en castellano significa “la falda de la serpiente”. Esta imagen tiene la dualidad de ser la madre de la fertilidad como también de la muerte.

–¿Optan por la fe o la razón? La obra parece indagar en aquella vieja polémica jamás zanjada.

S. D. R.: –Una polémica un poco medieval, ¿no? (Risas.) En realidad, pensándolo bien, no creo que estén enfrentadas, más bien coexisten una con otra. La fe aparece en el límite que la razón se impone. O sea, para todo lo que no puede explicar la razón, aparece la fe. A medida que la razón puede explicar más cosas que nos rodean, los límites entre éstas se van corriendo. La palabra fe, quitando el carácter netamente religioso, significa confianza. En nuestra vida tenemos muchos actos de confianza que no razonamos... cuando somos niños creemos en nuestros padres y obedecemos muchas veces sin entender racionalmente.

–Dado el carácter en cierto sentido crítico del disco, ¿han recibido algún intento de censura o reproche, por ejemplo, por haber expuesto la imagen de la Virgen de Guadalupe en la tapa?

L. D. R.: –No hubo quejas muy graves por el momento. La Virgen de Guadalupe es un símbolo bello e inspirador que tiene como rasgo distintivo ser la primera virgen indígena de Latinoamérica, con todo lo que ello implica. Cuando grabamos un sonido de campanas, fuimos a la iglesia de Guadalupe, que queda en Palermo, y nos pidieron que lleváramos la grabación, pero todavía no nos animamos a ir.

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“Pudimos tener una mirada distanciada de los comportamientos dogmáticos, prejuiciosos”, dice el dúo.
 
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