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Martes, 13 de octubre de 2015

MUSICA › BLUR OFRECIó EN TECNóPOLIS UN CONDENSADO DE TODA SU FéRTIL CARRERA

Sobró brit pop, faltó algo de peronismo

Damon Albarn, Graham Coxon, Alex James y Dave Rowntree demostraron una vez más por qué son uno de los nombres ineludibles de la música británica que estalló en los años 90. A pesar de la fiesta desatada, se extrañaron algunas canciones de su repertorio.

 Por Luis Paz

Pese a haber ocurrido en el predio nac&pop de Tecnópolis, en octubre, en el umbral de otro feriado lat&pop, a dos semanas de las elecciones y en el conurbano bonaerense, al show que Blur dio anteanoche le faltó peronismo. Es que aunque fue elegante, enérgico, colgado, sexy y atrevido, duró dos horas y resultó muy bueno en general, el concierto del cuarteto británico tuvo momentos de fiesta para unos pocos, gestos coreografiados que –más allá de quitarle tiempo a canciones (¿proscriptas?) que se extrañaron– Blur no precisa porque tiene un bondi justicialista de tremendas canciones.

El grupo de fans arengando “Parklife” desde el escenario, la separación del público del campo en izquierda y derecha para las contravoces del final de “Coffee and TV” –quedando tres sectores: vip izquierdo, vip derecho y tercera posición allá atrás–, lo del “mejor público del mundo”, todo muy prescindible a partir de que uno se aviva de que, pará, pará, no hicieron “End of a Century” ni “Country House” ni “Charmless Man”. Curioso, al fin, por tratarse de músicos que tras art-punkear el under de los alrededores de Colchester, aparecer como unos Backstreet Boys tomadores de té y de drogas, y atrincherarse contra Oasis por el cetro del britpop, se ocuparon de subyugar el espectáculo a la música, de ser más médiums artísticos que artistas para los medios. Algunas bandas lucen más naturales prescindiendo de los gestos remanidos del show biz. Blur es de ellas.

No obstante, mientras se está en la nave con gradas de Tecnópolis, que hagan lo que quieran. Desde que salen, con “Go Out” (del álbum que vinieron a presentar a Córdoba y Buenos Aires, The Magic Whip), se siente en el pecho cierto plan: bajos al palo y a la alta velocidad con la que encaran sus canciones desde su regreso a los escenarios en 2009, el mismo ceño bardero de la segunda mitad de los 90 y la intrepidez de cuatro notables músicos.

El escenario es escueto –al fondo unas bolas de espejos centradas en logos parecidos a los de Dharma, de Lost– pero está a rebalsar: teclas, percusiones, vientos, cuerdas y coros. Linda caja, caja al fin: el chiche es cuando Damon Albarn, Graham Coxon, Alex James y Dave Rowntree fuerzan la máquina y convierten en convoy noise a “There’s No Other Way”, acid house fuera de Manchester, a manos de estudiantes de arte, que alguna vez pareció sólo pop chicloso.

Ellos cuatro son la célula madre de esa música que de a ratos necesita hasta diez o doce personas para ocurrir, y que no se agota en el factor humano: algo en la pedalera de Coxon falla tras “Badhead” y entonces Albarn cuenta que el sábado, tocando en la Plaza de la Música cordobesa ante otras cuatro mil personas, saltó tanto que ahora le duelen las rodillas. Resuelto el desperfecto, Blur encara otra del nuevo disco, la soulera “Ghost Ship”.

The Magic Whip es la razón de que hayan vuelto (en 2013, ya habían puesto sello argento en el pasaporte de su regreso, actuando en el Quilmes Rock) y por eso 5 de los 20 temas son de ahí. El año pasado, Albarn sacó su disco solista Everyday Robots y lo tocó en el Gran Rex apenas unos meses después –hizo “End of a Century” y otros de Blur, algo de Gorillaz y de The Good, The Bad and the Queen–, y ahora el grupo hace lo suyo, llegando poco después de este álbum grabado en Hong Kong, representativo de todos los recovecos en los que Blur alumbró a partir de The Great Escape (producción dub, instrumentos étnicos, cámaras, arreglos de cuerdas y secuenciadores).

