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Viernes, 17 de mayo de 2013

CINE › SOFIA COPPOLA PRESENTO THE BLING RING EN UN CERTAIN REGARD

Robos y fetichismo adolescente

La directora de The Virgin Suicides inauguró la segunda competencia en importancia del festival con la historia del grupo de estudiantes secundarios que entre 2008 y 2009 llegó a robar más de tres millones de dólares en joyas y vestuarios de famosos de Hollywood.

 Por Luciano Monteagudo

Desde Cannes

El narcisismo y la hiperexposición mediática están en el centro de The Bling Ring.

El caso es real y no suena descabellado en la Costa Azul, al menos durante el Festival de Cannes, donde más de una vez alguno de sus huéspedes más famosos (y otros no tanto) fueron saqueados de sus pertenencias, no siempre por ladrones comunes. Entre 2008 y 2009, un grupo de adolescentes de una escuela secundaria cercana a Hollywood llegó a robar más de tres millones de dólares en joyas y vestuarios de famosos de la zona, entre ellos Paris Hilton, Lindsay Lohan, Orlando Bloom y Megan Fox. Cuatro chicas y un muchacho, de entre 16 y 17 años y de familias acomodadas, fans de las nuevas figuras del mundo del espectáculo, seguían los movimientos de sus ídolos por Internet, Facebook y Twitter, y aprovechaban a entrar en sus mansiones cuando los dueños salían de fiesta. Así de fácil. Se los conoció como The Bling Ring (La pandilla de las joyas) y ése es el título y la historia de la nueva película de Sofia Coppola, que inauguró ayer la sección Un Certain Regard, la segunda competencia en importancia en el Festival de Cannes.

Seguramente no había una directora más preparada para el tema que la hija del director de El Padrino, que tiene una sensibilidad especial para el universo adolescente (como lo demostró tanto en su primera película, The Virgin Suicides, como en su versión teen de María Antonieta), a la vez que entiende muy bien el mundo del show business (como fue el caso de Somewhere, su película inmediatamente anterior, premiada con el León de Oro en la Mostra de Venecia 2011). Y ahora The Bling Ring –que ayer hegemonizó la atención de Cannes, convertido por segundo día consecutivo en una sucursal de Hollywood, después de la apertura con El gran Gatsby– viene a unir estas dos vertientes de su cine, que hasta ahora parecían correr por carriles diferentes. Tal como afirmó la propia Co-ppola aquí, su película no es exactamente un cuento moral: “Traté de ser empática con los personajes, de no juzgarlos. No quiero decir que lo que hicieron está bien, pero preferí dejarle al público formarse su propia opinión. Nunca me gustó decirles a mis espectadores qué es lo que tienen que sentir. Me interesaba mostrar la cultura que está detrás de esas acciones”. Y se diría que eso es lo que The Bling Ring hace mejor: dar cuenta del fetichismo que anida en cierta cultura teenager, la obsesión por las marcas, por el diseño y por las etiquetas. Y por el valor agregado que suman según quién las luzca y dónde.

El narcisismo y la hiperexposición mediática también están en el centro de The Bling Ring, como si los chicos –en una espiral de círculos concéntricos– no pudieran sino replicar con sus celulares y sus redes sociales los mismos comportamientos de quienes son sus figuras tutelares, tanto o más adolescentes que ellos mismos. Como Lindsay Lohan, que hace poco fue acusada, en un rodaje, por el robo de una joya que perteneció a Elizabeth Taylor. De hecho, Lohan aparece citada más de una vez en la película de Coppola, que a su vez rodó varias escenas cruciales en la verdadera mansión de Paris Hilton, con guardarropas inmensos como museos, que provocan en la pandilla una suerte de éxtasis orgiástico. Lo que se extraña en The Bling Ring es, en todo caso, el potencial subversivo que tiene, por ejemplo, Spring Breakers: viviendo al límite, la película de Harmony Korine que actualmente está en cartel en Buenos Aires. Mientras el film de Korine lleva la pulsión por el hedonismo y el peligro de sus adolescentes hasta las últimas consecuencias, la película de Sofia Coppola prefiere, en cambio, quedarse en el terreno más seguro de la crítica social con aires de comedia. La insoportable levedad del ser siempre fue una de las marcas de fábrica de su cine y su nueva película (donde se reconoce su firma desde las primeras tomas, hechas a puro vértigo y color) no la traiciona.

En cualquier caso, The Bling Ring se impuso con creces a las dos primeras películas del concurso oficial por la Palma de Oro, que también tienen a adolescentes en el centro de sus temas. La francesa Jeune & Jolie (Joven y bella) marca el regreso de François Ozon a la competencia de Cannes después de La piscina, en 2003. Tan prolífico como irregular, el ex enfant terrible del cine francés hace ya mucho que dejó de serlo –quizá desde sus tiempos de Gotas que caen sobre rocas calientes (2000), cuando adaptaba a Fassbinder– y su décimo cuarto largometraje no deja de ser un film correcto, pero menor, sobre un tema que ya fue tratado antes y mejor.

La sinopsis oficial de Jeune & Jolie define a la película en una única línea: “El retrato de una chica de 17 años en cuatro estaciones y cuatro canciones”. En el paso que va de un verano en familia a la siguiente primavera (y las correspondientes canciones de Françoise Hardy que la acompañan), Isabelle descubre su cuerpo y lo que puede hacer con él, desde su primera relación sexual en la playa, con un novio circunstancial, hasta su decisión de ejercer la prostitución con hombres mayores, con quienes se relaciona a través de Internet. Nada de su entorno social la empuja a ello. Vive en una familia de la burguesía parisina y no la mueve el dinero, sino el deseo de jugar con la novedad y el peligro. El problema con la película de Ozon es que esa premisa está más en sus proclamadas intenciones que en el film en sí mismo, que nunca deja de ser un pequeño drama burgués sin consecuencias. Con un tema similar estaba mucho más lograda Elles, la película de la polaca Malgoska Szumowska estrenada el año pasado en la Argentina, con Juliette Binoche como una periodista que investigaba el fenómeno creciente de la prostitución en jóvenes estudiantes de clase media.

En México, en todo caso, los jóvenes –sobre todo los de las clases más desposeídas– están mucho peor, según la sórdida visión de Heli, el film de Amat Escalante que es el único latinoamericano en competencia oficial. Con Sangre (2003) y Los bastardos (2008), presentadas también en Cannes, fuera de concurso, Escalante ya se había apuntado cierta fama de salvaje, por la brutal descripción de la violencia en su país. Pero en Heli ha ido aún más lejos, al incluir una larga escena de tortura y muerte de un adolescente, a manos de otros chicos de su propia edad, todos envueltos en el tráfico de drogas. El propio film da cuenta de que la televisión mexicana es la primera en darle prioridad al sensacionalismo y mostrar sin pruritos los detalles más macabros de los ajusticiamientos y decapitaciones. Pero, más allá de su evidente condena a las instituciones (la policía, el ejército, la Justicia), que forman parte de esa trama macabra, Heli cae en su propia trampa: la de convertir a la violencia en un espectáculo en sí mismo. Eso es algo que el cine de Carlos Reygadas (padrino cinematográfico de Escalante y coproductor de su película a través de su compañía Mantarraya) nunca hizo. Pero que el cine mexicano actual –Después de Lucía (2012), de Michel Franco, es otro ejemplo reciente– está cada vez más inclinado a hacer, como si practicar el sadismo sobre el espectador fuera su mejor carta de presentación en el mundo.

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