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Miércoles, 12 de marzo de 2014

MUSICA › SANTIAGO VáZQUEZ, ANTE SU DISCO EPóNIMO Y SU BúSQUEDA DE UN CAMBIO DE RUMBO

“Ahora estoy investigando pero hacia adentro”

En el álbum que aparecerá próximamente, el percusionista se muestra como cantor de sensibilidad extrema, tras haberse alejado de La Bomba de Tiempo y Puente Celeste, dos de los colectivos que creó: “Estoy dándole al momento la posibilidad de que se exprese”.

 Por Gloria Guerrero

Puede sonar raro, eso de “cambiar de golpe, pero sin dejar de ser uno mismo en absoluto”. Santiago Vázquez sostiene el concepto con enorme entusiasmo, grandes perspectivas y una envidiable “organicidad” (sic) al respecto.

Las palabras se le agolpan. No deja de ser obvio que algo se le agolpe a quien ha vivido a los golpes: al igual que la mayor parte de la grey de los buenos percusionistas del mundo, Vázquez arrancó antes de la primaria golpeando –en su caso, con palillos para comida china– libros, cacerolas y tapitas de casetes sobre una alfombra, a guisa de set de batería. Hoy, a los 41, lleva dentro de su mochila (pesada, la mochila de un baterista) una historia fenomenal que incluye una primera gira internacional a los 17; años de estudio de dirección orquestal en el California Institute of Arts y escenarios compartidos con verdaderos maestros. Entre otros, Roberto Goyeneche, Dino Saluzzi, Luis Salinas, Néstor Marconi, Pedro Aznar, el Mono Fontana, Lito Vitale, el serbio Miroslav Tadic, el norteamericano Richard Schindell y el grande brasileño Vitor Ramil.

Santiago Vázquez fundó y dirigió La Bomba de Tiempo, uno de los fenómenos socioculturales más interesantes de la última década (“Sí, 1500 personas por semana durante años, en el Konex, una locura, una locura...”), y también su accesorio sonoro paralelo: La Grande. Antes, su banda Puente Celeste arrasaba en los premios a la excelencia en su género. Antes aun, había imaginado el Colectivo Eterofónico (bromeando con la heterofonía, textura musical caracterizada por la variación simultánea de una sola línea melódica); antes todavía, había sido Será Una Noche. Y también hizo el grupo de Mbiras de Buenos Aires. La mbira es un antiquísimo instrumento sonoro africano con paletas de metal o bambú (Zimbabwe lo considera su “instrumento nacional”). En 1995, el entonces joven Vázquez se mandó un disco loco-autóctono con eso: Mbira y Pampa.

Ahora es 2014. “Dejé la Bomba, dejé Puente Celeste, está el Cerps... La Grande fue como una exploración sobre algo que me interesa continuar, pero integrado a mis nuevas canciones. Es seguir el hilo de este Lenguaje Con Señas (véase nota aparte) y cómo puede usarse, también, dentro del mundo de la armonía y de la melodía, no sólo del ritmo”, dice.

Vázquez se la ha pasado investigando de todo, todo el tiempo. ¿Y qué está investigando ahora? “Hasta ahora vine investigando cosas, ideas, asuntos fuera de mí. Y ahora diría que estoy investigando para adentro”, dice.

Está golpeando para adentro.

Santiago Vázquez (se llama así, no más) sale en un par de semanas; es su cuarto álbum como solista y –si las cuentas no fallan– el decimosexto del Artista Antes Conocido como Grupal. “Este disco soy yo, como canción, y en el aspecto más humano de lo que sería, digamos, el argumento de la vida; de la mía en particular. Es la primera vez que estoy tratando de sumergirme en la parte emocional de mi momento, y de los otros momentos... que es lo que en realidad suele hacer la mayoría de los músicos, por lo menos los que hacen música con letras.

–¿Eso hace la mayoría, en serio?

–Bueno, tiene razón (se ríe). Pero creo que hoy éste es mi principal cambio. Es que yo no sentía, hasta ahora, que la música fuera “mi expresión”...

