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Domingo, 9 de noviembre de 2014

MUSICA › ARBOLITO SE DA EL GUSTO DE LLEVAR SU FIESTA AL TEATRO OPERA

“Nos ganamos un lugarcito y seguimos dando batalla”

Nacieron en medio de un país devastado, pero eso les multiplicó las fuerzas. Parecían demasiado rockeros para el folklore y demasiado folklóricos para el rock, pero supieron ganarse el respeto en los dos mundos: suficientes razones para celebrar.

 Por Karina Micheletto

Se los presenta como “la banda más importante del folk rock”, y algo de eso hay, porque son los creadores de esa categoría que 17 años atrás, cuando nacieron al calor y el fragor de otro contexto musical y de país, no existía. No existían tampoco circuitos para una banda como Arbolito –demasiado rockeros para el folklore, demasiado raros con su bombo legüero para el rock– que supo sostenerse y crecer todo este tiempo, sin perder su esencia. El premio a este recorrido sonará hoy, a partir de las 20.30, cuando Arbolito festeje junto a su público en el teatro Opera (Corrientes 860), en una fecha que la banda ya palpita como “una fiesta” a compartir con amigos, con gran despliegue técnico y de producción.

El festejo previo fue la superproducción del CD y DVD Mil colores, el séptimo trabajo de la carrera de Arbolito, que registró sus temas en vivo junto a una cantidad de invitados: Verónica Condomí, Tito Fargo, Pablo Fraguela, Federico Terranova y Julio Coviello, de la Orquesta Típica Fernández Fierro, el grupo de percusión La Chilinga, y el de sikuris El Ombligo. Todos ellos estarán también en el Opera, en un festejo bien regado de amigos. Antes de este “regalito” que la banda dice que se hace a sí misma en el Opera –de producción autogestiva, como todo lo que encaran– los integrantes de Arbolito charlaron con Página/12.

–En estos diecisiete años que llevan como banda, ¿qué cosas cambiaron y cuáles permanecen?

Agustín Ronconi: –Cuando arrancamos no nos imaginábamos mucho adónde llegar y, la verdad, tampoco es que teníamos una expectativa de crecimiento. En cada show pasaba algo muy mágico y lindo, disfrutábamos cada cosa que íbamos encarando. Somos una banda que nunca paró de tocar, siempre fuimos creciendo y cada pequeño paso que dábamos lo disfrutábamos un montonazo, siempre desde una base de autogestión, sin ir más allá de lo que podíamos generar en cuanto a recursos. Creo que eso permanece: vamos dando cada paso sobre firme, pero a la vez jugándonos, como esta vez con el Opera. Lo que cambió... ¡es que ahora tenemos un montón de canciones que no entran en la lista de temas para el show! (risas). Igual, creemos que podemos mostrar un buen pantallazo de lo que es la banda, de todo este mundo sonoro que fuimos armando en tantos años, también con los músicos invitados que tienen que ver con lo que somos.

–¿Y qué momentos importantes recuerdan en ese paso a paso?

Ezequiel Jusid: –Los momentos bisagra fueron varios: por ejemplo, cuando presentamos Mientras la chata nos lleve, que también fue en vivo. Veníamos de tres discos súper independientes y terminamos tocando en el microestadio de Independiente. Fue en 2005, veníamos de Cromañón y no se podía tocar en ningún lado, venía todo muy feo para lo que fuera música en vivo. En ese contexto nos mandamos a hacer un estadio. Visto a la distancia, estábamos locos. Vinieron más de tres mil personas, fue nuestro primer gran recital, un momento muy importante. Lo mismo cuando festejamos los diez años y tocamos en la costanera, otra locura, conseguimos el permiso para tocar gratis. Y cuando hicimos el Luna Park, en un momento de gran convocatoria para la banda. Del mismo modo encaramos ahora el Opera, porque pensamos que este DVD era más teatral. Siempre de manera autogestiva: si las cosas salen bien o salen mal, la espalda es toda nuestra.

A. R.: –Cuando nacimos, en los ’90, todavía estábamos estudiando música y salimos a la calle a hacer nuestro propio camino, en una situación de bastante escepticismo: no podíamos esperar mucho, por la temática que estábamos abordando, de denuncia social, y porque esta mixtura de ritmos de folklore y rock todavía no tenía su lugar. En un contexto económico y político totalmente adverso, salimos a cantar lo que sentimos. Después de la crisis de 2001, nos sentimos parte de ese empuje colectivo, de voltear todo y arrancar de vuelta. Nunca dudamos de que nuestro lugar era acá, vimos muchos músicos amigos irse a buscar un porvenir afuera... nosotros sabíamos que había que seguir apostando a crecer con lo que pudiéramos. Fueron tiempos de compartir la música y la vida en asambleas, en la calle, tiempos grossos de aprendizaje. Y después, la sorpresa de que viniera un presidente a plantear que podía retomarse la política como herramienta de cambio, la política de derechos humanos, una temática que siempre abordamos en canciones. Ahí vinieron tiempos de empezar a acompañar esas ganas de cambio, los logros y también todo lo que falta. Eso también aparece como temática en la música de Arbolito: empezar a mirar hacia Latinoamérica como un todo, los nuevos rumbos, la necesidad de creer en nosotros mismos, el confiar en que podemos tomar decisiones de manera independiente, dejar de pensar que siempre hay que estar sometidos a los poderes de afuera. Arbolito es una banda que siempre tuvo muy fuerte esa raíz originaria, de hecho tiene que ver con nuestro nombre. Hoy más que nunca vamos a buscar todo lo que tiene que ver con nuestra esencia latinoamericana.

