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Domingo, 9 de noviembre de 2014

CINE › CRONICA DEL RECITAL DE HANNA SCHYGULLA EN EL FESTIVAL DE TESALONICA

El arte como una casa a ser habitada

La gran actriz alemana, musa indispensable de Rainer Werner Fassbinder, ofreció un impresionante unipersonal, una suerte de autobiografía donde los caminos de su vida personal son indisolubles de los de su vida artística. Y de su circunstancia histórica.

 Por Luciano Monteagudo

Desde Tesalónica

“Qué curioso, yo que siempre renegué de Alemania, terminé siendo una suerte de símbolo de mi país en el exterior.” Lo dice sin énfasis y sin soberbia, casi con resignación, como quien con el transcurso de los años constata una realidad que la terminó tomando por sorpresa, sin que lo hubiera buscado. Es apenas un momento fugaz del espectáculo en vivo que Hanna Schygulla –la gran actriz alemana, musa indispensable de Rainer Werner Fassbinder– ofreció la noche del viernes en el rumoroso Teatro Olympion, en el marco del Festival Internacional de Cine de Tesalónica, que la tiene como homenajeada. Pero esas palabras se condicen con lo que la Schygulla –sola sobre el enorme escenario, si no fuera por el discreto acompañamiento de un piano en penumbras– hace de su impresionante unipersonal: una suerte de puesta en escena confesional, una autobiografía donde los distintos caminos de su vida personal resultan indisolubles de los de su vida artística. Y de su circunstancia histórica.

“En mi certificado de nacimiento, figura la cruz gamada de los nazis”, susurra su voz desde un video (porque la Schygulla de los últimos años no es solamente actriz, sino también cantante y videasta), que atestigua desde la imagen ese dato, que da cuenta de ese pecado de origen, de ese estigma que de una u otra manera lleva encima, como una piedra en la conciencia, toda su generación. Nacida en 1943, Schygulla consigna que nació en las afueras de Katowice (por entonces en la Alta Silesia alemana, hoy Polonia), “a un salto apenas de Auschwitz”. Allí estuvo a punto de llamarse Dagmar, “un nombre de neta tradición germana”, pero que a último momento su madre cambió por Hanna, “un nombre de raíces judías en un momento en que los judíos eran exterminados muy cerca de casa”.

Ya adolescente, Schygulla lo primero que hace es escapar de su país, tomar distancia del horror y la vergüenza. “Un crimen nacional como el que cometió Alemania es una carga muy difícil de llevar.” A los 19 años está en París, trabajando de au pair, mezcla de niñera y refugiada. Y allí queda inmediatamente seducida por una Edith Piaf a punto de morir. “Me costaba entender cómo una mujer tan frágil, tan pequeña, era capaz de cantar de esa manera a los grandes amores”, confiesa Schygulla antes de desgranar unos compases de “Milord” y seguir con una dolida versión de “La vie en rose”.

Schygulla sin embargo no tarda en volver a Alemania. Y busca respuestas en lo que todavía, en su país, era un muro de silencio. “Para ello, nadie mejor que Bertolt Brecht, que siempre luchó contra todos los totalitarismos y que decía que las preguntas siempre hay que formularlas, porque no hay que temer a las respuestas.” Sí, claro, en un espectáculo que se reivindica en la tradición del kabarett berlinés, no pueden faltar los clásicos “Mackie Puñal” y “Surabaya Johnny”, de Brecht y Kurt Weil. Pero se diría que Schygulla brilla particularmente en dos temas casi desconocidos del gran autor alemán, un par de gemas escritas junto a su gran amigo y compositor Hans Eisler: la deliciosa “Canción de cuna número 5” y sobre todo –en palabras de Schygulla– “una canción que prueba que Brecht también podía escribir sobre el amor, en este caso el frágil amor otoñal”: “Song of the Little Wind”, donde se dice que apenas una brisa suave puede hacer caer al fruto maduro del árbol.

Como para recordar que por entonces Schygulla todavía era joven y también se reconocía en la música de su época, y que los hijos de la guerra y el nazismo, como ella, no obtenían respuestas ni tampoco satisfacción, de pronto encara, sorpresivamente, casi a capella, “(I Can’t Get No) Satisfaction”, de Los Rolling Stones, al que le siguen “Blowin’ in the Wind”, de Bob Dylan, y “Born to Be Wild”, de Steppenwolff. Todos himnos de los ’60, todos hablan de insatisfacción, de búsqueda, de libertad. Pero para Schygulla la más conmovedora de su tiempo fue Janis Joplin, la diosa blanca del blues, y la homenajea con “Me and Bobby McGee”. Como dice esa canción: “Nothin’, don’t mean nothin’ hon’ if it ain’t free, no no”. No, no significa nada amor, si no soy libre.

Vive rápido, muere joven y deja un hermoso cadáver: Joplin, Jimi Hendrix, Jim Morrison –recuerda Schygulla en su autorretrato del artista cachorro–, todos vivieron sus pasiones al límite y se extinguieron como relámpagos de los cuales todavía, sin embargo, se escucha el rugir de sus truenos. De allí, a Fassbinder, su amigo, su compañero de ruta, su mentor, hay un solo paso: “Lo conocí cuando empecé a estudiar teatro y fuimos inseparables. Su energía y su genio eran evidentes ya entonces, cuando ensayábamos escenas juntos”, rememora la actriz de El matrimonio de Maria Braun, de Lili Marleen, de El amor es más frío que la muerte, la primera película que hicieron juntos, en 1969, en una colaboración que se extendió hasta que Fassbinder murió en 1982, a los 37 años. “El decía que quería hacer del cine su casa: que un film podía ser el sótano, otro el dormitorio, el siguiente la ventana, y así en más”, cuenta Schygulla. “Y durante trece años hizo más de 40 películas: puede decirse que murió en su casa.”

La voz de Schygulla es afinada pero no es particularmente potente. Se diría que su potencia, en todo caso, está justamente en la manera de “habitar” una canción, de hacerla suya, de saber –como la gran actriz que es– la profundidad y el significado de cada palabra que canta. Fue lo que hizo con la canción final de su recital, “Alles aus leder” (Todo de cuero), basada en un poema de Fassbinder. “Aunque no lo parecía, era un hombre muy tímido. Decía que su campera negra –su uniforme como la llamaba– le protegía el alma.” Y Schygulla también lo sigue protegiendo, con el cuero endurecido de su amor y de sus años.

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Hanna Schygulla, sola sobre el enorme escenario del Teatro Olympion, el viernes en Tesalónica.
 
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