Es difícil de entender que semejante profesional de la percusión recién hoy (y con semejante mochila) reconozca tener acceso a “la música como expresión”, si se considera que precisamente el ritmo, lo ancestral, lo primario, resultan la expresión básica de la humanidad. Después de un largo rato de charla acerca de tambores, Carl Jung, chamanismo, Marruecos y Bali, accede: “No, no, yo me refiero a que todo es interno y a que no hay forma de salir del Ser: la música –y el arte en general– sirve para eso, para generar un trance en el que uno sale del sujeto y se convierte en el mundo... Pero hay una búsqueda interior –que tiende a lo abstracto, a lo espiritual, no sé cómo llamarlo–, y hay otra cosa que es ‘hurgar en la emocionalidad humana’. Por eso hablaba del argumento humano, del guión de la vida. Me pasó esto: siento esto; esto no es abstracto. Puede ser también: ‘Me cagaron, estoy hasta las manos’ (risas). Tiene que ver con la emocionalidad carnal; no digo ‘buscar en lo infinito’, sino buscar dentro de lo finito, de la tensión de la vida. (Piensa.) Bah, no sé si estoy ‘buscando’, estoy dándole al momento la posibilidad de que se exprese...”.

–Qué feo; se arriesga a la posibilidad de buscar y de no encontrar nada...

–¡Puede ser, puede ser! (Se ríe.)¡No encontrás nada y te volvés... actor, qué sé yo!

Este nuevo disco es una nueva forma de Vázquez.

“El rumor de esas olitas es eco de mil batallas; sobrevivieron las gotas: unas cantan y otras callan. Y el río sigue bajando, y los peces y los pájaros ruedan limpios en el tiempo, sin saber que estoy cantando. Los fuegos artificiales –esas luces que se apagan– son galaxias a lo lejos, millones de almas sagradas. Y un palito acá en la tierra, al que nadie nunca riega, hoy se brotó en tres hojitas, para el sol que en luz lo ciega.” (“El marinero antiguo”.)

–¿Nada que ver con “El marinero anciano”, el poema de Coledridge (1798)?

–(Se sorprende.) ¿En serio? No, la verdad que no sabía.

–¿Ni en la versión de Iron Maiden?

–No, no la conozco.

–Y ahí, en esa canción, justo después de esos versos irrumpe un impensado coro de nenes y al oyente le explota la cabeza...

–No eran sólo nenes: eran también padres, madres, abuelos y abuelas... En el estudio estábamos todos como... uffff, llorando. Era muy fuerte estar con tus hijos, o con los nietos, compartiendo un canto que habla de algo que ni yo entiendo bien. Lo que te enseñaron tus bisabuelos, a quienes quizá ni siquiera conociste, y les estás hablando... a través de tus actos. Eso dice la canción.

En este disco, Vázquez no parece un baterista, en absoluto, pero puede explicarlo... más o menos. “En realidad, las canciones... yo no empecé... (se hace un nudo). Veamos: no soy un tamborero nato; no soy alguien que viene de ser un experto en tocar música afrobrasileña, ni soy un solista de yembé ni soy un baterista virtuoso”, miente. “No me hice baterista porque me gustaran el jazz o el rock: eso es el timbre y el ritmo. Después está el asunto de las melodías; la verdad es que camino por la calle y básicamente canto melodías; más que ritmos, lo que más circula en mi mente son melodías. Eso fue siempre así. Y bueno, también lo fui poniendo en el escenario, o en los discos, en canciones con Puente Celeste... La época de La Bomba de Tiempo fue, posiblemente, lo que más gente pudo conocer de mí. En mis shows de ahora, con mi grupo, sigo un nuevo camino. Un poco utilizo el Lenguaje con Señas y los temas se combinan.”

–Salir al ruedo como cantor de extrema sensibilidad, después de una carrera como la suya, parece algo loco.

–Sí, ya sé (sonríe). Es verdad que tengo que explicarlo bastante. Si bien hago canciones desde siempre, ya exploré demasiados otros asuntos, pero hay cosas que... A ver: no todo el mundo hace públicamente lo que le gusta hacer en privado. Hace falta cierto aplomo, cierta maduración. No soy un genio dionisíaco que “largue cosas”. Hay gente que efectivamente tiene esa personalidad de hacer todo “a la que salga”; lo mío, honestamente, es más fruto del trabajo: tengo mis momentos de entrega, pero no quiero ocultar mi lado cerebral. No puedo andar por ahí diciendo “lo primero que se me ocurre”, sin pensar nada... Eso no me parece cualidad de una “buena persona”.

–Eso más bien sería un “salame”...

–(Risas.) Y, sí, un poco, sí. Pero hay salames que no sólo son felices, sino que además logran resultados; hay que reconocerlo. Pero en fin, es lo mismo. Estamos todos tratando. Chapoteando en el mundo, cada quien con lo que puede y tiene.

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“No me hice baterista porque me gustaran el jazz o el rock: eso es el timbre y el ritmo”, asegura Vázquez.
Imagen: Guadalupe Lombardo
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