No obstante, “Coffee and TV” es una de las razones de que su público haya vuelto. Y por eso, tal vez el populismo (peronista también) de habilitar el segmento karaoke para los coros finales no sea tan insólito. Lo que pasa es que después viene la preciosa “Out of Time”, de Think Tank, y entre ella y “Caravan”, del mismo disco, hay “Feliz cumpleaños” desde el escenario para una chica del público y ya es mucho. A lo importante: “Beetlebum” estremece con la pared de ruido de Coxon, airea su vaho dreampop, y se eterniza en un solo endurecido de feedback, el canto de guerra de un cisne despreciado.

Las luces durante “Tought I Was a Spaceman” son buenísimas: reflectores directo a las bolas de espejos, y el estadio cubierto de Tecnópolis, que es como un Luna Park cuadradito con gradas de diseño FADU, se vuelve boliche. La música es más para jarra loca burbujeando ansiolíticos que para trago largo tropical. Y con sus fills, Rowntree sacude a todos de los hombros y termina con un atronadora salida de batería para el psicodélico tema nuevo.

“Tender”, al pie. “Parklife” y, con la última de The Magic Whip (“Ong Ong”) de por medio, “Song 2”. Tres de los temas más característicos de Blur y, al mismo tiempo, con tan pocos caracteres comunes. Gospel fogonero uno; arenga white trash otro; frenético rockazo el último. Siempre con el cantante abanderando con una voz reconocible, más entrenada pero también cascada, el andar de una banda cuyo diferencial siempre fue el andamiaje colectivo, pero que puesto por puesto tiene un guitarrista del carajo, un bajista comprometido con el groove y un batero intenso. El sonido ayuda: suena gordo cuando rockean y hay espacios cuando se ponen a bucear, los coros aumentan, los vientos soplan, las cuerdas tensan y todo suena como puede sonar en un tinglado, con los mismos dramas que el Luna Park o el Malvinas Argentinas (acá el bajo es furioso, allá cuesta escucharlo, los coros se pierden por acullá, o el violín, o las panderetas, y así...).

Bajo el comando de Albarn, que en otros proyectos afincó más en ellas, Blur arrimó a las márgenes del rock. “To The End” es soul espacial, “This is a Low” el canto subacuático de un sireno al filo de la sobredosis de algas, y “Girls and Boys”, bueno, canción de rock perfecta para el canon de la joda loca y duradera. Y algo en “For Tomorrow”, en su motivo o en la producción, recuerda a “Ziggy Stardust”. Glam, punk, rave, rap, dub, oriente y occidente: Blur.

Los últimos 40 minutos son el compacto de cuatro años. Entre 1993 y 1997, el grupo que debutó en 1991 con Leisure hilvanó cuatro discos de excepción que coincidieron con el estallido, la evolución y la disección de lo que fue conocido como britpop. De Modern Life is Rubbish a Parklife, The Great Escape y Blur, Damon, Graham, Alex y Dave cumplieron los 30 y desde las primeras planas facturaron piezas de colección, como es tradición en casi todas las bandas británicas memorables. De todas esas canciones, una es la definitiva, la irremplazable: “The Universal”. Arranca con algo raro, un destiempo en la voz, un trastabille de batería (o al revés), y va de nuevo. Curioso, también, que pasara allí y que a Albarn, solo en el Gran Rex, le haya ocurrido cuando encaraba “End of a Century”, el otro himno de Blur.

La bellísima canción de The Great Escape, disco que hace un mes cumplió 20 años, clausura todo: abre gargantas y pechos y cierra los objetivos de las cámaras de los celulares. Y con su coda entrega garantías de que todo puede ocurrir en realidad. Por ejemplo, que luego de que sus discos fueran tan difíciles de conseguir aquí y de la separación de su mejor formación durante casi una década, Blur toque en Argentina dos veces en dos años. A esta altura, como el peronismo, indisoluble pese a las fracturas internas.

8 - Blur

Presentación de The Magic Whip

Músicos: Damon Albarn (voz, guitarra), Graham Coxon (guitarra, voz), Alex James (bajo) y Dave Rowntree (batería)

Duración: 115 minutos.

Público: 9 mil personas.

Tecnópolis, domingo 11.

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Albarn va al frente con una voz reconocible, más entrenada pero también cascada.
Imagen: Veronica Martínez
 
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