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Sábado, 13 de septiembre de 2014

MUSICA › LOS AMADOS CELEBRAN SU ANIVERSARIO CON MUNDO AMADO, EN LA SALA SIRANUSH

Veinticinco años de puro romanticismo

Con su jopo desmesurado, Alejo “Chino” Amado, el líder de la banda encarnado por el actor Alejandro Viola, sostiene su propuesta de boleros y canciones melódicas, una teatralidad sustentada en el humor, además de un vestuario tan colorido como estrafalario.

 Por Silvina Friera

El romanticismo tiene algo de “enfermedad” vergonzosa o de “mal” necesario escamoteado por ese pudor que le teme a la frase hecha, al exceso de azúcar en sangre, a la solemnidad almidonada en la pose sentimental. Nunca el barro de la comicidad mancillaría un sentimiento tan inmaculado, hasta que en el panorama escénico-musical irrumpió Los Amados con su propuesta de boleros y canciones románticas, una teatralidad sustentada en el humor, además de un vestuario tan colorido como estrafalario. Desde entonces se puede cantar al amor de la mano de un personaje como Alejo “Chino” Amado, líder de la banda de jopo desmesurado, en interminable gira por el mundo entero. Y es posible también reírse de los lugares comunes del vademécum amoroso. Hace veinticinco años que el actor Alejandro Viola puso en funcionamiento una maquinaria estética que tiende a la belleza dentro de una gran pintura kitsch. “Lo kitsch no significa que sea horrible o desagradable. Se habla del mal gusto en lo kitsch, pero... ¿desde dónde? Tal vez desde lo no discreto, pero lo kitsch no está muy lejos de muchas cosas que uno ve, ¿no?”, dice Viola, que está presentando Mundo Amado, nuevo espectáculo para festejar el trayecto recorrido –con un homenaje al músico mexicano Agustín Lara, uno de los grandes autores del género romántico–, los viernes y sábados a las 20.15 en la sala Siranush (Armenia 1353).

La artillería sentimental de Mundo Amado está integrada por las versiones de “María Bonita”, “Noche de ronda”, “Piensa en mí”, “Amor de mis amores”, “Solamente una vez”, “Granada”, “Cada noche un amor” y “Sueño guajiro”, entre otros temas. Después de un intervalo con pista abierta para bailar, la segunda parte del show incluirá clásicos del grupo como “El cumbanchero”, “Palo bonito” y “Pollera colorá”. Los Amados celebran el regreso de Carolina Alberdi (piano y acordeón), que interpreta a Aroma, la profesora de piano que lleva siempre una cartera y está enamoradísima del Chino Amado. Se incorpora la actriz Dolores Ocampo, que le podrá el cuerpo a Soberbia, cantante invitada que logra inmediatamente la complicidad de la platea femenina. La banda se completa con Fernando Costa, alias “Pocholo Santamaría” (percusión, batería, xilofón, coros); Rubén Rodríguez, en el rol del cubano “Mambo Méndez” (voz y accesorios); Oscar Durán, como “Cristino Alberó, el poeta de las cuerdas” (guitarras, guitarrón mexicano, guitarra eléctrica y coros); Hernán Sánchez, como “Angel y su trompeta” (trompeta, guitarrón y coros); y Selva Rodríguez y Lila Feinsilber que encarnan a “Las mellizas Chile Beba y Sharon Retamoso” (saxo, trombón y violín). Diego Vila realiza por primera vez los arreglos y dirección musical, y Ariel del Mastro está a cargo de la iluminación.

“¡Es mucho tiempo! –exclama Viola con un mohín entre ingenuo y pícaro, como si hablara con la entonación que le confiere al Chino Amado–. En Los Amados puse lo que fui aprendiendo en estos años. Me emociona el cariño del público y de los colegas que han visto nuestro trabajo. Me siento grande porque tengo el doble de la edad de cuando empecé: tenía 23 años, ahora tengo 48.” Muchas funciones, muchas canciones, muchas frases antológicas que ha rubricado el “profeta del amor” en la memoria de los espectadores (una de las más desopilantes y certeras: “El amor no correspondido toma al alma como picaflor desplumado”) han corrido por las aguas de lo vivido. ¿Cómo olvidar el epifánico debut de esta gira interminable en un patio de Banfield, en la casa de una amiga que les había pedido a Viola y a dos de los integrantes fundadores –hoy alejados del canto y la actuación– que preparasen algo para animar su fiesta de cumpleaños? El Trío Amado –así se presentaron entonces, en 1989– orquestó un número con tres hermanos músicos de Latinoamérica que le cantaban al amor. “Nadie se animaba a hacer boleros porque era considerado cursi y berreta”, plantea el actor a Página/12. “Después llegó Luis Miguel con los arreglos de (Armando) Manzanero y el bolero se transformó en algo sofisticado. Pero en el medio estábamos nosotros y era lógico que no supieran si nos estábamos burlando. Por un lado estaba lo humorístico, pero siempre quisimos sonar bien con nuestros arreglos. Que uno pudiera cerrar los ojos y decir... ¡qué linda versión están haciendo de ‘Bésame mucho’! Nunca tuvimos interés en hacer un sketch teatral con música de bolero que sonara mal para ser graciosos.”

