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Viernes, 27 de noviembre de 2015

MUSICA › OBRAS DE JULIO VIERA EN EL CICLO DE MUSICA CONTEMPORANEA DEL SAN MARTIN

Filiaciones imperceptibles

En el Concierto Monográfico se incluyeron cuatro composiciones de distintas épocas ordenadas cronológicamente, desde la Passacaglia sobre un tema de Bach hasta el reciente Concierto para flauta y orquesta de cámara, escrito por encargo de Jorge de la Vega.

 Por Diego Fischerman

La música de Julio Viera tiene una virtud infrecuente: se escucha como música. Si en todo arte hay artificio y, en particular, a partir de las primeras décadas del siglo pasado, el vocabulario llegó a convertirse muchas veces en la obra, en este caso el refinamiento de la escritura y el control de las variables tímbricas y de textura son tales que se hacen imperceptibles. Allí todo fluye con una naturalidad extrema. No hay sonido, no hay matiz ni ataque que no esté para conducir hacia algo. Y la técnica, extraordinaria y gentil, jamás llama la atención sobre sí misma.

En el merecido concierto monográfico programado por el Ciclo de Música Contemporánea del Teatro San Martín, se incluyeron cuatro composiciones de distintas épocas que fueron ordenadas cronológicamente, desde la Passacaglia sobre un tema de Bach, de 1987, hasta el reciente Concierto para flauta y orquesta de cámara, escrito por encargo de quien fue su solista, el notable Jorge de la Vega. Pueden reconocerse, en todas ellas, filiaciones comunes. No se trata, sin embargo, ni de citas ni de alusiones en busca de alguna clase de legitimidad. Incluso allí donde el diálogo con la historia aparece explicitado –Bach en la primera obra, las Polifonías sobre un cantus firmus enunciadas en el título de la segunda, de 2007– la referencia es siempre elíptica. O, mejor, la de quien en lugar de fotografiar algo espera a olvidarlo un poco –a empezar a re-crearlo– para hacer un dibujo a la distancia.

Podría decirse que hay un tono muy “escuela de Viena”. Pero, en rigor, las fuentes de Julio Viera posiblemente están más atrás. No es Arnold Schönberg lo que aparece sino, más bien, el amor de Schönberg por Johannes Brahms. Hay, en todo caso, algo que refiere a ese mundo: una expresividad intensa y, al mismo tiempo, contenida (y contenida literalmente en un orden extremo). Y, también, algo que remite a Toru Takemitsu, o, por lo menos, a su sensibilidad para el color, para las resonancias, para el mundo del sonido puro. La Passacaglia está escrita para trío de violín, clarinete y piano, Polifonías... para clarinete, flauta, violín, violoncello y piano y Tres epigramas, de 2009, para clarinete y piano. El instrumental del concierto –una composición de una belleza sobrecogedora– es algo más heterogéneo: un quinteto de cuerdas, un quinteto de vientos, con la flauta en lugar solista y el agregado de un trombón, más vibrafón, arpa y piano. Se trata de orgánicos explícitamente tradicionales, cargados de información histórica. Y la elección parece extraña en alguien que compuso profusamente para medios electroacústicos. Podría suponerse una renuncia. Un gesto de vuelta al pasado. Pero en Viera nada es declamado. No hay ampulosidades y tampoco se perciben en este aspecto. Si hay alguna declaración de principios es casi secreta. Simplemente, la música suena con la naturalidad de lo que no podría haber sido pensado de otra manera. La precisa y sensible dirección de Annunziata Tomaro, el compromiso y la musicalidad del ensamble conformado ad hoc, y las formidables actuaciones de De la Vega, de Diego Ruiz en el piano y de Matías Tchicourel en clarinete fueron esenciales para que así fuera. Para que todo sonara tan necesario como exacto.

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En la música de Viera, todo suena tan necesario como exacto.
 
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