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Viernes, 17 de mayo de 2013

MUSICA › NOTABLE RECITAL DEL ESTADOUNIDENSE-CANADIENSE RUFUS WAINWRIGHT EN EL TEATRO GRAN REX

El universo simbólico de una voz

En su primera visita a la Argentina, el músico brindó un show despojado, apenas acompañado por su piano y su guitarra. Su versatilidad interpretativa estuvo al servicio de canciones capaces de contar breves y perfectas historias.

 Por Diego Fischerman

Jeff Buckley cantó “Hallelujah”, de Leonard Cohen. Rufus Wainwright, que interpretó esa misma canción en la banda sonora del film Shrek, dedica a Buckley, que murió ahogado, “Memphis Skyline”, una canción donde, sin nombrarlo, cuenta su historia como la de Orfeo descendiendo bajo el Mississippi. Wainwright es, además, una especie de extraño protoyerno de Leonard Cohen, el abuelo de Viva, la hija que tuvo con Lorca Cohen y que el cantante cría junto a su marido Jörn Weisbrodt. Círculos, cadenas de referencias y un cierto mundo intelectual muy de la Costa Este, con el que la gran revelación del mundo pop de los últimos años construye su universo.

Con una voz extraordinaria –en el doble sentido de esa palabra: tan rara como magnífica–, timbre cristalino, un vibrato cálido y sumamente inusual en la canción heredera del pop y el rock de los ’60 y con fuentes que unen a Paul McCartney, David Bowie y Elton John con Cole Porter –que, a su vez, es admirado por todos ellos– y piezas capaces de contar breves y perfectas historias, como la de la adolescente que, ya casada con el ejecutivo de una compañía, cuenta –se cuenta– que nunca amó a otro que al profesor de artes de la escuela, con quien nunca se atrevió a hablar, actuó en Buenos Aires a solas. Acompañándose desmañado en el piano y, aún más tosco, en la guitarra, recorrió el repertorio que va desde su fundante Rufus Wainwright, de 1998 –saludado con unanimidad como el gran desembarco de una nueva estrella– hasta el reciente Out of the Game, comenzando con “The Art Teacher”, incluido en Want Two, de 2004, y terminando con la bellísima “Pretty Things” seguida por “Monatauk” y “Cigarettes & Chocolate Milk”, el pequeño himno a las pequeñas adicciones que abre el disco Poses. El primer bis, luego de la ovación que premió una presentación contundente y exacta, fue la canción que daba nombre a ese disco, de 2001, y, en un segundo bloque, “Foolish Love” (la apertura de su primer álbum y “La complainte de la butte”, del film Moulin Rouge).

Más allá de la fascinación con su personaje, constreñir a Wainwright a su papel simbólico y su condición de icono gay sería absolutamente injusto tanto con sus condiciones como cantante como con sus canciones. Con una sencillez y falta de impostación llamativas, Wainwright no cuenta tonterías. Sus temas, aunque rocen la acuarela en escenas domésticas aparentemente insignificantes, tienen siempre un punto de tensión, a veces dado por el propio tratamiento del tema, por una frase que pone en entredicho al resto de la letra, por un matiz o por una contradicción exquisita, y en ocasiones por elementos musicales: las melodías quebradas, casi manieristas en sus saltos de registro; los versos que rompen la simetría en los momentos menos esperados, una determinada manera de interpretarlas.

“Matineé Idol”, una especie de tango dedicado a River Phoenix, la espera de una llamada en “Vibrate”, “Beauty Mark”, sobre la relación de Wainwright con su madre, la cantante folk Kathy McGarrigle, o la aparentemente festiva “Martha”, en que deja mensajes en el contestador automático de su hermana, pidiéndole que visite a su madre, ya enferma, están entre lo mejor de su producción y estuvieron, también, entre lo mejor de la noche. Wainwright actualiza, en todo caso, un viejo tópico de la canción pop: el pacto autobiográfico que rige la relación del artista con su obra y la de ambos con el público. A diferencia de un cantante clásico (un modelo con el que Wainwright gusta medirse), aquí no se trata de un profesional capaz de poner sus artificios al servicio de cualquier historia, por buena que ésta sea. Wainwright lleva hasta el paroxismo ese juego de identificación entre arte y artista. Aun donde el personaje es otro, de manera ostensible (la adolescente de “The Art Teacher”, por ejemplo) el cantante logra imponer la sospecha de que esa joven es –o ha sido– él mismo. Todas las historias que canta son sus historias. O así lo parece. Ese coqueteo con la desnudez y con el pudor, con la confesión y la vergüenza, alimenta gran parte del encanto de Wainwright sobre el escenario. Un encanto modelado con precisas dosis de humor y melancolía.

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El personaje Wainwright produce fascinación en sus fans. Su música, también.
Imagen: Joaquín Salguero
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