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Sábado, 13 de septiembre de 2014

MUSICA › EL LANZAMIENTO DE QUEEN LIVE AT THE RAINBOW 1974

Viaje al escenario de cuatro tipos hambrientos de gloria

El registro de los shows de marzo y noviembre de 1974 es un auténtico festín para fans de la banda inglesa: al menos una docena de canciones nunca antes escuchadas en vivo. Como el show fue grabado profesionalmente, el sonido hace temblar los parlantes.

 Por Eduardo Fabregat

Era 1974 y todo estaba por suceder. Y todo sucedería muy rápido: entre 1970 y 1973, Freddie Mercury, Brian May, John Deacon y Roger Taylor desfallecieron literalmente de hambre. En 1974 eran la banda que había que ver. En 1980 habían conquistado el mundo a fuerza de ocho discos impecables y algunas giras arrasadoras. Queen, Queen II, Sheer heart attack, A night at the opera, A day at the races, News of the World, Jazz y The game: en sólo siete años, el grupo dio un salto exponencial, y se las arregló para entregar discos ambiciosos, creativos, producidos al borde de la perfección, sin dejar de presentarse en escenarios de todo el mundo, reinventando su propia maquinaria una y otra vez. Una banda bien de los ’70 con la ética de trabajo de The Beatles, capaz de sacar dos discos en un solo año y conformar a audiencias de ambos lados del Atlántico, brillante en el estudio y en el escenario. No extraña que el nombre de Queen haya alcanzado semejante potencia.

Pero en 1974, se repite, todo estaba por hacerse. En la temporada anterior Queen había al fin editado su disco debut, grabado entre gallos y medianoche, en horas perdidas del estudio Trident; a fin de año se había robado sin miramientos la gira de Mott The Hoople, en la cual supuestamente era la banda telonera, pero hizo tal ruido que cuando dejaba el escenario ya nadie quería nada más. Así fue que, el 31 de marzo de 1974, el cuarteto presentó Queen II con una apuesta fuerte, en uno de los centros neurálgicos del rock inglés de la época. Y la apuesta salió tan bien que en noviembre, ahora con Sheer Heart Attack bajo el brazo, volvió para hacer no una fecha sino dos. En ese momento Queen no era la promesa de los comienzos ni la leyenda en que se convertiría después: era una contundente realidad, un grupo con una performance en directo tan poderosa que esos shows fueron grabados por el ingeniero Roy Thomas Baker para abrir 1975 con un disco en vivo.

Pero después intervino la historia: con el material de Una noche en la ópera en las manos, Mercury y May no iban a andar perdiendo el tiempo revisitando materiales de concierto. Lo mismo se repitió en los años siguientes, condenando a Queen Live at the Rainbow a un archivo impiadoso, que no hacía justicia a semejante material.

Hasta ahora.

“The filthy Queen is back”, anuncia un joven Freddie, y los fans de la banda harán bien en relamerse los oídos. Live at the Rainbow 1974, editado el martes en el Reino Unido y que llegará a las bateas locales esta semana, es el mejor corolario posible a la serie de reediciones ampliadas de 2011. Si en aquel lanzamiento se enriquecían los discos originales –magníficamente remasterizados– con un segundo disco de rarezas, este show viene a rescatar una etapa perdida de Queen, sobre todo por un setlist que se iría modificando abruptamente con la aparición de los nuevos clásicos. Por obvias razones, en aquellas noches consagratorias el cuarteto hizo un repertorio basado en sus tres primeros álbumes, lo que permite apreciar al menos una docena de canciones nunca antes editadas en vivo: esos temas cuya complejidad llevaba a pensar que eran imposibles de recrear en concierto, y que ahora se ofrecen como prueba contundente de que esos tipos no sólo podían tocarlas, sino que además entregaban una actuación arrolladora. 1974 fue para Queen un año de perfecta cocción en el guiso que formaban el glam de David Bowie y T Rex y el hard rock de Deep Purple o Black Sabbath. Todo ello con el inevitable condimento de cuatro instrumentistas que marcaban su propio camino.

Todo en Live at the Rainbow huele a historia grande. Empezando por la misma sala: fundado en 1930 como la sala de cine Astoria, el Rainbow comenzó a ser utilizado para shows en los años ’60. Fue allí donde, en una noche de 1967, Jimi Hendrix hizo por primera vez el truquito de prenderle fuego a su guitarra (y terminó en una guardia de hospital con los dedos chamuscados); allí The Beach Boys grabaron Live in London, antes de que el lugar fuera rebautizado Odeon, cerrado y reconvertido finalmente en sala de conciertos en 1971, cuando fue reinaugurado como Rainbow Theatre nada menos que por The Who. Por esas tablas pasaron Pink Floyd, Yes, Genesis, John Cale, Ramones, Eric Clapton, Van Morrison; Bob Marley & The Wailers pasearon por allí el Exodus Tour, cuatro noches rescatadas en el VHS Live at the Rainbow.

