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Lunes, 2 de diciembre de 2013

MUSICA › DIVIDIDOS CELEBRO SUS VEINTICINCO AÑOS CON UN CONCIERTO ANTE 12 MIL PERSONAS

Una banda de y para nenes de antes

El sábado, en Mandarine Park, el trío reafirmó que su ética aparece invadida por un espíritu que se basa en la improvisación, el pulso vivo, virtuosismo, la relación simbiótica con el instrumento y la convicción de que la música todavía puede ser algo trascendente.

 Por Mario Yannoulas

El beat bolichero que sonaba de fondo entre canciones regalaba un atractivo contrapunto el sábado en el Mandarine Park. Detrás de la arboleda que daba de frente al escenario donde tocaba Divididos, desde algún rincón de Punta Carrasco, provenía un sonido mecanizado muchas veces ligado a la diversión. Hoy, la ética de Divididos aparece invadida por un espíritu setentoso que se basa en principios contrarios a ése: improvisación, pulso vivo, virtuosismo, relación simbiótica con el instrumento, convicción de que la música todavía puede ser algo trascendente.

Catriel Ciavarella toca con el entusiasmo de un cachorro. Descarga cada golpe como si fuera el último –hasta cuando el momento pide paz–, como quien realiza el sueño del pibe aun a casi diez años de haberse sumado a la banda de la que siempre fue fanático. La remera de Divididos que lució es la afirmación material de eso. Y aunque parezca extraño, teniendo en cuenta que Ricardo Mollo y Diego Arnedo son dos de los músicos más respetados del rock local, es el baterista quien le imprime el color sepia de los ’70 al trío: la intuición lo arrebata para cagar a palos a la Ludwig que usaba John Bonham, pensando en el vivo como la explosión más legítima del rock and roll.

El concierto, que tuvo su origen en el estudio de radio de Mario Pergolini, contaba con doble excusa: la celebración de los 25 años del grupo y la oportunidad de “cerrar el año” al aire libre, algo que el trío había dejado de hacer en Buenos Aires. Las entradas se agotaron para las doce mil personas que colmaron el predio, por eso se convocó a una nueva fecha el jueves 19 de diciembre en El Teatro de Flores. Y si la previa ya había sido endulzada con videos de Lynyrd Skynyrd, Led Zeppelin, Creedence y EL&P –todos propios de la misma década–, la apertura de la cuenta con “El 38” le dio a Ciavarella la oportunidad de marcar su preferencia con el aporreo impiadoso del hi-hat y el final al estilo “Rock and Roll”. Entre estos clips y la aparición de los protagonistas, se proyectó un video que recogió en fotos la historia completa del grupo. Desde los primeros ensayos, en los que la soledad de Mollo y Arnedo se objetivaba en una caja de ritmos y aún les costaba desprenderse de la teta de Sumo, hasta la gloriosa entrada del trío al siglo XXI, con la publicación de Narigón del siglo y lo que vino después.

La seguidilla con “Paraguay”, “Tanto Anteojo”, y “Alma de Budín” confirmó que los conciertos de Divididos tienen códigos propios. La potencia arrolladora va a dar lugar a la calma, que a su vez abrirá paso a más potencia arrolladora. Y todo eso en más de tres horas. “Traten de no hacer tanta presión, salten para arriba, no para adelante, es una sumatoria”, solicitó Mollo a los presentes cuando parecía que una valla se desvanecía. “Esperemos que el vallado no se convierta en U”, bromeó antes del primer corte de su último disco, aunque debió pedir lo mismo algunas veces más.

El repertorio tuvo material de sus trabajos más aclamados: Acariciando lo áspero (“Voodoo Chile”, “Qué tal”, con un delicioso slapping de Arnedo), La era de la boludez (“Salir a comprar”), Narigón del siglo (“Elefantes en Europa”, “Spaghetti del rock”, “Ñapi de mamá”) y el relativamente reciente Amapola del 66 (“Mantecoso”, “Perro funk”). No hubo espacio para Vengo del placard de otro, su placa menos poderosa, ni para Otroletravaladna, aquella muestra de irreverencia en la que respondieron con un cachetazo digno de Frank Zappa a las caricias de la industria. Y aunque la escenografía estuviera decorada con esos muñequitos intemporales que poblaban la tapa de su primer disco, de Cuarenta dibujos ahí en el piso sólo sonó un fragmento de “Camarón Bombay”, en el que Mollo evitó cantar el célebre fragmento que lo separa de los rastas vernáculos. Todo eso, en medio de una versión extrema de “Azulejo”, que además agregó una nueva foto a la historia del trío: la de Mollo tocando la guitarra con una zanahoria, en medio de ese random de objetos que llueven desde el público para que el guitarrista haga su gracia. El efecto del vegetal rallándose sobre las cuerdas fue memorable.

El primer plano de la Luna fue tan obvio como efectivo, y para “Sisters” la conexión entre el espacio y las personas llegó a su clímax. Antes, la introducción de “Par Mil”, en la que Mollo invitó al público a participar del próximo Buenos Aires Medita: “Para mirar un poco hacia adentro y encarar de otra manera esta situación social, a veces tan agresiva”. Un puñado de covers creados en los ’70 empezó a bajar el telón: “Sucio y desprolijo”, de Pappo’s Blues; “Salgan al sol”, de Billy Bond y la Pesada; más citas pasajeras a Deep Purple y Zeppelin. Otros clásicos como “Rasputín”, “Paisano de Hurlingham” y “Aladelta” tendieron la mesa para el postre: una entrega maratónica de “Sobrio a las piñas” y una doble cita a Sumo, con “Crua-chan” y “Nextweek”.

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Ricardo Mollo llegó a tocar un solo con una zanahoria durante el show del sábado.
Imagen: Verónica Martinez
 
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