–Es muy gráfico: el repaso por la historia de la banda es el de la historia del país.

A. R.: –Y sí, no podría ser de otra manera. Nosotros nacimos en la calle, porque queríamos contar y cantar lo que nos pasaba, y eso es lo que seguimos haciendo.

E. J.: –Son muchos años, y años muy movidos, y todo eso aparece en las canciones. No es que los pensamos, sale así. Es que con ese espíritu nacimos, a fines de los ’90, fue esa bronca y esa angustia de esa época la que nos impulsó a salir a expresarnos a la calle. Creo que nos pasó a todos, como sociedad, cada uno desde su lugar. Como banda nosotros también formamos parte del movimiento de esos años que fueron muy tristes y duros, pero que nos marcaron a fuego: nos dimos cuenta de que había que salir a defender lo nuestro. Era eso o nos pasaban por arriba. Llevado al presente, ese espíritu es el que nos hizo grabar Mil colores en vivo en el Haroldo Conti. Porque ese lugar, que era la ESMA, es un lugar que lo argentinos recuperamos. Hoy vas ahí y hay gente estudiando, creando, haciendo música, pibes en bicicleta. Y estar ahí, tocando, es una alegría inmensa.

–Y si miran a futuro, ¿qué otras cosas quieren alcanzar?

E. J.: –Supongo que lo que queremos es seguir tocando, grabando, inventando cosas, viajando. Viajar más por Latinoamérica, en lo posible. Y seguir estando juntos, porque la pasamos muy bien. Decimos que somos una gran familia y no es una forma de decir: a veces compartimos más tiempo juntos que con nuestras familias. Somos como quince, y los cinco de la banda, más nuestra manager, Patricia Brañeiro, muy amigos. Mientras eso permanezca, veremos por dónde la música nos seguirá llevando.

–Deben ser una de las pocas bandas a las que van a ver los padres con sus hijos, hasta tienen fechas especiales “ATP”. ¿A qué creen que se debe?

E. J.: –¡También hay abuelos! Y es hermoso. Creo que eso nace del espíritu callejero con el que nacimos, cuando vos tocás en una plaza te escuchan los nenes chiquitos, los viejos que bailan chacarera y los pibes que estaban tomándose una birra. Eso nos pasaba en el Parque Lezama, y nos sigue pasando en los teatros.

–¿Cuáles son los pros y los contras del modo de trabajo autogestivo y cooperativo?

A. R.: –Yo no le veo contras. Gracias a esta manera de funcionar, existimos. Tiene que ver con nuestra forma de ser y de pensar, y no podría ser de otro modo.

E. J.: –Bueno, la contra puede ser que es muy difícil sostenerse económicamente, cada proyecto cuesta un montón de guita, cada disco y cada gira. Pero el gustito de que lo hiciste vos, como quisiste, con la gente que quisiste, no te lo saca nadie. Todo lleva mucho laburo, este DVD nos llevó nueve meses. Pero cuando lo tuvimos en nuestras manos, lloramos de felicidad.

–Como un hijo...

E. J.: –¡El séptimo hijo! (Risas.)

–Osvaldo Bayer es una figura importante en su carrera. ¿Qué significa para ustedes?

A. R.: –Osvaldo es como un padrino de la banda y un gran referente en la tarea de destapar esas historias que han molestado durante muchos años, que nos hacen replantearnos un montón de cosas. Después de tantos años de andar y compartir cosas con él, nos sigue sorprendiendo como una persona hermosa y llena de juventud. Es muy emocionante verlo, con sus casi 90 años, de acá para allá, siempre tan lúcido. Amor eterno a Osvaldo.

–¿Qué son las fiestas Vinito y Amor?

A. R.: –Es un espacio que inventamos para tocar y compartir con las bandas de cada lugar al que vamos. No es una fecha teatral, a la que cada uno va con su butaca, sino, justamente, una fiesta. Una como la que nos gustaría ir a nosotros, porque dijimos: ya que no tenemos tiempo para salir, armemos la fiesta en la que nos gustaría estar. Así que invitamos a las bandas locales que nos gustan, llevamos un DJ, la pasamos bien y, más que tocar, compartimos la música. También convocamos a feriantes o productores de lo que se llama comercio justo o solidario. Está bueno porque da un marco de intercambio. No siempre ganamos guita, pero es seguro que hicimos un montón de amigos.

–Su música no se inscribe en un circuito en particular, ni en el del rock ni en el folklore. ¿Cómo arman ese circuito para tocar?

A. R.: –Cuando empezamos fue muy difícil: como banda folklórica éramos demasiado ruidosos y rockeros para las peñas, y en los boliches de rock, con la dinámica de las bandas soporte, de vender las entradas por anticipado y toda esa cosa injusta, sumado a que caíamos medio raro con bombo legüero, tampoco teníamos lugar. Empezamos a armar nuestro propio circuito, al principio tocando en la calle. Somos una banda que se creó produciendo sus propias fechas, sus propios teatros, y en el andar de tantos años nos fuimos ganando un lugarcito. Hemos recorrido todo el país y hoy tenemos la suerte de ser parte del folklore, y algo del rock. Podemos decir que el folklore ha mostrado menos prejuicios que el rock en este punto.

–¿El rock es más prejuicioso que el folklore?

A. R.: –Y sí, en comparación está más dependiente de las grandes marcas, y es un circuito más cerrado en la difusión, están con la canción justita para la radio y es muy difícil entrar. Nada que no conozcamos ni que nos desmoralice: nosotros seguimos dando batalla.

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“Después de la crisis de 2001, nos sentimos parte de ese empuje colectivo, de voltear todo y arrancar de vuelta.”
Imagen: Pablo Piovano
 
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