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Martes, 27 de agosto de 2013

MUSICA › DANCING MOOD Y OTRA NOCHE INOLVIDABLE EN EL LUNA PARK

Festivo calor de los vientos

La multitudinaria banda que comanda el trompetista Hugo Lobo tuvo otra velada para el recuerdo, que no necesitó un desfile de invitados para desatar la fiesta: bastó con sus músicos, capaces de brillar como solistas y a la vez fundirse en una máquina de ritmo.

 Por Juan Ignacio Provéndola

Su primera vez había sido en 2008. Un jueves de primavera en el que reeditaron en vivo el formato Deluxe, con el soporte de cuarenta músicos de orquesta más una larga lista de ilustres invitados que jerarquizaron el estreno. Pero esta luna fue distinta. Unica y brillante: después de trece años de ejercicio de la más absoluta de las independencias artísticas y logísticas, Dancing Mood llenó el palacio de los deportes sin más estridencias que la exhibición del capital acumulado a lo largo de sus creaciones y audacias. Si lo simple y bueno es doblemente bueno, el combo liderado por Hugo Lobo apeló a esto como un mantra que se repitió a lo largo de las casi tres horas de un show en el que, a diferencia de otras presentaciones similares (en salas como el Opera y el Gran Rex, o aquella multitudinaria puesta callejera celebrando sus 100 Nicetos), no contó con trajes de gala ni numerosos convidados, sino con la monolítica exhibición del grupo, más algunos invitados puntuales y estelares como Lynval Golding, cantante y guitarrista de The Specials, fundacional grupo del ska two tone.

El reloj marcaba las 20.30 del domingo cuando la banda salió al escenario. “Dancing Mood en el Luna Park... a disfrutar, muchachos”, invitó Lobo mientras comenzaba a sonar “Dandimite”, del alemán Dr. Ring Ding, una excelente versión que agrupa el inventario de las virtudes del grupo en un síncope a navajazos, vientos violentos, fraseos coreables y los suficientes momentos de distensión para el lucimiento individual de cada músico. Son catorce talentos, más de la mitad de ellos en distintas variables de vientos que van desde la trompeta protagónica de Hugo Lobo hasta el trío de trombones (pasando también por dos saxos, una flauta traversa y una armónica), aunque también con aportes en guitarras, bajo, teclados, batería y percusión. Lejos de personalismos, la clave de la propuesta radica en la convivencia armónica y alegre (en los más amplios sentidos para cada término) de instrumentos que intercambian permanentemente roles de protagonismo o de acompañamiento de acuerdo con las exigencias de cada canción.

El paso del tiempo y la abundancia de un repertorio fértil para los gustos y las destrezas de cada músico aceitaron la fina ingeniería de un engranaje que funciona siempre con más soltura y nobleza. Los que siguen a la banda lo notan y lo entienden en la generalidad global del concepto (que se resume en la justeza de cada canción), y también en la individualidad de cada integrante que se anima a colgar su instrumento para dejarse invadir por la energía que fluye y brota, y ponerse a bailar. En definitiva, no hace falta oler a naftalina para tocar música de conservatorio y ganarse el clamor popular en un clima de absoluta festividad, lo cual sería pecado no resaltar, aun a pesar de que ya se haya dicho en otra oportunidad.

Deudores de un amplio abono que involucra a John Coltrane, Toots & The Maytals, Count Basie y Earth, Wind and Fire o Charlie Parker, Dancing Mood se mueve indistintamente entre el reggae, el rocksteady, el soul y el jazz, cumpliendo una función didáctica entre un público que descubre autores y compositores de manera desprejuiciada (por eso se celebran incluso algunas líneas escondidas de Xuxa, Charly García o Michael Jackson) y se apropia de las canciones sin interesarse por las definiciones de diccionario. Porque el intercambio que se produce a ambos márgenes no es cognitivo ni intelectual, sino químico: la música se siente o se desecha, y en este caso no tiene ni un ápice de desperdicio. Aunque, por supuesto, hay preferencias, y ahí aparecen esas interpretaciones casi épicas de puro ska instrumental en las que se pone de manifiesto un sinnúmero de ritualidades propias de nuestra cultura como, por ejemplo, la necesidad de corear y acompañar los fraseos como una forma de certificar la celebración (y también como mecanismo para sustituir la falta de un cantante). En ese sentido, nada más fiable que el repaso por The Skatalites (la mayor influencia que Hugo Lobo ha evidenciado en sus ocho discos) a través de “Confucious”, “Latin Goes Ska”, “Exodus” y los dos himnos del grupo: “Police Woman” y “Occupation”, cierre de la noche con el infaltable trencito de mil vagones humanos sin diferendos de géneros ni de edades.

Este show tuvo una promesa y una excusa. Por un lado, presentar algunas canciones nuevas de propia autoría, una sensibilidad que el trompetista porta de antaño, pero que recién decidió hacerla pública en los últimos tiempos. Para el caso, la muestra estuvo con “Song Son” (dedicado a Ramón, su hijo, el tercer Lobo presente en el Luna junto a Rubén padre, quien subió a tocar los timbales) y “Ska Explotion”, nombre también del próximo disco. Pero también significó este Luna Park un cierre a todo ruido de la etapa marcada por Non Stop, aquel disco triple con el que el grupo recorrió el árbol genealógico de la historia del ska con la participación de varios de sus protagonistas. El brillo final lo ofreció uno de ellos, el jamaiquino Golding (ya había estado el año pasado), quien montó su propio espectáculo dentro del espectáculo aportando guitarra, voz, su verba y su magnetismo en varios temas de The Specials como “A Message to you, Rudy”, “Do Nothing”, “Big Monkey Man” o “Enjoy yourself”.

“Es muy importante para noso-tros hacer esto de la manera que lo hacemos, con nuestra independencia. Muchas gracias por todo, vieja”, dijo Hugo Lobo, como despedida, después de haber cortado con su fuego y el de los suyos una de las noches más frías de este invierno porteño, en otro capítulo increíble e inexplicable de este universo musical paralelo llamado Dancing Mood.

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Durante tres horas, el grupo hizo una monolítica exhibición de ritmos jamaiquinos.
Imagen: Joaquín Salguero
 
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