Junto a Los Amados, Viola formó parte de ese momento bisagra cuando la diversidad de la movida under de la década del ’80 fue conquistando espacios de mayor visibilidad. “Las Gambas al Ajillo, con María José Gabín, Verónica Llinás y Alejandra Flechner, fueron encontrando espacios en la televisión. Alejandro Urdapilleta empezó a hacer teatro en el San Martín. En estos artistas había mucha formación, no era gente improvisada. Yo era espectador de las Gambas en esas noches del Parakultural y deseaba estar ahí –reconoce–. Me acuerdo de que una vez fui a ver a Omar Viola y le pedí si me dejaba actuar con Los Amados.” Y actuó en el Parakultural, y también en Cemento con Los Twist y Los Auténticos Decadentes. “Era impresionante estar en el medio de esas bandas; salíamos de ahí, nos subíamos a un jeep y corríamos como espectadores a otros recitales, a ver a Los 7 Delfines. Andábamos de gira nocturna.”

Algunos momentos vuelven como si el único modo de librarse de ellos fuera contarlos. “Yo soy licenciado en Comunicación Social, estoy en la Universidad de Lomas de Zamora como ayudante de cátedra, pero voy a ser actor –se repetía al principio de esta aventura artística–. ¿Cómo hago para seguirla? Era complicado porque vivía en Zona Sur, en Lanús. En esa época, venir para acá no era sencillo. Parece tonto, pero cuando empecé a estudiar teatro, a los 16 años, ni siquiera había tren eléctrico; era toda una cosa moverse. Me escapaba cuando terminaba el colegio, discutía con mis viejos porque todavía estaba la dictadura y tenían miedo de que me viniera a las diez y media de la noche a un lugar en San Telmo que se llamaba Ultimo Tango, en el pasaje San Lorenzo, donde Enrique Guevara daba una especie de café concert que reunía a poetas, actores y artistas. El día que le avisé a Enrique que no iba a poder ir más porque me tocaba hacer la colimba, me dijo: ‘No dejes de hacer teatro, sé lo que te digo, porque te veo cómo trabajás en el escenario’. Y no dejé nunca”, afirma Viola.

“Hago una exacerbación de algunas cosas que nos pasan cuando estamos enamorados y que intentamos disimularlas; preocupaciones por nuestra estética, por lo que decimos o por lo que no nos animamos a decir”, explica. “El mensaje del romanticismo visto desde los teleteatros ha sido un drama atroz. Las parejas de las telenovelas son altamente aburridas. Uno de los puntos que siempre planteo es que le pongan humor a la pareja. Caballeros, ¡no sean amargos! Las mujeres son más divertidas y los varones a veces somos tan amargos... Al romanticismo se lo ha llevado para el lado de lo cursi. Nosotros actuamos de acuerdo con convenciones sociales y buscar lo original en el romanticismo es difícil, porque aparece siempre la rosa roja. Pero que por lo menos aparezca.” El Chino Amado se sale de la vaina por hablar en primera persona, gajes del oficio del actor ese desdoblamiento. “Somos el único conjunto de gira interminable por el mundo entero. Los artistas no solemos decir que no estamos trabajando. Si no estás trabajando, hay que decir: ‘Estoy en un proyecto, estoy viendo...’; es una situación hasta tierna porque es una protección del actor.” El Chino tiene esos clichés del actor que está de gira interminable. El mundo los está esperando con su mensaje de amor.

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Junto a Los Amados, Alejandro Viola formó parte de la movida under de la década del ’80.
Imagen: Sandra Cartasso
 
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