Con su típica ambición, a semejante lugar se atrevió Queen. Tenía con qué: para el debut de marzo, el cuarteto tenía la piel bien curtida a base de cuatro años de enfrentarse a públicos y escenarios de toda clase. La gira de Mott the Hoople había dejado los ánimos en la estratosfera y el cuarteto enfrentó su primer compromiso realmente grande con la misma convicción que lo llevaría a reventar estadios de fútbol. Comparando con la lista de Queen Live Killers, el doble en vivo de 1978, ese show es aún más raro: por dar sólo unos ejemplos, aparecen versiones de perlas nunca más recuperadas en vivo como “The Fairy Feller’s Master-Stroke”, “Great King Rat”, “See what a fool I’ve been” y “Modern times of rock’n’roll”, además de un imperdible medley final de “Jailhouse Rock / Stupid cupid / Be bop a Lula”. Sheer heart attack ya estaba en proceso de composición, pero esa noche sólo sonaron temas de Queen y Queen II. La monarquía se preparaba para subir al trono.

El retrato de las noches del 19 y 20 de noviembre de 1974, en tanto, es el núcleo de este lanzamiento, una fuente inagotable de asombro. Apenas se conocían algunos pasajes incluidos en la caja Box of Tricks de 1992; que el audio fuera registrado profesionalmente ayudó al calafateo que hace que el sonido haga vibrar los parlantes, pero el principal impacto no proviene de las capacidades del ingeniero sino de unos músicos hambrientos de gloria. Las tres mil personas que pagaron poco más de una libra para reencontrarse con la “sucia reina” se encontraron con un grupo que sacaba máximo provecho de esas canciones: entre sus prodigiosos fraseos y un ingenioso uso del delay, Brian May generaba una pared de sonido que desmentía al único guitarrista; John Deacon y Roger Taylor, la “sala de máquinas” de Queen, ponen una base monolítica y a la vez plena de sutilezas; y Freddie, en su esplendor, pasea por las complejidades vocales de cada canción como si nada, como si cantar eso y armonizar con los falsetes de Taylor y los coros de May fuera un simple pasatiempo.

Así, en la pantalla o en los parlantes, este rescate arqueológico, encuentro con un Queen apenas conocido, garantiza el disfrute. Es que hay momentos que son un verdadero cross a la mandíbula: las alucinadas versiones de “Stone cold crazy” y “Modern times of rock’n’roll” y el peso de “Keep yourself alive” (una de las pocas que sobrevivieron al paso del tiempo en el setlist) ponen a Queen a discutirle de igual a igual a cualquier banda hard rock de la época; “Ogre battle”, “Father to son” y el fragmento final de “March of the black queen” vienen a recordar la potencia y belleza combinadas de aquel segundo disco con “lado blanco – lado negro”; “Flick of the wrist” deja un solo de guitarra antológico; “Seven seas of Rhye” suena con la frescura de un single poco trajinado, que les había abierto las puertas del clásico televisivo Top of the Pops.

Y en el recuento hay aún dos pasajes excepcionales. El Queen de 1974 se animaba a recrear en vivo “Bring back that Leroy Brown”, paso de vodevil que parece una simple broma en Sheer heart attack, pero en vivo suena muy en serio. Y “Liar”, gran título del disco debut, inicia el tramo final con una tormenta eléctrica en la que Brian vuelve a dejar volar los dedos hasta que dan ganas de rendirse. No se le puede sacar tanto a una guitarra, y sin embargo lo hace.

En un momento histórico en que las remasterizaciones y relanzamientos son tabla de salvación de más de una economía discográfica alicaída, no son tantas las que verdaderamente ofrecen un valor agregado. Live at the Rainbow 1974 entra en un terreno reservado sólo a un puñadito: el de las revelaciones de peso, la exhumación de imágenes y sonidos perdidos en el tiempo. Pero que además valen por sí: no se trata de celebrar el rescate porque hayan pasado 40 años, Mercury ya no esté y los buenos viejos tiempos ya no pueden volver. Este “nuevo” Queen vale la pena por sí, por la indiscutible calidad de lo que suena, por ser un ajustado testimonio de una banda irrepetible, y que en esos lejanos ’70 estaba en pleno ascenso a un suceso mundial por el que trabajó sin pausa. La era de golpear puertas sin éxito, de mangar horas de trasnoche en un estudio, empezaba a quedar atrás.

May y Taylor han dicho hace poco que el grupo prepara otro disco con pistas inéditas de Freddie (incluyendo un par de sesiones con Michael Jackson) a las que le sumaron músicas grabadas hoy. Pero la experiencia de Made in Heaven enseñó que es mejor no entusiasmarse mucho con esos Frankenstein. Aquí sí es posible jugar al DeLorean, trasladarse a una sala legendaria en el Londres glam y dejarse llevar por un caldo musical que estaba llamado a hacer historia. El comienzo de una monarquía bastante más simpática que la de Elizabeth II. “The filthy queen is back”, dijo Mercury. Que viva la reina.

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